Cultura Transversal

El arte de morir

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones, Sabiduría Universal by paginatransversal on 30 abril, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Sobre todo durante las décadas de 1960 y 1970, proliferó la explotación editorial de libros que recogían y clasificaban ejemplos de las llamadas Experiencias Próximas a la Muerte y, también, los relatos de personas que, tras haber pasado un tiempo con las constantes vitales detenidas, “regresaron” y pudieron contar cómo habían atravesado o sido invitados a franquear un túnel radiante de luz donde, sumidos en un estado de inefable tranquilidad, se habrían reencontrado con sus consanguíneos sepultados y llorados tiempo atrás. Ancestros y amigos muertos, cierto es, a menudo visitan a los moribundos poco antes de fallecer estos. A veces, su presencia es percibida no sólo por ellos, sino por enfermeros y parientes… De ahí que ese flujo bibliográfico, paralelo al de los transeúntes por pretendidas escaleras de Jacob, no haya cesado. Uno de estos títulos de referencia –El arte de morir, de Peter y Elizabeth Fenwick, cuya primera edición en inglés data sólo de 2008- ha sido publicado ahora en español por Atalanta.

Al menos en Occidente, donde en los círculos científicos incomoda hablar de estas cosas, donde domina una atmósfera social hondamente desacralizada, las creencias religiosas firmes no abundan y Spielberg ha reemplazado al teólogo en el imaginario “espiritual” del ciudadano medio, las experiencias de tal orden responden, por lo común, al antedicho patrón. Sin embargo, parece ser que las visiones presentan rasgos marcadamente religiosos cuando el objeto de estudio lo integran los testimonios de pacientes del Tercer Mundo –hindúes, por ejemplo- o, simplemente, practicantes devotos de una religión.

De hecho, ya René Guénon señaló a la civilización occidental moderna –y por extensión a su apéndice, el mundo globalizado- como una anomalía cultural e histórica. Sin recurrir a palabras tan rotundas, es más o menos lo que hacen los Fenwick al subrayar cómo “es tan universal la idea de que existe algo después de la muerte, que la reduccionista cultura científica occidental se halla prácticamente sola en su inamovible posición respecto al carácter definitivo de la muerte”. Añadiríamos nosotros que, precisamente ese aislamiento epistemológico en que viven los occidentales en lo que a la concepción de la muerte se refiere, invitaría –creemos- a apreciar las experiencias vividas por ellos en el citado túnel como trances más de índole psíquica que puramente espiritual.

Justamente contra esa “certeza” de que el paso al Más Allá sea siempre e indiscriminadamente tan “bonito” y, sobre todo, tan light, manifestó en su momento su extrañeza el sacerdote ortodoxo norteamericano Seraphim Rose, en un libro polémico que yo leí en unas raras vacaciones en Ayamonte (The Soul After the Death). Se preguntaba el Padre Rose por lo llamativo de que, por ejemplo, nadie pareciera haberse visto o sentido como nominado a ocupar una plaza en el infierno o el purgatorio. ¿No hay filtro? ¿El mismo destino post mortem aguarda a quien fue noble que al envidioso, a quien dio de comer al hambriento que al corroído por la avaricia? Rose recordó la enseñanza tradicional cristiana –común, por lo demás, a todas las grandes religiones- relativa a la expiación de culpas previa a la obtención del descanso eterno, etapa que en estos relatos brilla notoriamente por su ausencia, pues no puede negarse que en las visiones en cuestión nadie parece ir ni siquiera al Cielo: lo del túnel de luz -la comparación es nuestra- se parece más, la verdad, al camino hacia los aseos de una discoteca para abstemios y no fumadores.

Por otra parte, ¿no se antoja un tanto gratuito y precipitado asumir o entender como un estado definitivo algo que sólo ha sido entrevisto en unas vivencias de pocos minutos, en las que, a todas luces, la prudencia aconsejaría pensar como una simple línea fronteriza o de transición? ¿No se está, como mínimo, confundiendo la casa con el porche? Cierto que Rose se ceñía de modo demasiado envarado a las doctrinas más o menos oficiales de la Ortodoxia rusa y que, frente a esos pasadizos luminosos donde te aguardan los abuelitos para hacerte mimos, oponía la visión no menos demasiado literalista de una especie de aduanas en las que equipos de ángeles y demonios interrogadores se esmeran en su cometido de pegarte la del pulpo apenas detectan un fallo en tus respuestas.

Pero ello no resta valor a sus reflexiones sobre la vinculación con creencias y círculos ocultistas de Raymond Moody y bastantes otros investigadores del fenómeno, como era el caso –ignoramos si es también el de los Fenwick- de la doctora Köbler-Ross (espiritista que se decía investida de una “misión” por sus “espíritus guías”). Y, la verdad, no me parece descartable que el propósito de eliminar la creencia en un juicio post mortem del alma se encuentre, de algún modo, en el origen de la proliferación de ese tipo de experiencias relacionadas con un supuesto paso del alma hacia una “luz” de carácter aséptico y neutro, percibida en el marco de una sentimentalidad standard y, sobre todo, con rasgos extraordinariamente mundanos y terrenales, muy en la línea argumental de las clásicas “homilías” de los médiums y espiritistas victorianos. Es decir, no descarto que ese túnel iluminado no sea sino un cepo, una trampa tendida por los ángeles caídos para atraer más fácilmente hacia sus garras a las almas que dejan atrás sus formas corpóreas.

En mi opinión, entre las recopiladas por los Fenwick, las más interesantes -por el carácter de heraldos, informadores y guías que caracterizaría a quienes en ellas comparecen- son las apariciones percibidas poco antes del deceso. En rigor, referirse a ellas es algo absolutamente normal en la vida de las familias de educación mínimamente tradicional (que, por estos pagos, sospecho que ya somos pocas). Las otras, las visiones referentes a la presunta “naturaleza” del mundo que aguardaría a los fallecidos al cruzar a la Otra Orilla, me parece –por las razones expuestas- materia bastante más evanescente. De cualquier modo, el libro de Peter y Elizabeth Fenwick presenta un relevante número de casos, los autores en ningún momento se esfuerzan por reclutar fans para el Más Allá y el lector puede formarse su propia opinión al respecto (ejercicio al que, por supuesto, le invitamos).

Foto: José Luis Chaín

 

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