Cultura Transversal

Danica

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 25 marzo, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Siempre he escuchado que en Rusia, cuando no se dispone de efectivo para un whisky o un vodka, la gente bebe líquido desatascador de tuberías, limpiacristales o colonia. No soy capaz de imaginar cómo serán las resacas. Claro que tal vez se trate sólo de una habladuría. No hay que hacer por sistema caso de ellas, pero tampoco darlas por falsas a tontas y a locas. En Al final de la escapada, es posible que Michel –o Laszlo Kovacs, el otro nombre que usaba Belmondo en la película- no hubiera acabado muerto a tiros en una calle de no haber asumido de tan alegre modo que eso de que las suecas son guapas era solamente un rumor. Porque, de rumor… nada.

La verdad es que nunca he terminado muy bien de entender qué se traía de verdad Belmondo con Jean Seberg en aquella película, con tanta cháchara y tanto irnos a Roma. Me pasa con él como con los personajes un tanto autistas de los cuentos incluidos por Peter Stamm en A espaldas del lago (Acantilado). A Stamm no le sucederá, pues al fin y al cabo se trata de sus personajes y, además, estudió psicopatología, pero siento que los mundos por él tejidos para dar sostén a sus ficciones comportan tras su máscara de realismo algo de irreal o han sido diseñados para que se mueva por ellos gente que no se pase mucho en eso de tener personalidad… Individuos muy justitos de facultades, para entendernos. El sol no llega a restallar, a lucir del todo en ellos, como tampoco brilla mucho que se diga en el final de la escapada de Belmondo. La iluminación pretendidamente natural de Goddard quedó, en rigor, cualquier cosa menos eso: más bien, bastante mortecina… Lo cual nos lleva a París, Texas de Wim Wenders.

Esa película, sí, donde un tío echa a andar por parajes desérticos, con los ojos perdidos y una idea fija sin que logremos entender por qué diantres anda tanto ni qué pretende. Sólo sabemos que ha de encontrar a Nastassja Kinski, pero cuando vemos que Nastassja, con su jersey rojo y aparentemente muy suave, le espera en una especie de locutorio sólo para ponerse a charlar, pues nos quedamos tan cazando moscas como al principio.

En fin, que, aunque sucedan cosas, aunque inclusive se muera alguien, pareciera como si nada pasara. En uno de los cuentos, una mujer dice a su novio:

-He comprado raviolis frescos, y se hacen en tres minutos.

Y a uno le parece que esta es la situación más límite con que va a toparse en todo el libro. Es el clima reinante en el balneario donde un amigo recomienda pasar una semana al protagonista de Los veraneantes, el primer relato del libro de Stamm, que se detiene mucho –y bien- en la descripción de paisajes. En cierto modo, los personajes de sus cuentos son eso, parte del paisaje: como árboles, rocas, laderas o plácidos lagos. Quizá eso sea bueno. Un amigo, también escritor, me confesaba el otro día su convicción de que los árboles son seres superiores a los humanos: más completos, mejor organizados, más fieles a sí mismos, me decía…

Lo curioso es que, contra todo pronóstico, Los veraneantes –ese primer relato cuya acción transcurre en un hotel donde la directora calienta la comida a los huéspedes por el chusco sistema de exponerla al sol- termina siendo poco más o menos un cuento de hadas. Lo cual está muy bien, porque uno lee, a la postre, para que le sorprendan.

Un aliciente más es encontrarse con conocidos. En Sweet Dreams, otra de las historias, aparece una serbia, Danica. Últimamente, todas las serbias de los cuentos y novelas se llaman así. Danica es el nombre de la posadera que se encama con el inspector Adamsberg en Un lugar incierto y, si no me equivoco, también el de la chica serbia de La pirueta, de Eduardo Halfon. Como esta última sale también en El boxeador polaco, estoy empezando a preguntarme si no serán todas la misma Danica, una Danica que va por ahí pegándose revolcones nocturnos con gente dedicada a esto de la literatura y que, luego, pasa al papel las historias por ella contadas.

Ahora mismo me siento en blanco y sin ideas, así que, si me hallo en lo cierto, andas por ahí y lees esto, ¡cuenta conmigo, Danica!

¡Hoy por mí, mañana por ti!

Foto: José Luis Chaín

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