Cultura Transversal

Un cuento de hadas

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 23 febrero, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Anoche vi una impactante película de Larysa Kondracki, protagonizada por Rachel Weisz: La verdad oculta. Tremenda. Que, durante las misiones de paz emprendidas en los llamados puntos calientes del planeta, los cascos azules de la ONU se destacan a menudo por dedicarse a violar y asesinar a diestra y siniestra es algo sólo ignorado por quien no lee la prensa o prefiere no darse por informado. Muy pocos de ellos, sin embargo, han sido conducidos a juicio para dar explicaciones sobre esa excéntrica afición suya, pues no en vano, como condición innegociable para acudir a implantar la libertad, la justicia y el orden en un país, lo primero que tanto Estados Unidos como la ONU exigen para sus funcionarios civiles y militares es inmunidad (léase: impunidad) cuando, llegado el caso, les apetezca violar las leyes del mismo. Luego de ver esta película y otras y conocer la implicación de organizaciones humanitarias -gubernamentales y no gubernamentales- en la industria del secuestro, la violación y el asesinato en serie de mujeres, uno se pregunta cómo puede quedar gente que siga creyendo en esa patraña de la democracia, cuando la única línea divisoria fiable en esta vida carece de contornos ideológicos, pues no es otra que la que separa a los hombres en buenas o malas personas.

Por desgracia, hay más de lo segundo que de lo primero. Dos o tres escenas de La verdad oculta son tan desagradables, tan minuciosas en la recreación fílmica de la crueldad que, a la vista de las mismas, me entraron unas irreprimibles ganas de retomar la lectura del cuento de hadas empezado la víspera: Fantastes, de George MacDonald.

C. S. Lewis, prologuista de este relato escrito en 1858 y recuperado ahora por Atalanta, se ocupó en uno de sus ensayos de puntualizar que los cuentos de hadas solamente empezaron a ser considerados literatura infantil a partir del momento en que los adultos dejaron de interesarse por ellos. Añadiría yo que no me parece casualidad que el inicio de tal alejamiento coincidiera con el albor de esas criaturas de magia negra conocidas como ideologías, que de tantas conciencias humanas se apoderaron, llegando hasta el extremo de condicionar incluso la capacidad de percepción de los cinco sentidos (no digamos del sexto, al que clausuraron bajo siete llaves). Acierta Lewis cuando dice que MacDonald quizá no fuera un extraordinario escritor, pero que, por alguna razón, su novela deja un recuerdo indeleble. Ya la aparición del hada en el despacho del protagonista sentado ante su escritorio es, la verdad, difícil de olvidar, y no cuesta imaginar el impacto que tendría en el lector victoriano no sólo la escena en sí, sino la pregunta:

-¿Existe el País de las Hadas, hermano?

Y la respuesta:

-Supongo que sí, si encuentras la manera de entrar en él.

Pero, si hubo un tiempo en que los habitantes del País de las Hadas anhelaban visitar el mundo de los hombres y viceversa, mucho me temo que eso ya no sea así en ninguno de los dos lados. En este, los hombres viven pendientes de Gran Hermano y demás diablos cibernéticos y televisivos. Las criaturas feéricas no deben, pues, considerar demasiado interesante esta orilla nuestra, mucho menos si tenemos en mente la acelerada desaparición en ella de los árboles y flores que son sus moradas naturales.

En condiciones normales, al hombre de hoy, leer sobre la amorosa Dama del Haya, la traicionera Dama del Aliso, el feroz Ogro del Fresno, el trasunto de Perceval que vagabundea por el País de las Hadas o las diferencias de educación detectables entre las hadas de jardín y las silvestres, le sería muy provechoso. Una de las historias incluidas en Fantastes –la de la Dama del Espejo- incluso resulta de lo más aleccionadora –y anticipadora- acerca de las trampas y peligros agazapados al acecho en el mundo virtual. Pero, sumido como se encuentra en la atmósfera de Fin de Ciclo que lo acecina y le enroñece el alma, empiezo a entrever y a preguntarme si de verdad quedarán al menos unos pocos humanos dignos de leer un libro como este. Que Dios me perdone, pero creo –y con esto me despido, como dice MacDonald al final de su obra- que la inmensa mayoría no lo merece. Yo, como sí creo merecerlo, lo he leído.

Así que el hada ya no puede tardar. ¡Ya les contaré!

Foto: José Luis Chaín
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Una respuesta

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  1. luis said, on 23 febrero, 2015 at 2:21 pm

    Joaquin Albaicin es un gran escritor y relatista , invita a pensar y reflexionar, practica poco habitual en estos tiempos del gran hermano y ali baba
    Hay que acercarse cada vez mas al pais de las Hadas , pues es la única solución para vivir con magia el gran espectacilo de vivir.


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