Cultura Transversal

Castas y clases

Posted in Autores, Esaúl R. Álvarez, Historia, Sabiduría Universal by paginatransversal on 15 marzo, 2015

por Esaúl R. Álvarez – Si hay un ámbito en que se muestra de forma evidente el carácter ‘inverso’ o ‘especular’ de la sociedad moderna respecto de la sociedad tradicional es sin duda en aquel que se refiere al ámbito del ‘orden social’. En las siguientes líneas compararemos a grandes rasgos el orden social que representan idealmente ambos modelos de sociedad.

Las sociedades tradicionales se basan idealmente, tal y como es reconocido incluso a nivel del imaginario popular, en un modo de reparto de las funciones sociales ordenado según unas ‘castas’ o estamentos cerrados mientras la sociedad moderna, que es la ‘inversión’ más o menos exacta del modelo tradicional como veremos en lo que sigue, se ordena en función de las llamadas ‘clases’ sociales.

Ahora bien, sobre el sistema de castas existen multitud de ideas preconcebidas y falsas, provenientes tanto del desconocimiento acerca de su verdadera naturaleza, origen y función, como de los poderosos prejuicios anti-tradicionales que ha logrado imponer al cabo de los siglos la ubicua propaganda de la modernidad disfrazada siempre de humanismo, progresismo e igualitarismo. Por esta razón sería necesario llevar a cabo una exposición detallada y en profundidad acerca de la sociedad de castas y todo lo que ella implica pero por el momento no abordaremos dicha exposición y nos limitaremos, en esta ocasión, a la comparación general de ambos modelos de sociedad: la tradicional basada en ‘castas’ y la moderna basada en ‘clases’.

Generalmente se alega como un argumento a favor de las clases el hecho de que estas sean de condición abierta y que el individuo pueda supuestamente modificar su posición en la sociedad a lo largo de su quehacer vital, mientras en cambio las castas constituirían, al menos en teoría, un sistema cerrado e invariable: a lo largo de su vida un individuo no puede cambiar de casta, la cual le es dada por nacimiento.

En realidad lo que encontramos aquí es el clásico mito anti-esencialista, ambientalista y liberal de la modernidad según el cual todos los individuos son iguales y disponen de ‘libertad’ para hacer de sí mismos aquello que se propongan. La consecuencia inevitable de dicha superstición tan profundamente arraigada en la mentalidad del hombre moderno es creer que todos los individuos pueden acometer básicamente los mismos desempeños en su sociedad, razón por la cual los individuos se convierten en piezas perfectamente intercambiables y sustituibles entre sí, o al menos pasan a ser considerados como tales a ojos de su misma sociedad.

En la concepción tradicional, las cualidades esenciales de los seres determinan su actividad; en la profana, por el contrario, los individuos son considerados como meras unidades intercambiables, como si carecieran de toda cualidad propia. (R. Guénon, La iniciación y los oficios)

Es decir los sujetos son desprovistos de toda individualidad y esencialidad, descualificados por completo, y la única cualificación que pueden poseer no les es dada por su individualidad -lo que sería reconocer diferencias congénitas, intrínsecas al ser- sino a lo sumo por el grado de aculturación y sobre-socialización –educación en la jerga moderna- que el individuo posee, grado que determina ante todo hasta qué punto dicho individuo es sumiso y maleable, es decir el grado de dominación que tal sujeto está preparado para soportar.

Decimos que a través de tal ideología anti-esencialista y ambientalista se conceptúa a los individuos como meras piezas intercambiables, carentes de valor propio, lo que supone la aplicación extrema del ‘punto de vista cuantitativo’ del mundo -cuyos efectos Guénon denominara ‘reino de la cantidad’- pero proyectado en este caso sobre la naturaleza humana. Y, en cierto sentido, y gracias a las nuevas formas que va adquiriendo actualmente el trabajo, cada vez más mecanizado y deshumanizado, esta posibilidad se va haciendo cada día más cierta y real. Posibilidad que se hace más palpable si cabe en un mundo donde el sujeto ve cómo se le niega tanto la dignidad de gobernarse a sí mismo y ser responsable de sí, como la misma posibilidad servil de un trabajo asalariado, envilecedor por naturaleza pero imprescindible para poder sobrevivir en un entorno absolutamente monetizado.

