Cultura Transversal

El enigma etílico de Kim Philby

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 24 abril, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – A partir del momento en que su cobertura salta por los aires, la vida de los agentes secretos queda de natural aureolada por el halo de la leyenda, neblina que, por lógica, tiende a aumentar su espesor si, como fue el caso de Kim Philby, el individuo en cuestión asciende a la categoría de mito en el universo del espionaje. De ahí que cuanto es escrito y publicado por o sobre ellos sea previamente filtrado a través de varios tamices y resulte difícil discernir qué es verdad y qué no lo es. En eso reside, en parte, la gracia: en que nunca se nos cuenta todo.

El libro de Ben Macintyre Un espía entre amigos (Crítica) puede ser uno de los que más se acerquen a la verdad de cuantos se han ocupado de la historia de Philby.

Frente a relatos anteriores, presenta la originalidad de colocar las piezas sobre el tablero a partir de su estudio a fondo del personaje de Nicholas Elliott, otro alto cargo del MI6, hombre profundamente unido a Philby por lazos de amistad y trabajo, que fue quien con más ahínco defendió su inocencia y, a la postre, el encargado de poner en la célebre reunión de Beirut las cartas sobre la mesa y, con ellas, fin a su carrera como espía y traidor.

No sé si por eso de los tamices, pero hay cosas que uno no comprende bien. Por ejemplo, que un alcohólico como Philby, que en sus últimos años como agente perdía los papeles y montaba escenas delirantes casi por sistema en cualquier lugar público donde fuera servida una copa, pudiera ejercer durante tantísimo tiempo y con tamaño éxito como superespía. Más aún cuando el entorno no precisamente ayudaba, pues su mujer era también titular de un abono de barrera en eso de la botella. En cuanto a su anterior consorte… una pieza. Además de ser igualmente alcohólica, le fue diagnosticado un raro trastorno mental: no sólo mostraba propensión a autolesionarse, sino también a prender fuego a la casa y –agárrense- a inyectarse orina. Por fortuna, no le dio por poner en práctica su afición pirómana cuando, sometido Philby a cuarentena por el MI6, la economía familiar se derrumbó y hubo de colocarse como cocinera.

Después de una bronca, Philby fue obligado por ella a pernoctar, durante bastante tiempo, en una tienda de campaña plantada en el jardín. No se entiende, en suma, cómo un tío puede vivir en esas condiciones y pasarse el día ciego, a veces desde por la mañana temprano, y, a la vez, pasar rutinariamente informes ultrasecretos a la URSS sin que nadie le pille ni los nervios le delaten. Por cierto que dos de sus cómplices, Burgess y Maclean, que le precedieron en la fuga a Moscú, también eran protagonistas habituales de episodios de furor etílico. La cosa tal vez se explique en parte porque, a tenor de Macintyre, más o menos toda la cúpula del espionaje británico estaba integrada por amiguetes de toda la vida, unidos por una férrea solidaridad de clase y –como él- bebedores compulsivos. En cuanto al otro lado del Telón, pues ya sabemos del culto al vodka profesado por los rusos. En fin, que el libro, por muy verosímil que resulte y sea, sigue cobijando puntos oscuros y acusando bastantes pasadas por el tamiz (que es una de las cosas bonitas en un libro sobre dobles y triples agentes).

Un espía entre amigos, que despliega un amenísimo mosaico –con escenas muy bien seleccionadas- del Estambul, el Berlín o el Beirut de los días de la II Guerra Mundial y la primera mitad de la Guerra Fría, es tal vez el mejor escrito y el más profundo y detallado de cuantos libros conocemos dedicados al personaje: mucho más preciso, sin duda, que el de Yuri Modin (Mis camaradas de Cambridge), con el que, no obstante, será útil cotejarlo al espiólogo. Desde luego, no hay duda de que es el que más ahonda en la personalidad de Philby, un hombre que pasó su vida entera mintiendo y traicionando a su familia, amigos y compañeros sin, aparentemente, sentir el menor remordimiento por los destrozos sentimentales y los centenares de muertos que le son atribuibles. No deja de resultar significativo que el brutal ideal colectivista que fue el comunismo se convirtiera, en su persona, en la más feroz y acabada encarnación del individualismo mefistofélico.

En realidad, es algo típico de la gente que ocupa su vida en servir como chapero a destajo a una ideología. Hace poco escuchamos la respuesta dada por un político español recién llegado, pero ya muy conocido, cuando le preguntaron si su liderazgo y entrega al partido habían sido los desencadenantes de la ruptura con su novia, también enferma de ideologitis y profesional de la misma. “Los dos sabíamos dónde nos metíamos”, dijo. En fin, que si las personas dedicadas al incubato o sucubato de las ideologías prescinden con frialdad y aplomo semejantes de parientes, amores y amigos, imaginen el ridículo coste ético que les supondrá tacharnos de su lista de compromisos o, sencillamente, prescindir de nosotros -desconocidos de a pie- a la primera contrariedad. Les servimos para eso, para estar “entre amigos” mientras vacían botella tras botella de ignominia en su exclusiva orgía de ego, presidida por la erótica del secretismo. Somos carne de cañón para su vicio. Y es que el político está encoñado con la ideología y el soborno, como Philby estuvo –la expresión es de Macintyre- “enganchado al espionaje”.

Adictos, en fin, a la falsedad. A engañar y a autoengañarse. Hay muchos así, por desdicha. Lo que no abundan son libros tan certeros como este a la hora de retratarlos y de recrear sus vidas.

Foto: José Luis Chaín

 

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