Cultura Transversal

Suicidas

Posted in Autores, Drieu La Rochelle, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 17 febrero, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – He leído hace poco dos novelas escritas por suicidas. Una de ellas es Los náufragos, de Jean Améry (Pre-Textos), una desolada reconstrucción de existencias agarradas a una tabla, de vidas que no despegan y de amores mediocres y con el horizonte nublado por las cavilaciones sintomáticas de aquellos virus conocidos en la década de 1930 como ideologías. Dichos virus podían ostentar diferentes nombres científicos, pero remitían a la postre a una única fuente: resulta paradigmático que las mismas angustias y miserias de pareja relatadas por Améry, miembro de la Resistencia, ese mismo tipo de hastíos, frustraciones sentimentales y decepcionantes confrontaciones ante el espejo pueblen las novelas de su contemporáneo y connacional Pierre Drieu La Rochelle, colaborador de los ocupantes nazis.

Historias acerbas o Diario de un hombre engañado, de Drieu, son, en efecto, relatos primos hermanos, a su manera, de este de Améry. Así que, teniendo en cuenta los evidentes elementos autobiográficos puestos en juego en todos ellos, no sé hasta qué punto pueda sorprender que tanto Améry como Drieu se quitaran la vida por propia mano: con barbitúricos uno, con ayuda del gas de su cocina el autor de Relato secreto. De su quinta, también se suicidó Koestler, que era sadomasoquista y, probablemente, arrastraba de largo un buen cacao mental.

A fin de cuentas, las ideologías no han sido nunca más que conjuntos de ocurrencias sobrevenidas a un hombre en una u otra medida frustrado y acomplejado, puestas por él en orden hasta formar eso que se llama un “sistema” y metidas luego en una botella y echadas al mar con el propósito de que, en tal o cual playa lejana en el espacio y el tiempo, llegaran a manos de otros representantes del pelaje de los frustrados. Al poco de sacar el despistado el corcho a la botellita, empiezan los suicidios: los individuales y los de masas.

Allá por la década anterior a la de la novela de Améry, es decir, la de 1920, se movía por el panorama literario bonaerense otro tipo curioso, argentino como el fiscal Nisman –cuya muerte voluntaria está cuando estas líneas escribo siendo puesta en entredicho- y también finalmente abocado al suicidio, amalgama estilística de Valle-Inclán, Ionesco, Artaud y Miguel Mihura y con claras concesiones a la escritura automática de los veladores espiritistas. No descarto, pues acabó como acabó, que tuviera también ideología. Si de su novela Los siete locos (Piel de Zapa), segunda de las dos a que aludía al principio, procediera jugar a extraer pasajes de inspiración autobiográfica, cosa que ignoro, parece claro que –cuando menos, a ratos- Roberto Arlt estaba como una cabra (pero como una cabra con chispa, elocuente y buena navegante por los océanos del sueño). Admito mi gusto, como lector, por esa sensación de que el autor se está -eso sí, con buena sombra- cachondeando de mí y percibir cuánto se divirtió escribiendo la novela de cuyas chanzas, trampas y guasas ahora yo -entretenidísima víctima- disfruto.

Asimismo en las filas de los suicidas forman algunos de los toreros con más carisma de la Historia, como Belmonte, La Serna y David Silveti (mas otros a quienes les es concedido el beneficio de la duda, como Posada y Velázquez). Pero yo creo que los suicidios de los toreros revisten más peso e importancia que los de los literatos. Los toreros se autoinmolan en un último acto de furia guerrera, en una última carga solitaria contra Custer, como el que prendiese a orillas del Ganges su propia pira… Pero infectar el amor o el juego carnal con las mujeres con presupuestos ideológicos y basura de manual de psicoanálisis, es lo más triste del mundo. No digamos, ya, matarse por eso.

Que se mate el psicoanalista, ¿no?

Pero esto, claro, es algo que a mucha –demasiada- gente… ni se le pasa por la atribulada cabeza.

En fin, que tanto Améry como Arlt podrían haber seguido padeciendo la vida los años bastantes como para ver y celebrar las salidas a hombros no sé si de David Silveti, pero, al menos, de La Serna. Mira por dónde, no fue así. Una pena. ¿Por qué? Pues porque se suicidaron. Por culpa de las ideologías y del psicoanálisis.

Descansen en paz. ¿Qué otra cosa podemos decir?

Foto: José Luis Chaín

 

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Una respuesta

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  1. Lola Ferreruela said, on 17 febrero, 2015 at 9:03 pm

    Querido Joaquin, yo también he tenido ese pensamiento, a los cachondos mentales, no nos gusta el mundo real nos sobrepasa y si encima nos echa la vida malos amores o dificultades económicas para continuar con nuestro proyecto de vida, no nos queda otra, que preferir el vuelo del alma, que un cuerpo que lo atrae la tierra sin saber para qué o quién,. Una amiga dice de mí, ” Lola no anda, levita ” Y no siempre se tiene tan a mano a un escritor a quién leer sin que parezca pedante el texto, igual con las pelis. Arte arte se prodiga poco, porque hay que tener mucho aguante para vivir el artista, con tantos que suplantan la verdad del arte , sería lo más lógico vivir de tu arte…y cuantos se han quedado en el camino, sufro por la aberrante historia de los verdaderos artistas poco y mal amados, escritores, poetas , músicos y pintores …. y como dice Pitágoras menos mal que nuestro Alma sabe de la felicidad.


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