Cultura Transversal

Sociedades secretas españolas del siglo XIX

Posted in Autores, Historia, Manuel Fernández Espinosa by paginatransversal on 20 mayo, 2015

SOCIEDADES SECRETASpor Manuel Fernández Espinosa – El siglo XIX fue terreno de operaciones de las más diversas sociedades secretas.

Podemos hablar de una sociedad secreta cuando estamos ante una organización que adopta el secretismo para preservar su existencia, operatividad y continuidad. Esta necesidad del secreto puede deberse a varios motivos:-Sus actividades son criminales, ilícitas o ilegales: las sociedades delictivas serían ejemplo de ello, la legendaria Garduña española o la Mafia italiana.-El carácter de sus presuntas enseñanzas choca con la ortodoxia religiosa o ideológica del ambiente que la circunda: así la masonería en su plano interior.

-Sus actividades son conspirativas y desestabilizadoras: cierta masonería del plano exterior, el carbonarismo italiano, la comunería española del siglo XIX.

Las sociedades secretas son tan antiguas como la sociedad humana, sin embargo la virulencia con la que actuaron las sociedades secretas durante el siglo XIX puede encontrar su antecedente en la literatura proto-romántica de la segunda mitad del siglo XVIII. Es la literatura alemana la que ofrece el primer surtido de novelas de “Geheimbund” (sociedad secreta). Para lanzar este género novelístico, la literatura alemana de finales del siglo XVIII contaba con algunos antecedentes en la literatura española: Cervantes con su Monipodio de “Rinconete y Cortadillo”, Quevedo con su “Isla de Monopantos” en “Los Sueños” o la “Garduña” de Alonso de Castillo Solórzano, valgan como ejemplos. Además de sus antecedentes en la literatura hispánica (muy influyente en los escritores alemanes de la época), en Alemania estaban recientes ciertos acontecimientos como los que llevaron a decretar la disolución de las sociedades secretas en Baviera, el 22 de junio de 1784, por parte del príncipe elector Karl Theodor de Baviera por considerarse a los illuminati como peligrosos conspiradores contra el orden establecido. La “Geheimbundroman” (novela de sociedad secreta) no nació, por lo tanto, de la imaginación, sino que contaba con antecedentes literarios (en España) y políticos (en Baviera).

Friedrich Schiller (1759-1805), tan interesado en el reinado de Felipe II (aunque fuese para denostarlo), pasa por ser el precursor de este género novelístico con su novela “Der Geisterseher” (El visionario), del año 1789. Posteriormente, otros literatos teutónicos contribuirían a generar una serie de novelas entre las que podemos mencionar: la de Wilhelm Friedrich von Meyern (1759-1829): “Dya Na Sore, o El caminante” (1787-1791); Jean Paul (1763-1825), con “La Logia Invisible” (1793) o E.T.A. Hoffmann (1776-1822) que publicaría entre los años 1819 y 1821 la de “Los Hermanos de Serapion”. Ni siquiera un genio literario universal, como Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), quedaría al margen de esta moda literaria y así es como podemos encontrarnos la enigmática “Sociedad de la Torre” en su novela “Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister” (1795-1796). Algunos de los cultivadores alemanes de este género literario serían sospechosos de pertenecer a sociedades secretas; en el caso de Goethe la cosa va más allá de la sospecha, pues se sabe de su efectiva pertenencia a la francmasonería. Una vez propagado el romanticismo por toda Europa, una de las primeras literaturas en acusar el efecto de la “Geheimbundroman” sería la francesa, siendo notable en este género Charles Nodier (1780-1844) que en “Mademoiselle de Marsan” incluye a la “Tungend-Bund” (Liga de la Virtud), sociedad secreta de carácter político que fue fundada -según Stettiner- en Prusia el mes de abril de 1808.

El siglo XIX conoció muchísimas sociedades secretas, incontables. Era normal que en España surgieran con fuerza, habida cuenta del panorama político que nos deparó el siglo XIX. Además de la omnipresente francmasonería que tenía incluso en la familia real a sus infiltrados, se harían notar por su agresividad política la Sociedad de los Comuneros (cuyo distintivo morado sería más tarde adoptado como franja en la bandera tricolor de la II República Española) y la de los llamados “Anilleros” (constitucionales moderados), pero según algunos autores las sociedades secretas no serían monopolio del liberalismo y el progresismo decimonónico españoles; también la contra-revolución tuvo sus propias sociedades secretas.

Según Modesto Lafuente, en su “Historia general de España” (1883) en enero de 1821 fue aprehendida la llamada “Junta Apostólica”, cuya cabeza era un aventurero que se hacía llamar Barón de San Joani. No fue la única en el campo tradicionalista: se acusa a los realistas puros de haber creado la llamada “Ángel Exterminador”, además de tener otra llamada “La Concepción” que, según especialistas, se remontaría a siglos atrás (siglo XVI) y que se caracterizaba por su acérrima defensa del dogma de la Inmaculada Concepción. Todas estas sociedades secretas de carácter tradicionalista, monárquico y católico desembocaron en el carlismo cuando estalló el conflicto armado, pero como vemos por sus fechas son anteriores (1821) y ello no puede deberse sino a la organización de los sectores más hostiles a la Constitución de 1812 y al Trienio Liberal que no podían operar abiertamente o que, una vez restaurado Fernando VII en el trono, se encontraron desencantados con la política arbitraria del rey felón, llegando incluso a conspirar para arrebatarle el trono y sentar en él a su hermano Carlos María Isidro. Algunos incluyen entre estas sociedades secretas tradicionalistas a la llamada Sociedad Jovellanos, pero todo hace pensar que los “jovellanistas” no eran en modo alguno tradicionalistas puros, sino que pertenecían al sector conservador del liberalismo.