Volviendo a la diferencia entre clase y casta, es fácil entender que un individuo no pueda a lo largo de toda su vida cambiar de ‘casta’ si se comprende el origen y la naturaleza profunda de ésta. La ‘casta’, que se supone dada por nacimiento, es en realidad una cualidad innata al ser e inseparable del mismo, el nacimiento aquí no tiene más valor que el de manifestar con hecho una realidad suprafísica, que está más allá de lo material. Y por otra parte su lugar en la sociedad posee el mismo significado profundo, pues está manifestando de manera observable y exterior quien es verdaderamente ese ser. Desde esta perspectiva tradicional la profesión, el oficio, es algo capital para el correcto desarrollo del individuo a lo largo de su vida y que debe estar en función de las cualidades innatas del mismo. Incluso el oficio puede convertirse en un medio o camino adecuado a su realización espiritual (R. Guénon). Puede compararse esta actitud con la realidad cotidiana de la modernidad en la que el individuo pasa por un sinnúmero de ‘vidas’ diferentes sin realmente profundizado en ninguna. Es evidente que el ‘punto de vista profano’ que domina por completo las mentalidades modernas es incapaz de entender semejante matiz.

Por tanto, bien entendido, es imposible renunciar a la casta en ninguna circunstancia o momento de la vida [1]. Otra cosa es que un individuo determinado -con unas determinadas cualificaciones o aptitudes- pueda vivir toda su vida por completo al margen de su ‘casta’, es decir dando la espalda a sus tendencias o vocaciones más interiores y esenciales, ya sea debido al desconocimiento de sí mismo o a causa de determinadas circunstancias exteriores desfavorables -el imperativo social, el entorno familiar, etc…- que no le dejen lugar a desarrollar y expresar sus cualidades particulares. Esto es perfectamente posible y de hecho es precisamente lo que ocurre hoy en día de forma generalizada y casi universal, gracias a la aplicación imperativa de las dañinas supersticiones de la igualdad y la movilidad/flexibilidad individual que exigen al hombre moderno traicionar a cada paso sus propias inclinaciones y conformarse –adaptarse en la retórica neodarwinista y neoliberal- a los requerimientos siempre cambiantes de la sociedad que le gobierna y manipula.

Como hemos dicho, además del carácter cerrado e invariable de las castas, la descalificación más habitual contra ellas proviene del hecho de ser éstas supuestamente asignadas ‘por nacimiento’ pero la realidad es que la ‘clase’ no está menos condicionada por el nacimiento que la ‘casta’. En realidad, lo que distingue a ambos conceptos no es nada relacionado con el nacimiento sino con el carácter esencial o contingente de las categorías mismas, es decir su condición de interior o exterior al ser mismo, según dónde se sitúe aquello que se considera socialmente más relevante y diferencial, y que en la sociedad moderna corresponde siempre única y exclusivamente a rasgos puramente exteriores: riqueza, apariencia, educación reglada, curriculum, etc…

La ‘casta’ es sobre todo una condición interior del ser particular -como un sello de nacimiento podríamos decir-. La ‘clase’ por su parte se basa en un rasgo mucho más exterior, ajeno a la personalidad y por tanto en el fondo circunstancial, un puro accidente, lo cual es -pese a toda la desviada moral protestante que ha tratado de legitimar y naturalizar esta postura- mucho más arbitrario e injusto: sigue estando adscrita al nacimiento pero ahora no por ser algo propio de ese ser sino por derivar del entorno en que a ese ser le ha tocado nacer. En efecto un ser no posee por nacimiento la marca de su clase social, pero esta le será indeleblemente transmitida a lo largo del interminable proceso de educación, aculturación y opresión.

Esta es la diferencia más básica y fundamental entre ambas concepciones del hombre y la sociedad, si la casta es ante todo una característica interior al ser particular y por tanto esencial al mismo, tan esencial que uno y otra son inseparables; la ‘clase’ es por completo exterior a él y por tanto circunstancial, algo muy propio de la modernidad donde todo juicio tiene por único criterio lo más observable y exterior. Y, tal y como veremos a continuación, esta desviación que toma siempre lo exterior como único criterio de juicio es una marca o un sesgo propio de la tercera casta.

