Cultura Transversal

La tierra de Jules Verne

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 6 mayo, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Las elaboradas por el PhotoShop a partir del cuerpo desnudo de la mujer no son las únicas orografías de ficción que ejercen una poderosa influencia sobre nuestro imaginario. Más ascendiente del que se cree siguen teniendo las geografías literarias. Algunas, como la Región de Juan Benet o el Macondo de García Márquez, son cien por cien fruto de la inventiva, pues quien las describe nunca ha pisado esos pagos, pero resultan verosímiles. Otras, han sido sacadas íntegramente del magín o chistera del escritor, pero existen… a su modo: por ejemplo, el otro día, Carlos Aguilar fue a buscar –y encontró- la falsa estación de ferrocarril donde es linchado el hermano de Charles Bronson en Hasta que llegó su hora, de Sergio Leone. ¡Allí estaba!

Otras, como la Narnia de C. S. Lewis o la Tierra Media de Tolkien, son más reflejo de lo que Corbin llamaba el mundus imaginalis que efecto de la imaginación entendida en su sentido novelesco. Son geografías, la verdad, tan especiales que sus más sutiles rasgos las hermanan con un ensalmo védico, un quejío por soleá de Juan Talega, un oráculo de Merlín o un muletazo de Curro Romero antes que con los Montes Apalaches o el Lago Baikal. A unas y otras se refiere Eduardo Martínez de Pisón en La tierra de Jules Verne (Fórcola), donde escudriña las fuentes en que el padre del Capitán Nemo y Phileas Fogg se basó a la hora de componer los escenarios de sus relatos de aventuras, que, en palabras de Paumier, vendrían a configurar “la descripción novelada del planeta entero”.

En efecto, Verne escribió –hijo de su tiempo- en una época en que las hazañas de los exploradores de los Polos y del África ignota eran seguidas con extraordinario interés, y rara es la novela suya que no dé comienzo con el despliegue y examen de un mapa. Y ese mundo suyo, paralelo al real e integrado por personajes de ficción, no sólo está salpicado de referencias a aquellos científicos hambrientos de aventura, así como a muchos geógrafos prestigiosos, sino que su trazado transpira propósitos claramente didácticos: las aventuras corridas por sus héroes integran, a menudo, todo un cursillo acerca de cómo, partiendo casi de cero, reproducir a pequeña escala –en una isla, por ejemplo- el proceso civilizador, tal y como este era –y es- entendido desde la perspectiva del hombre blanco decimonónico. De ahí su especial interés por, entre otras figuras, la del náufrago, cuyo canon apuntalara Defoe.

Esos relatos de Verne sobre náufragos son de interés general, pues todos lo somos en una u otra medida: aparte de que no sea estrictamente necesario que la debacle tenga lugar en el océano (en alguna novela de Verne, el náufrago va a parar a la Luna), no hay día en que no naufraguemos todos en tan inhóspitos territorios como el amor, la lotería, el dinero, el éxito profesional, el bingo… Así que leer a Verne resulta de lo más aconsejable. Más aún, si es cierta la sugerencia de Martínez de Pisón en el sentido de que la geografía física, la de verdad, termina pareciéndose a como la prefiguraron en su fantasía los literatos (aquello, sí, de que la Naturaleza imita al Arte). ¿Quién sabe? Tal vez los gallegos de verdad, y no sólo los de ficción, recuerden aún cómo el Capitán Nemo, antes de poner rumbo hacia las ruinas submarinas de la Atlántida, practicó la piratería en la Ría de Vigo.

Una de las novelas en que mejor transparece ese amor de Verne por la geografía es César Cascabel, también en el catálogo de Fórcola, donde una familia circense especializada en volatinerías recorre la distancia que separa Sacramento de París por una ruta en verdad enrevesada: por el norte hasta alcanzar Alaska, que acaba de pasar de manos rusas a soberanía estadounidense, para seguir por Siberia, los Urales… Y, por supuesto, enfrentándose a osos grizzly, bandoleros, riadas, glaciares y hasta a tan exótico ataque como el de un ejército de focas. En fin, que quien en ruta hacia la capital francesa no aprende geografía y, de paso, como los Cascabel, cosas como que “la garza es un manjar muy estimado por los indios, sobre todo cuando no tienen otra cosa que llevarse a la boca”, es porque, sencillamente, no quiere.

En modo alguno es casual esa omnipresencia de la geografía en la obra de Verne. Como queda de manifiesto en este ensayo, el escritor fue activo miembro de la Sociedad Geográfica de París (dos tomos de su boletín reposan, junto a un huevo de pingüino, en la biblioteca del Nautilus). Muy familiarizado, además, con atlas tanto antiguos como de su época, era lector fijo de Revue des deux Mondes, así como de tratados de geógrafos y naturalistas. De ahí que el modo en que rellenaba los espacios entonces vacíos en los mapas se ajustara con razonable precisión a la realidad después “descubierta” por los topógrafos.

Es muy bonito –y diría que premonitorio del hoy- el homenaje que, de escritor a escritor, rindió Verne a Poe no sólo dedicándole La esfinge de los hielos, sino haciendo perecer a Nemo y su Nautilus en el Maelström, el torbellino de la costa noruega en el que Cunqueiro, de niño, creía “a pies juntillas” y que tan importante papel juega en varios relatos del autor de Narración de Arthur Gordon Pym. Su recordatorio por Martínez de Pisón ha acentuado, de hecho, nuestra sensación de vivir cada día más en un Maelström cuyo centro se hubiera difuminado o multiplicado hasta el infinito, y cuyas indoloras succiones nos educaran en la indiferencia y la pasividad ante la pestilencia del Mal reinante.

¿Lograremos salir del Maelström? El gran mensaje de Verne es el de que cualquier obstáculo puede ser vencido. Así que… puede que sí.

Foto: José Luis Chaín


 

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