No obstante, es interesante percatarse de la antigüedad que tenía “La Concepción”: su existencia puede rastrearse entre los familiares del Santo Oficio de la Inquisición que se organizaron para reaccionar contra los continuos ataques y vejámenes que la Inmaculada Concepción sufría de parte de judeoconversos y herejes que actuaban con la más vil de las alevosías, colocando pasquines con nocturnidad en contra de los dogmas más sagrados de la España católica. Es más que probable que Francisco de Quevedo perteneciera a estos círculos como muestra su “Execración de los judíos” de 1633.

La existencia de sociedades secretas españolas de signo tradicionalista y católico no queda apurado en estas organizaciones mentadas, algunas de las cuales no está del todo clara su existencia. Por eso, Menéndez y Pelayo podía escribir: “Tengo por fábula risible la Sociedad del Ángel Exterminador, que se supone presidida por el obispo de Osma” (“Historia de los Heterodoxos Españoles”). Más duro se mostró en su juicio D. Vicente de la Fuente cuando escribió: “La sociedad del Ángel Exterminador es una pura patraña inventada por la francmasonería” (Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España, especialmente de la Franc-Masonería”, 1874)

No obstante, aunque es cierto que los que más contribuyeron a propalar la trunculenta leyenda del Ángel Exterminador (una especie de restauración de la Inquisición) fueron masones o próximos a la masonería (Van Halen, Gerald Brenan, etcétera), habría que descartar -por una parte- que el Ángel Exterminador fuese una especie de Santa Inquisición clandestina, montada tras la abolición oficial de la Inquisición: en los años en que se le imputan al Ángel Exterminador depuraciones y ejecuciones (como la del maestro librepensador Cayetano Ripoll) no hacía falta servirse de una sociedad secreta para relajar a los enemigos de la Iglesia, existían las llamadas Juntas de Fe que operaban con el placet del poder político y a plena luz del día. Sin embargo, no puede soslayarse la existencia de esta sociedad secreta del Ángel Exterminador si tenemos en cuenta que algunos de los personajes históricos a los que se atribuye el pertenecer a ella eran individuos que se movían en el mundo del hampa. Así, el baezano Francisco de Villena (apodado “Paco el Sastre”) o Mariano Balseiro, ambos asociados a la cuadrilla del bandolero Luis Candelas, pasan por ser sicarios del Ángel Exterminador. También Jaime Alfonso “El Bardudo”, bandolero absolutista, parece que fue comisionado por el Ángel Exterminador para eliminar individuos non gratos, como masones y liberales: pero las fuentes de estas noticias no son del todo concluyentes, en tanto que las encontramos en biografías noveladas como la de Antonio Espina: “Luis Candelas. El bandido de Madrid” (1928) o “Jaime Alfonso el Barbudo, el más valiente de los bandidos españoles”, escrita por Florencio Luis Parreño. Sin embargo, pensemos que no es descabellado suponer que algunos “encargos” que no podían cumplir legalmente las Juntas de Fe bien podían ser encomendados a tipos que se movían en los bajos fondos y que pudieron adoptar el nombre de Ángel Exterminador.

Además de estas sociedades secretas que someramente hemos revisado, podríamos apuntar que los archivos franceses de la primera mitad del siglo XIX también dan buena cuenta de las actividades a las que se dedicaban los carlistas desterrados en Francia; la policía francesa vigilaba y espiaba de cerca los movimientos de los carlistas y señalaban en sus documentos la existencia de una denominada “Congregation” (en la que concurrían legitimistas franceses y españoles) y que era la organización que se ocupaba de auxiliarles en sus fatigas de exilio y en mantenerlos en comunión.

Según espíritus cándidos, existe una contradicción entre el Magisterio de la Iglesia y la constitución de sociedades secretas de carácter católico, por lo que toda sociedad secreta católica es una contradicción en los términos: sea. Pero por esa regla, tendríamos que censurar a los primitivos cristianos por haberse constituido en una sociedad secreta en el seno del imperio romano; tuvieron que pasar a la clandestinidad, como de todos es sabido, debido a la persecución que sufrían por el poder político. Pensemos por un momento que la mayor parte de las veces, las sociedades secretas están obligadas a ser secretas debido al ambiente hostil en que se mueven.

Tampoco faltaron en España sociedades secretas católicas tradicionalistas, menos ocupadas en la intervención político-religiosa que en la contemplación y el estudio. Pero eso será tema para otra ocasión.

Fuente: Raigambre

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