Por otra parte, las supuestas virtudes que a menudo se le suponen a una sociedad ordenada según ‘clases’ como es la sociedad moderna resultan inmediatamente desmentidas a la luz de los hechos para cualquiera que vea un poco más allá de sus propios prejuicios, pues a nadie se le puede ocultar que en la sociedad moderna existen élites -ante todo económicas- o que es excepcionalmente difícil -en la práctica imposible- cambiar de clase social a lo largo de una vida humana corriente, salvo casos muy excepcionales.

Asimismo hace falta estar muy cegado por los prejuicios para no percatarse de que son estas mismas élites las que marcan la agenda y dirigen el rumbo de toda la sociedad, de modo que sería muy desacertado creer que el devenir histórico de la sociedad moderna o el curso de los acontecimientos al respecto de cualquier materia está en la actualidad más influido por el grueso de la población que en cualquier otro tiempo histórico con que se quiera comparar.

Por tanto un simple vistazo sirve para desbaratar la ilusión igualitarista así como la extendida superstición democrática según la cual los pueblos son ahora más dueños que nunca de su destino y participan como nunca de su historia.

*

La ‘sociedad de clases’ como sociedad-modelo de la tercera casta.

Después de todo lo dicho podría parecer que al cambiar el concepto ‘casta’ por el concepto ‘clase’ la pirámide social en sí misma no se vea alterada en lo más mínimo en su forma y estructura. Podría pensarse que todo el orden social sigue más o menos igual y que el cambio de una palabra por otra obedece exclusivamente al empleo de un término que es en sí una herramienta idónea para justificar y apuntalar la consabida ideología liberal e individualista por medio de que los oprimidos se ilusionen sobre las bondades y la presunta movilidad de su clase social.

Pero no es así en absoluto. Detrás de esta sustitución de los términos hay algo más profundo. El cambio en la denominación de los diferentes estamentos en que se dispone la sociedad, lejos de ser un suceso inocente, es una consecuencia del cambio en el ‘principio ordenador’ que rige toda la sociedad. Y fue precisamente debido a este cambio de ‘principio ordenador’ que los estamentos sociales pudieron pasar de ser considerados ‘castas’ a ser llamados ‘clases’.

El ‘principio ordenador’ de la sociedad moderna no es otro que el criterio economicista -que se presenta bajo varias formas: rentabilismo, produtivismo, avaricia generalizada, etc-, tal y como corresponde a la perspectiva de una sociedad capitalista, donde el valor e influencia social -sea de un individuo, un colectivo, una familia, etc.- se mide en función exclusivamente de los recursos -económicos, productivos, naturales, etc…- que se sea capaz de acaparar y controlar.

Llegados a este punto, dos reflexiones se imponen.

En primer lugar hay que notar que la elección de este ‘principio’ como eje vertebrador y ordenador exclusivo de toda la sociedad es un hecho único y distintivo de la sociedad occidental y rompe radicalmente con todas las categorías y valores tradicionales. En las sociedades tradicionales existían diversos mecanismos reguladores para impedir, en la medida de lo posible, tanto una concentración excesiva de riqueza en pocas manos como que dicha concentración de riqueza coincidiera con la élite política e intelectual que dirigía la comunidad. Generalmente en una sociedad tradicional unos eran los miembros cuya opinión era más escuchada y respetada y otros eran los miembros más ricos y poderosos de esa sociedad. Sin embargo en la sociedad moderna ambos puntos coinciden: los más ricos son también los más escuchados y de hecho son los que gobiernan, directa o indirectamente. No en vano se ha calificado la civilización occidental de plutocracia.

Pero en el caso de la desviación moderna no es tan solo que los más ricos resulten ser los más poderosos, sino que por el contrario tales individuos son respetados, escuchados y obedecidos justamente por ser los más ricos, lo cual manifiesta un servilismo indigno por parte de sus sometidos. Esto a todas luces es una anormalidad no solo en el buen gobierno de una sociedad sino también en la buena servidumbre a la misma, y constituye una excepción única en la historia. Sería largo debatir a qué puede deberse tal servilismo pero sin duda la ambición inculcada a las clases inferiores de ‘llegar a ser como los poderosos’ tiene mucho que ver en ello y en la permisividad con que se aceptan sus abusos y privilegios, privilegios que casan mal con el celebrado igualitarismo y que debieran considerarse un agravio comparativo.

