Cultura Transversal

“Cabaret Pompeya”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 1 marzo, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Ya explicó con insuperable elocuencia Díaz-Cañabate las razones por las cuales, para calificar el día a día de las mujeres que habitan los cabarets, la de vida alegre no es expresión tan ajustada a la verdad como se cree, y no sólo por el suplicio exigido por el oficio de tener que pasar tanto tiempo en tacones. Yo creo que los deseos caldeados que alcanzan su punto ideal en los rincones a media luz de los cabarets son mayormente intrigas, golpes estratégicos, y de ahí que no pocas cabareteras –Coco Chanel, Evita…- hayan terminado cocinando entre sus caderas más de un asunto de Estado.

Política más cabaret igual a literatura, por supuesto. Ahí está mismamente Cabaret Pompeya, de Andreu Martín, que no es en propiedad, aunque contenga –y bien combinados- los ingredientes precisos para serlo, una novela política ni policíaca. Es más bien una novela sobre de qué modo tan asquerosamente frecuente y vil los acontecimientos se confabulan –ya estamos ¿ven? con las intrigas- para convertir una y muchas vidas en un mosaico de iniquidades. No es tanto la historia de unos jóvenes anarquistas y sus adversarios naturales como un catálogo –por desgracia, bien real- de los lacerantes e irreparables daños que un envidioso o una mujer enfurecida pueden inflingir.

La exposición, en fin, de cómo las ideologías, las guerras, la codicia, los intereses creados, las felonías, el sexo, lo celos de los parientes, el dinero, la carencia de él, las medias verdades… terminan por quebrar matrimonios, enfrentar a consanguíneos y desnaturalizar el amor y la vida familiar hasta consumirlos en una sordidez adornada de oropeles y envuelta por una atmósfera de silencios hipócritas y pasadas de plumero por la superficie de la conciencia que, indefectiblemente, terminan convirtiendo los mejores sentimientos y las más nobles ilusiones en el puro acompañamiento melodramático de una vida con menos calidad que la de la chatarra.

Hasta los “buenos”, para hacer el “bien”, han de degradarse. Mi moraleja, concluida su lectura, es que nada peor, como música de fondo para una vida, que un tango de Gardel. Pompeya se llama, el cabaret de esta novela hilada a base de bandoneón.

-Bonito nombre para una ciudad destruida por una explosión -observa uno de los personajes.

Muy cierto. Y el de la editorial que la ha publicado va también al pelo a la novela: Alevosía (suficiente, pues la nocturnidad, al cabaret, ya se le supone).

La tendinitis de cintura para abajo no es, empero, el mayor riesgo físico que acecha a una cabaretera. También la pueden poner a cantar dentro de una jaula colgada a treinta metros del suelo, para extraña delectación del público varón que abarrota las mesas y con el propósito de averiguar desde allí –cosa difícil, la verdad- lo ocurrido a otras chicas del gremio misteriosamente desaparecidas. Es la misión asignada a la protagonista del relato de Kate Griffin Kitty Peck y los asesinos del Music Hall (Siruela), ambientado en unos bajos fondos londinenses de 1880 donde, curiosamente, las costureras semianalfabetas hablan poco más o menos como las secretarias de los banqueros del siglo XXI y anda en juego no sólo salvar una vida, sino también redescubrir para la historia de la pintura un legendario pigmento desaparecido: el Dorado de Sicilia. En fin: si andan medio puestos en la historia de Jack El Destripador, ya se hacen una idea.

Por supuesto, el cabaret ha evolucionado mucho y estas cosas ya no suceden. En el único madrileño que conocemos, El Antojito, aparte de que no creo que ninguna de sus estrellas –Almudena Valdeolivas, Ana Andrea Gómez, Crystal Silmi, Amber Dratz…- se dejara colgar de una jaula, andan más en la línea de programar música sefardí, danza del vientre y rifas de solteros a beneficio de la lucha contra la extinción del lobo ibérico. En fin, que –gracias a Dios- la cosa no da allí para una novela sórdida. Y si da, lo cierto es que preferiríamos no enterarnos y limitarnos a disfrutar sin sobresaltos de la artística destreza con que las bailarinas sostienen un afilado sable en equilibrio sobre sus dúctiles cinturas.

A partir de las doce de la noche, inquietudes, temeridades y jaulas… ¡las justas!

Por lo menos, esa es mi filosofía.

Foto: José Luis Chaín

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