Cultura Transversal

Misa negra en París

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 12 abril, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Mientras leía en la prensa las noticias sobre el hallazgo de los huesos de Cervantes -que si eran, que si no- y arqueaba las cejas a propósito de las cavilaciones acerca de si habría que organizársele un funeral de Estado, que me sonaron así de primeras un poco excéntricas, pues digo yo que, como católico que era, ya se lo harían -aunque en plan normal- cuando se murió… En eso andaba, decía, cuando reparé en que muchas veces había yo tomado café y comido más o menos encima de los insignes restos, al haber sido años atrás cliente asiduo tanto de la pizzería de la calle León esquina con Cervantes como de la pensión –asimismo muy cervantina- cuyos balcones se abren sobre ella.

La cosa es que cuando lo de Cervantes –que en paz descanse- andaba yo también con tema de osarios, porque, aunque esté escribiendo estas líneas ahora, hará ya cosa de un par de meses que Siruela publicó Misa negra, la segunda investigación del Señor de Volnay, Comisario de las Muertes Extrañas en el París de los días de Luis XV, que arranca con el descubrimiento del cadáver de una niña, abandonado con prisas en un cementerio, sobre una lápida, por los adeptos de una cofradía satánica sorprendidos en plena faena.

La acción de la novela transcurre en 1759, treinta años antes del estallido de la revolución. París acogía entonces unos seiscientos mil habitantes, lo que hoy consideramos poco más que un pueblo, pero entonces era la leche. Y todo sucede en calles neblinosas, pobladas por una fauna humana adicta a las caras y escotes empolvados, las pelucas, los lunares postizos, las máscaras de carnaval, los grimorios, las influencias planetarias, los amuletos y talismanes, las cartas astrales (elaborar la del Rey era castigado con la pena de muerte), los augures, las pócimas para retener la belleza y alargar la vida (o acortarla, como en el caso de la llamada polvo de sucesión, destinada a que la gente tomara posesión de las herencias un poco antes de lo previsto por la Naturaleza)… Una sociedad, en el fondo, no tan diferente de la occidental actual, pues no sólo esta es hija –por desgracia- de la Revolución Francesa, sino que los enciclopedistas guillotinadores no hicieron sino engordar el catálogo ya existente de supersticiones con muchas otras, a cual más perversa.

El personaje más interesante de la novela de Olivier Barde-Cabuçon es, como en la anterior, ese monje de oscuro pasado, padre del Comisario, a quien engendrara antes de tomar los hábitos y de librarse por los pelos de un proceso por hechicería. Quiere el autor, a veces, hacérnoslo pasar por una especie de precursor dieciochesco del ateísmo y el feminismo, pero ni de coña. El monje es, claramente, uno de los últimos neopitagóricos pasados por el paracelsismo que aún sobrevivían en aquellos tiempos en los que lo más malsano del alma humana empezaba a adueñarse de las calles y a escalar, con ayuda de dentro, los muros del poder. Quien, como el monje, sabe de magia, mujeres y espadas, ni por asomo puede engrosar turbamultas de la laya de las antedichas. Pero claro, a veces pasa que, para poder publicar la novela, hay que incluir en ella guiños en esa onda. ¡Considérese comprendido y perdonado el autor de esta!

Entre otras cosas, porque Misa negra es una de esas novelas que ignoro si atesorarán una suerte de efecto placebo o habrá algo más, pero, desde luego, reconcilian con la lectura a cualquiera que pueda sentirse -por la razón que sea- temporalmente de uñas con ella, pues novelas las podrá haber más largas o más cortas o más lo que sea que esta, pero más entretenidas… ¡difícil! Aparte de que el espectro de la niña se ocupa -apareciéndose por la calle y en los sueños- de que nadie baje la guardia, las novelas de Barde-Cabuçon conforman un no sé si científico, pero desde luego que creíble y fascinante mosaico de la vida y costumbres de la época en que transcurren.

Quédense, por ejemplo, con esta receta: ojos de ternero rellenos de trufa y, luego, gratinados. ¿Seguirá este plato formando parte de la gastronomía parisina? Lo ignoro. Si es que sí, debe ser carísimo, porque suena a cenarse el original de un poema de Breton o un óleo de Dalí. Por fortuna, limitándonos a leerlo y tomar nota, no hemos de preocuparnos por la digestión.

Foto: José Luis Chaín

 

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