Es este criterio de valor radicalmente materialista y economicista que pone todo valor en las posesiones y las conquistas exteriores -y por ello en la apariencia de éxito y triunfo- lo que otorga su carácter diferencial y anormal a la sociedad moderna respecto a las sociedades tradicionales, organizadas en función de otros criterios, menos materiales y más interiores al sujeto, más ligados a su ser y relacionados con virtudes y/o cualidades morales de algún tipo. En la sociedad moderna actual solo se valora lo exterior de modo que resultan completamente accesorias las cualidades interiores, intrínsecas de la persona: valor, fidelidad, inteligencia, esfuerzo… Todas ellas parecen estar contenidas en la palabra éxito y se presumen a partir del hecho de ser rico, influyente o poderoso.

Lo que es importante precisar llegados a este punto es que esta desviación no es para nada casual, sino que es una desviación -una herejía- propia de las tendencias más propias de la tercera casta -la de los artesanos y comerciantes-, y más concretamente de un sector concreto y minoritario de la misma; y se produce tal desviación precisamente porque esta casta no se siente sometida a ningún control ni limitación exterior, de modo que gobierna la sociedad en función de su particular criterio. Asumir tal criterio como valor social de juicio equivale a erigir el ‘punto de vista’ de la tercera casta como norma social absoluta y exclusiva, lo cual tiene consecuencias nada despreciables para todo el cuerpo social.

Desde el punto de vista profano que domina la mentalidad actual podría pensarse que no tiene por qué existir una relación directa entre ambos hechos: materialismo y tercera casta. Ahora bien, la tercera casta es precisamente aquella que tiene asignado como ámbito de dominio y acción, el mundo físico [2], es decir la naturaleza, sobre la cual ejerce de manera legítima su soberanía, tanto a la hora de estudiarla -la ciencia– como a la hora de manipularla -la industria-. De este modo puede decirse que el materialismo -con sus corolarios de mecanicismo y productivismo- es de algún modo su manera natural, aunque abandonada a su suerte y conducida al extremo en el caso de la civilización occidental, de ver y entender la realidad; así como supone también, su ideología instrumental más idónea.

Cuando esto se comprende se advierte de qué modo fenómenos como el capitalismo, el industrialismo, la obsesión por el progreso, el desarrollismo, e incluso la misma ciencia moderna, salvajemente materialista y manipuladora -una herramienta de sometimiento de la naturaleza en realidad-, son consecuencia natural de la aplicación del ‘punto de vista’ característico de la tercera casta y su concepción del mundo y la existencia a toda la realidad vital humana.

Podemos concluir por tanto que la preeminencia de lo económico y lo material en la sociedad moderna se debe en primer lugar a que esta sociedad se ha desarrollado a partir del punto de vista exclusivo de la tercera casta, que es la que domina y regula de manera indiscutible la sociedad actual en todos sus aspectos, y que ha impuesto su ideología revolucionaria del nuevo orden social desarrollista y capitalista sobre toda la sociedad.

Analicemos a continuación cuáles pueden ser las causas de que tal desviación haya podido tener lugar.

*

[1] Esta idea nos acerca evidentemente al concepto hindú de swadharma.

[2] Del modo equivalente a como las dos castas superiores tienen asignados respectivamente el alma del hombre y la convivencia o el cuerpo social.

Castas y clases (y II): el orden de la modernidad como inversión del orden tradicional

Las anteriores reflexiones muestran hasta qué punto la tercera casta -o mejor dicho, un pequeño sector de la misma-, ha llegado a dominar y dirigir por completo la sociedad actual, por medio de lograr que la sociedad misma asuma como propios los valores particulares de dicho sector. Puede decirse que una pequeña parte de la sociedad se ha adueñado del todo social.

Además se concluye que el dominio del punto de vista de la tercera casta ha conllevado que todo criterio de valor y de juicio en la sociedad actual se refiera a rasgos exteriores, es decir a accidentes, lo cual resulta evidente en ciertos aspectos, como son la tecno-ciencia entendida como proyecto dominador de la naturaleza -recordemos que la tercera casta se ocupa del conocimiento y el uso de la materia y la naturaleza-, la riqueza como único objetivo en la vida del hombre así como único criterio de valor, el economicismo que reduce en la práctica toda la realidad a su ‘valor económico’, o la obsesión extrema por la acumulación, no solo de bienes materiales o riquezas sino incluso de datos de lo más variado, algo observable en la tendencia cada vez más acusada por dejar constancia de todo.

