Cultura Transversal

Pitágoras, recuperado

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 6 abril, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Enterada por la prensa de la caza del hombre en que me hallaba embarcado, y temerosa de que mis maniobras de vigilancia y acecho, buscando bajo la lluvia al desalmado que me robó el libro sobre Pitágoras, pudieran conducirme a dar con él y hacerle pagar caro su osadía, Inka Martí –agradézcale el ladrón el indulto- ha tenido el gesto de enviarme un nuevo ejemplar. Con ello no sólo quizá me ha ahorrado muchos años de condena (ya que no las costas judiciales gallardonianas, felizmente derogadas hace poco para los particulares, que es lo que yo soy). Además, me ha proporcionado el placer de poder acabar la lectura del excelente ensayo de David Hernández de la Fuente y de la traducción a él debida de las vidas del sabio escritas, cuando el infame mundo moderno aún no había nacido, por neopitagóricos y otros cronistas de la Antigüedad tardía (reproducimos la alineación: Porfirio, Jámblico, Diógenes Laercio, Diodoro de Sicilia y Focio de Constantinopla)

Lo mismo que sobre el fin de la Gran Duquesa Anastasia, también sobre el de Pitágoras de Samos circulan varias versiones. Como recuerda Diodoro en su biografía, que debiera ser de lectura obligada en las escuelas, unos dicen que murió a causa del ayuno a que se sometió. Pero, según otros, fue quemado vivo en Crotona (Italia) junto a la mayoría de sus principales discípulos por un grupo de envidiosos. No me extrañaría, pues no otro que el de la envidia es el motor que mueve a Occidente. También se dice que en aquel trance logró huir, pero hubo de detenerse para no pisar un campo de habas, legumbres que tenía en gran respeto, y entonces sus perseguidores lograron dar alcance a aquel hombre maravilloso, hijo de Apolo y nacido con un muslo de oro que delataba su celeste origen.

Y puede ser cierto, pues ¡todavía a principios del siglo XVII el hermetista Michael Maïer ponía en boca del Rey Salomón que Pitágoras “denominó huevo filosófico al haba egipcia”, por creer que en ella residía el alma inmortal, así como que, antes de perecer, dijo: “¡Más vale morir que estropear las habas!”.

Pitágoras, inquilino –como lo fue Elías- del Monte Carmelo, considerado por los fenicios la cumbre más sagrada del mundo… Pitágoras, aquel avatar a quien los ríos llamaban por su nombre, es puesto en su sitio por Hernández de la Fuente, quien a la vez –era inevitable- baja de sus pedestales de cartón piedra a las lumbreras académicas que quisieron reducir su figura a la de un ratoncillo de biblioteca como ellos, gente que osa orinar mirando al Sol o, incluso, sobre los restos de sus propias uñas y cabellos. ¿Quiénes son ellos –la diatriba es nuestra, no del prudente y educado Hernández de la Fuente- para opinar sobre Epiménides, que durmiera cincuenta años de un tirón en una gruta consagrada a Zeus, o sobre Orfeo? ¿A qué Eurídice han bajado a rescatar al Hades? Que se callen ya, por favor.

Además, como –por otra parte- sería de extrañar que no ocurriera en una obra publicada por Atalanta, Hernández de la Fuente se ocupa en Vidas de Pitágoras de espolear nuestra nostalgia de lo no vivido, nuestra fascinación por un mundo extinto, acupunturado por cavernas en las que, mediante la incubación de sueños, los ensalmos o la música, hierofantes y duendes ctónicos o acuáticos ponían al ser humano en comunicación con los dioses. Un gran tipo debió ser, sin duda, Ferécides de Siro, uno de los maestros de Pitágoras y primer griego –aunque siempre, en todo, hubo alguien antes del primero- que aprendió en Egipto la doctrina de la inmortalidad del alma.

Hemos juzgado de lo más pertinente las precisiones del estudioso acerca del carácter mántico y mágico de las matemáticas y la cosmología pitagóricas, fundamentalmente porque, como en otras ocasiones hemos subrayado, antes del adviento de la Modernidad, y al contrario de lo que se pontifica, la química no era más que una subsección de la Alquimia, como la astronomía un desván atestado de escobas de la Astrología o la medicina una asignatura más del sacerdocio… y no al revés. La elevación al rango de Ciencia con mayúscula de las enseñanzas más groseras y simples de cuantas antaño la conformaron, el tomar la parte por el todo… es estropicio única y absolutamente occidental, aparte de algo muy reciente, cosa de pocos siglos acá.

También revisten gran interés, nos parece, sus apuntes sobre cómo el pitagorismo –que, aparentemente, habría quedado muy tocado del ala y reducido a veces a la marginalidad después de que el atentado de Crotona dejara limitada a la mínima expresión a la hermandad iniciática- aprovechó la corriente de simpatía y devoción levantada por el monacato cristiano primigenio –con tantos puntos de contacto con el régimen de vida pitagórico- para presentar y reivindicar al gran iniciado de Samos como un hijo de Dios “pagano” quizá no alternativo, pero sí equiparable a Cristo. Buen ejemplo de estos intercambios y ósmosis lo constituye la Vida de Apolonio de Tiana de Filóstrato.

En fin: que el episodio relatado en mi artículo de hace tres semanas ha conocido un final feliz y puedo ya no sólo relajarme y bajar la guardia, sino escribir con pleno conocimiento de causa sobre esta excelente obra, a la que deseo una dichosa paternidad –es decir, muchas ediciones- y el venturoso, productivo y largo camino que por sus valías merece.

Foto: José Luis Chaín

 

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