Cultura Transversal

Hiperbórea, Sevilla, el exilio…

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 31 marzo, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Los relatos inspirados en Hiperbórea debidos a la pluma de Clark Ashton Smith (1893-1961) y que ha reunido y editado Valdemar son deudores de fuentes diversas. Entre las literarias, las novelas de Robert E. Howard con Conan El Bárbaro como protagonista y, por supuesto, Lovecraft, que -admirador de su poesía- fue quien le animó a escribir cuentos. Yo señalaría también a Lord Dunsany, aunque no sé si el autor de Hiperbórea y otros mundos perdidos llegó a leerle. Y bueno, entre las fuentes de otro orden, pues la paleogeología, los brumosos recuerdos de los antiguos sobre la Atlántida, los continentes perdidos en el érase que se era reformateados a su conveniencia por los ocultistas de fines del XIX y principios del XX… Y, sobre todo, el mito de un paraíso perdido sito en el extremo norte del mundo, cuyos moradores se habrían visto forzados a abandonarlo cuando la lucha contra las glaciaciones que exterminaron a los mamuts y muchas otras especies de flora y fauna se tornó imposible. Sobre ese enclave mítico –el Var de Yima de los textos avésticos- escribió un sesudo y serio estudio, allá por 1903, el sabio hindú B. G. Tilak: La patria ártica en los Vedas, del que me parece que existe ya una edición en español, impulsada –supongo- por devotos de la obra de René Guénon.

Los relatos de Hiperbórea y otros mundos perdidos –a los que el editor ha sumado alguno sobre viajes espaciales y ambientado en Marte- nos retrotraen al más arisco Pleistoceno, cuyas atmósferas teníamos, la verdad, un punto olvidadas, a un mundo de estalactitas, de cuevas cuyas entradas parecen fauces con colmillos, a un ecosistema de ciudades muertas, de lagos de brea en ebullición, de volcanes que transforman las nevadas en suave lluvia y de magos que invocan soles para derrotar a un glaciar, pues en Hiperbórea los glaciares están dotados de una mente calculadora y albergan siempre malignas intenciones.

La vida sin estalactitas es otra cosa, desde luego. No es lo mismo. El tono de los relatos me ha recordado mucho al de una de mis novelas favoritas, La muerte de la Tierra, escrita en 1912 por J. H. Rosny Aine, pseudónimo literario de dos hermanos tras el que algunos quisieron reconocer, en su momento, al enigmático Fulcanelli, del que debo admitir –pero no diré más- que encontré alguna que otra huella durante el tiempo que residí en Sevilla.

Entre los topónimos señalados en el mapa de Hiperbórea incluido en el libro de Ashton Smith no se cuenta, desde luego, la capital de Andalucía. Están el Mar Boreal, la isla de Thulak, los Montes Eiglofianos o las ciudades de Commorium, Legguan y Oggon Zhai. Pero es que Hércules fundó Sevilla en época ya muy post-glacial. No obstante, sus costaleros portadores en andas de Vírgenes y Cristos no dejan de recordarme ese mundo hiperbóreo de batallas entre paladines de los diversos panteones mitológicos, y no puedo evitar ver, en esos cofrades Cristo al hombro, hordas de combatientes arremetiendo contra los degolladores del Estado Islámico para vengar la pulverización a martillazos de los toros alados de Mesopotamia. ¡Que los esfíngeos Ángeles a los que representan destruyan con su rayo tanto al EI del califa impostor como a su patrón en la sombra, la civilización occidental moderna!

Claro que no espero que nadie comparta esta visión mía de la Semana Santa 2015. Doy por hecho que los hispalenses la asumen, en bloque, más o menos como los protagonistas de La última distinción (Áltera), de Manuel García Félix, que hace poco me recomendara Antonio Ortega, infatigable cronista de los asuntos cofrades. Desde La piel del tambor de Pérez Reverte no había ido a caer en la Semana Santa sevillana en plan ficción. Si es usted lo que se llama un “capillita”, si le pellizcan el corazón los cabildos, juntas de gobierno, chicotás, imagineros, mayordomos, costaleros… Está claro que este relato sobre la Semana Santa decimonónica vista por los ojos de una familia de Palma del Condado es, indiscutiblemente, su novela. También, por supuesto, si le gustan los libros bien escritos y con frases que, aunque teóricamente pronunciadas por sevillanos del XIX, algunos podrían considerar de rabiosa actualidad. Valga de ejemplo esta:

-¡La solución la tiene la República! ¡Abajo el general O´Donnell! ¡Exilio para los Borbones! ¡Que se vayan a Francia, que es de donde nunca debieron venir!

Prefiero no pronunciarme al respecto, pero a veces pienso que D. Juan Carlos debiera, quizá, haberse exiliado después de su abdicación. Un monarca que ya no reina, pero no se exilia, queda un poco como fuera de cacho. Además, si no se va al destierro, causa como mal efecto que se dedique a jugar al bacarrá en Montecarlo o empinar el regio codo con coristas, pues esa, la buena, la vida propia del Rey exiliado, ha de ceñirse a un catón establecido después de la I Guerra Mundial por los Príncipes rusos, rumanos, búlgaros, serbios… que dejaron de reinar en sus palacios para convertirse en Reyes de los cabarets. Yo creo, en fin, que no reinar, pero continuar viviendo en lo que fue el Reino de uno, ha de ser un coñazo, pero vamos… ¡Que cada cual –sea o no nazareno- sujete su vela!

Foto: José Luis Chaín

 

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