El orden social tradicional en el contexto del descenso cíclico.

Todo lo anterior se entenderá mejor si hacemos referencia a las enseñanzas tradicionales que se refieren a la relación que existe entre las castas y las edades de la humanidad. Para el punto de vista tradicional, las castas no son una realidad fija e inmutable -como no lo es que pertenezca al plano de la manifestación- sino que están sujetas al devenir histórico, marcado ante todo por la idea de ‘descenso cíclico’, que entiende el final de un ciclo de manifestación causado por el agotamiento de las posibilidades como una degradación y una inversión especular de lo que era en el comienzo del mismo. Ni las castas en sí, ni el orden social basado en ellas, están al margen de este factor temporal que inevitablemente forma parte de la condición manifestada.

Así, y profundizando en la idea tradicional del ‘descenso cíclico’, éste conlleva en su avance una corrupción y una disolución progresivas de las formas primordiales -arquetípicas- que existían al comienzo del ciclo.

El instante inicial de la creación es el de la irrupción de la Energía divina que entonces se encuentra en el máximo de su intensidad; y sabemos que luego, a medida que se desarrolla el ciclo, disminuye la energía cósmica; lo mismo ocurre en cualquier ciclo, grande o pequeño. (Hani, J. ‘La realeza sagrada’, cap. 2)

Aunque este proceso disolutivo afecte a todas las realidades del universo humano -y desde luego a las mismas castas que tienden a confundirse y desaparecer con el envejecimiento de la humanidad, así como también a la misma constitución psíquica del hombre cada vez más fragmentaria-, si nos atenemos exclusivamente al ámbito del orden social dicho proceso supone la progresiva subversión del orden ‘normal’ a través de sucesivas revoluciones o inversiones, algo que podríamos describir como sucesivos ‘golpes de estado’ por parte de las castas inferiores contra el legítimo orden tradicional.

Si la sociedad tradicional ideal está gobernada por la primera de las castas, la casta sacerdotal -aunque sería más correcto el término de ‘élite espiritual’-, la primera revolución o inversión sería aquella por la cual la segunda casta desbancaría a aquella y se situaría en la cúspide de la pirámide social, pasando a dirigirla. Esta segunda casta es conocida popularmente como casta guerrera, aunque hay que recordar que esta denominación no es exacta ni conveniente ya que sus funciones van mucho más allá de un simple ‘hacer la guerra’: su cometido principal es gobernar y ordenar la convivencia -además de proteger a la primera casta, que es una de sus obligaciones irrenunciables, lo cual revela el carácter de subversión que supone tal revolución, pues supone una traición hacia aquellos a los que debía proteger-; es decir un desempeño que engloba lo que actualmente entraría dentro de la noción de ‘política’. Para hacernos una idea del cometido real de la segunda casta basta recordar sobre quienes recaía la responsabilidad de decisión y de gobierno en las polis griegas, por ejemplo.

Un comentario aclaratorio puede resultar adecuado. Hay que advertir que, salvo contadas excepciones, todos los ejemplos históricos que puedan tomarse de sociedades relativamente tradicionales muestran por lo general el dominio de la segunda casta sobre todas las otras. La razón es que, al comienzo de lo que conocemos como ‘tiempos históricos’, esta primera revolución que arrebató el poder a la casta espiritual o sacerdotal ya estaba consumada prácticamente en todas partes. Incluso puede decirse que, mientras los pueblos fueron capaces de mantenerse fieles al orden primordial, permanecieron al margen de la historia. Existe constancia histórica de este ‘paso’ o ‘descenso de escalón’ en algunos pueblos, como por ejemplo el pueblo de Israel y la elección de su primer rey, Saúl.

*

Por lo que respecta al descenso del siguiente escalón en la senda de degradación del orden social tradicional, y siguiendo el curso natural impuesto por el ‘descenso cíclico’, el segundo ‘golpe de estado’ al sistema de castas es el acometido por la tercera casta sobre la segunda, para de este modo situarse en la cima de la sociedad -aparentemente al menos- y pasar a dirigir la misma. Este ‘golpe’ revolucionario no es otro que el protagonizado históricamente en occidente por las revoluciones industrial y burguesa, es decir las revoluciones capitalistas, que abrieron el camino a que los principios propios y particulares de la tercera casta pasaran a ser hegémonicos y compartidos más o menos por la totalidad de gentes y culturas de modo que en poco más de doscientos años se han extendido como criterios normativos y se ha impuesto este nuevo orden a todo lo largo y ancho del mundo. Así, golpe tras golpe, revolución a revolución, se va derribando y demoliendo el orden social ‘normal’ a la vez que se desciende hacia un orden social que es cada vez más un desorden.

Como puede apreciarse, al presentar el proceso histórico revolucionario-capitalista como un fenómeno inscrito dentro del contexto universal del ‘descenso cíclico’, debe tenerse en cuenta que el orden social que se ha dado en llamar Antiguo Régimen en absoluto era ya un orden normal o tradicional, sino que constituía en sí mismo ya una distorsión -y a menudo una perversión- del orden tradicional legítimo. Es por esta causa que, una vez perdido todo vínculo con el Principio rector superior -de carácter espiritual- desde el cual se genera y ordena toda la sociedad -tal y como una planta brota y se desarrolla a partir de la semilla, en un proceso orgánico que fuera advertido y descrito por Spengler- y que además dota de legitimidad a tal orden, la sociedad tradicional, o más exactamente lo que quedaba de ella, no pudo de ninguna manera plantar cara o resistir al nuevo orden revolucionario que avanzaba inexorable al ritmo de las nuevas invenciones tecnológicas.

Como apuntábamos en la primera parte, lo verdaderamente esencial en cada escalón que se ‘desciende’ no es tanto el dominio político de una casta sobre las otras -lo que en todo caso sería ilegítimo, pero sería un mal menor- como la imposición de su ‘punto de vista’ reducido y parcial sobre toda la sociedad, lo que implica inevitablemente un cambio de paradigma en el modo de ver el mundo y la propia realidad existencial a que el hombre se enfrenta. La visión del mundo que se impone como hegémonica incluye forzosamente una idea del hombre y del mundo que es connatural a esa casta y diferencial respecto de las otras, así como unas formas de vida y existencia específicas acordes con tal visión.

Esta característica es el punto más peligroso del nuevo orden revolucionario por su potencial destructivo hacia las otras castas, pues puede intuirse la profunda aversión que la casta empoderada profesará hacia las castas derribadas. No se trata de una simple coacción sobre estas castas sino que el proceso revolucionario supone en la práctica la anulación social de las mismas y en un tiempo más o menos largo su virtual aniquilamiento, de modo que los ‘puntos de vista’ que ellas representaban y que no eran sino modos legítimos de ser-en-el-mundo, simplemente desaparecerán.

En el caso concreto de la tercera casta, debido a las condiciones innatas que la misma posee, el modo particular de ver el mundo que es el germen de su orden civilizatorio toma dos formas, que en el fondo son dos caras de la misma moneda:

  • el materialismo filosófico y
  • la desacralización de la existencia,

ideologías ambas que se manifiestan en el dominio del ‘punto de vista profano’ sobre todos los órdenes de la existencia humana.

*

Siguiendo con el modelo clásico de la pirámide social dividida en estamentos o estratos, podríamos representar estas sucesivas ‘revoluciones’ como un progresivo ascender de las clases sometidas hacia la cumbre, y así es en efecto como pretende que lo imaginemos la moderna ‘teoría de las clases sociales’: mediante el proceso revolucionario -supuestamente y siempre según el ideario progresista- las clases históricamente sometidas pasarían a ocupar la cima de la sociedad y con ello a liderarla, logrando con ello su emancipación de los poderes opresores.

Estamos ciertamente ante un mito moderno que ha calado muy hondo en el imaginario colectivo de occidente. Lo cierto es que semejante discurso está tan lejos de cualquier realidad histórica habida o por haber que salta a la vista que se trata de propaganda ideológica del trazo más grueso, ideada para consumo y contento de los mismos sometidos: lo dicho, un mito. Esta retórica propagandística de las clases alcanzó su clímax a través de una ideología monstruosamente materialista y progresista, el socialismo marxista, mediante la conocida fórmula de la ‘dictadura del proletariado’. Por otra parte si no fuera el control de los recursos materiales lo único que aquí importa y los privilegios para sí no fueran el único objetivo que se persigue [3] -lo que sitúa a los marxistas en el mismo eje ideológico que los liberales o cualquiera otros ‘revolucionarios’- no se entiende en qué la toma del poder o el dominio de la sociedad pueda suponer una ‘emancipación’, ¿emancipación de qué? ¿Acaso el hombre no ha tenido que trabajar siempre y en todas partes para poder subsistir? La realidad es que lo que esconden todas estos ideales revolucionarios, tan utópicos en la teoría como distópicos en la práctica, es el rechazo puro y simple a cualquier motivación no-material que mueva al hombre y la negación de toda acción que no persiga un ‘rendimiento neto’. Es decir, la negación sistemática de todo principio superior y la reducción del hombre a sus requerimientos más pedestres.

Por si fuera poco, tales ‘mitos’ -diseñados para enturbiar aún más la confusa visión de los sometidos- se presenta como inseparable del otro gran mito, el democrático, según el cual la sociedad occidental es más libre, plural y participativa que ninguna otra que haya existido jamás… Aún hoy en día muchos de nuestros contemporáneos consideran que es bajo esta clave progresista de la ‘lucha de clases’ y armados con semejantes anteojeras intelectuales como hay que leer hechos históricos tan cardinales para el statu quo opresor de la modernidad como la revolución francesa, o asombrosos episodios espectaculares que son presentados reiteradamente por el mismo poder como el paradigma de ‘la lucha revolucionaria’ contra el sistema, como es el caso del Mayo francés.

Sobra decir que desde el punto de vista tradicional, todas estas interpretaciones de la historia como un conflicto entre clases sociales que luchan entre sí por ocupar la cumbre de la pirámide social, así como su representación piramidal clásica, son completamente falsas además de profundamente anti-tradicionales. En primer lugar porque la pirámide de ‘clases’ de la sociedad global actual es tan solo la puesta en práctica del orden mundial de la tercera casta en exclusiva, que es ya la única que cuenta a la hora de gobernar el mundo, pues ha conseguido deshacerse de toda élite humana superior -no así de las inferiores, que la sirven y a menudo muy fielmente-. La tercera casta ha impuesto su criterio materialista de forma universal y se ha hecho hasta tal punto hegemónica que carece de oposición, además de haber eliminado toda posibilidad de re-ordenamiento de las dos castas superiores. De este modo se pliega el mundo actual a su criterio sin vislumbrarse oposición posible.

Cabe asimismo preguntarse cómo la casta inferior que resta por debajo de ella -los sudras en la terminología hindú-, siendo precisamente eso, inferiores y por tanto dependientes en la práctica de la única casta superior que queda, que es la única que establece y sostiene un simulacro de orden, cómo, decimos, podrían presentarle oposición de forma legítima y a la vez realista. Es de todo punto imposible, y de darse el caso no sería más que para profundizar más aún en el consabido ‘descenso cíclico’ y en la disolución social. Atendiendo a los hechos desde el punto de vista tradicional se comprende muy fácilmente que el des-orden social actual tiene una muy difícil solución… [4]

*

La sociedad de clases como inversión de la sociedad tradicional.

Pero además la representación piramidal clásica es falsa por otro motivo más profundo e inquietante. Como ya hemos dicho al explicar el concepto de ‘descenso cíclico’, las luchas revolucionarias que impulsan aquellos grupos o estamentos que defienden la sedición y la instauración de un ‘nuevo orden’ social, no constituyen para nada un ascenso hacia la cumbre [5] de la sociedad sino más bien una degradación de todo el orden social completo -pues, como es obvio, los procesos revolucionarios no solo afectan a la casta que es derribada sino que también implican a las inferiores, lo quieran estas o no-, por lo cual con cada nueva ‘era revolucionaria’ la pirámide social misma se derrumba un poco más, y los estamentos sociales inferiores que consuman su particular revolución y alcanzan el poder fáctico de su sociedad no ascienden hacia una cúspide sino que en realidad descienden y profundizar por su propio mérito y esfuerzo hacia estadios aún inferiores. Por tanto mediante los procesos revolucionarios que ha desencadenado la modernidad desde su origen los estamentos de la sociedad no ascienden hacia un hipotético futuro idílico sino que descienden sin cesar hacia un presente cada vez más infernal.

Estas últimas reflexiones se confirman al evaluar los frutos que ha producido la modernidad: puesto que la sociedad tecno-científica y desarrollista supone una inmersión cada vez más profunda en el ‘materialismo’ -que además es el paradigma mental exclusivo en que se mueve toda la sociedad-, y dado que dicho paradigma conlleva una negación o rechazo de cualquier influencia posible de origen superior manifestada por la ausencia de lo sagrado y el desencanto -o ‘des-animación’- del mundo, lo que nos encontramos en realidad es una pirámide invertida cuyo vértice apunta hacia abajo, es decir hacia lo inferior.

Esta es por tanto la figura que representa el orden social moderno con mayor exactitud: la pirámide invertida. Tal y como anunciamos al comienzo de este artículo se comprueba ahora que el orden social de la modernidad es una inversión, más o menos exacta, del orden social tradicional.

La interpretación gráfica de esta imagen es por completo acorde a la doctrina del ‘descenso cíclico’: si las castas más elevadas de la sociedad tradicional eran aquellas que estaban más próximas al Principio Supremo, las anti-élites que han de dirigir el des-orden propio del fin de ciclo son precisamente los segmentos o estratos más ‘infernales’ de esa sociedad debido a su proximidad y vinculación con los ‘principios’ -si es que se puede aplicar esta palabra, serían más bien ‘contra-principios’- inferiores, los más contrarios al Intelecto puro.

De modo semejante, las clases sociales más simples, que en toda época y lugar participan de su sociedad de un modo pasivo, si bien en el orden tradicional eran quienes se encontraban más alejados del Principio Intelectual y solo les era dado participar indirectamente del mismo, ahora, en razón precisamente de esa misma simplicidad y sencillez de vida -si es que son capaces de conservarla a pesar del ‘signo de los tiempos’-, pueden mantenerse también más alejados y un poco a resguardo del polo infernal que -a través de sus múltiples herramientas de dominación y sometimiento- rige y arrastra la sociedad.

Una pirámide que puede ser perfectamente calificada de infernal pues se dirige decididamente hacia el polo substancial de la manifestación -el elemento Tierra en la terminología clásica-, el reino de la cantidad y lo infrahumano. Nótese que el elemento Tierra es para el pensamiento tradicional el más inferior de los cuatro y el que simboliza la muerte, pues es frío, seco y oscuro (o tenebroso), careciendo de las cualidades celestes y vitales propias del Espíritu: calor, luz y humedad.

Quisiéramos además llamar la atención sobre el hecho de que precisamente bajo esta forma, como una enorme pirámide invertida que penetraba hacia el interior de la tierra -o como el negativo de una montaña-, es como Dante describió el Infierno de su Comedia. Este detalle señala hasta qué punto los conceptos de ‘anti-tradicional’ e ‘infernal’ se dan la mano y son en el fondo lo mismo.

El Infierno de Dante según Botticelli.

Por último, dado que las castas clásicas son cuatro más una -el grupo humano que por definición es ‘sin casta’-, alguien podría preguntarse si no quedarán aún peldaños por descender en esta senda hacia el reino de la cantidad y lo inferior descrita tradicionalmente como ‘descenso cíclico’. En efecto, y aunque no es nuestra intención hacer previsiones de futuro de ningún tipo, así lo creemos.

*

[3] Suponiendo además con ello que los intereses de todos los grupos de la sociedad, sean clases, castas o cualquiera otros, son los mismos siempre y para todos ellos, en todos los tiempos y lugares, lo cual es tremendamente simplista y falso. En realidad estamos ante la proyección de la visión capitalista del mundo y sus intereses particulares a toda la sociedad y a todas las sociedades, un ejemplo más de la pretensión de universalizar a toda costa la mirada -o el punto de vista- del hombre moderno e imponerlo sobre los otros. Una aberración pura y simple.

[4] Solución que implicaría lo que Guénon denominara ‘re-enderezamiento’, lo cual pasa por ‘volver la mirada’ de nuevo hacia el Principio Supremo, es decir una verdadera metanoia.

[5] Recordemos que el significado de la pirámide es mostrar una jerarquía espiritual y por ello su cumbre representa un estado más próximo al Cielo que los escalones o estados inferiores. Es evidente que cuando el criterio por el que se ordena la sociedad deja de ser espiritual no se puede decir que la pirámide apunte hacia el Cielo.

Fuente: Agnosis I y II

 

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