Cultura Transversal

La quinta columna

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 24 mayo, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – “Me he casado”. “¿Qué te has casado? ¡No me digas! Y… ¿contra quién?” Un chascarrillo muy popular, sí. Ya escribió Quevedo aquello de que el amor es la “guerra civil de los nacidos” y esa, la de Eros, es -por fortuna- la única contienda fratricida que ha tocado vivir a los de mi edad, que desde niños escuchamos hablar a nuestros abuelos de lo que a izquierdas y derechas padecieron en la del 36. Para nosotros, gracias a Dios y salvo que se sea un acomplejado o un rencoroso que no pueda vivir sino de las peroratas de la política, aquello del 36 se reduce a eso, a remembranzas y anécdotas familiares y a motivo literario que, para nuestro deleite como lectores, algunas plumas han sabido recrear –o reinventar- con emoción y garbo.

Del género guerracivilista, a mí me gustan en especial -sobre todo, por la ausencia en ellos de moralinas y pedorretas ideológicas- los relatos de Chaves Nogales. También uno de Juan Eduardo Zúñiga (Puertas abiertas, puertas cerradas) y, desde hace poco, pues hace poco la he leído, una novela de Valentí Puig que ha sacado Pre-Textos: Barcelona cae. Con los libros de Pre-Textos me invade siempre una gratísima sensación visual y táctil, y en la solapa de este me entero de la que es, sin duda, una de las la razones de tal simpatía epidérmica: los libros de Pre-Textos, leo, han sido elaborados con papel procedente de “bosques bien gestionados y otras fuentes controladas”.

Además, Barcelona cae luce en portada un cuadro de mi amigo Quico Rivas que viene a ser una reproducción en abstracto de la checa instalada por los milicianos en el convento de la calle Mallvajor. Ello es ya indicativo de que, por muy suaves que sean las tapas y páginas del libro, los personajes que por él circulan son gente áspera, acerada, conturbada por un estado de excepción que les impele a fumarse cada día, liadas en un mataquintos, las miserias propias y ajenas.

La corta trama, evocadora del clima reinante en vísperas de la entrada de las tropas de Yagüe en la capital catalana, nos retrata una Barcelona que cada día amanece sembrada con los cadáveres de los “ajusticiados”, en la que, al ponerse el sol, las patrullas ciudadanas cargan sus fusiles para salir a la caza del sacerdote o saquear alguna casa, los automóviles son cambiados por sacos de lentejas y la honestidad de una madre puede comprarse por un bote de leche condensada. Como telón de fondo, hace el apaño la recolección con lupa de filatélico de los aullidos luctuosos lanzados, desde las aceras del otro mundo, por las almas de los recién asesinados o de los caídos la semana pasada en las trincheras.

Porque, no sé si en todas las guerras civiles, pero en la española floreció en proporciones pandémicas esa moda de la desesperada invocación de los “espíritus”. Puig describe magníficamente una seànce en la línea de esa a la que asiste Ray Milland en El ministerio del miedo. Mas posiblemente la gran velada espiritista de su libro sea la reconstrucción de la última sesión de las Cortes republicanas, celebrada –con Negrín como médium- en las caballerizas del castillo de Figueras mientras los diputados aprovechaban para cambiar por postrera vez el agua al canario en suelo español y, a pocos metros, en las cunetas de la carretera, los milicianos en retirada hacia Francia perpetraban sus últimas matanzas de propina.

Uno de los personajes clave en la novela es Palmira, mujer cuya entrepierna “sabía a turrón de Jijona y buñuelos con miel” y que tiene un hermano desaparecido en las mazmorras regentadas por los partidos políticos. ¿Dónde, a quién acudir? Pues a unos billares cuyos asiduos, agentes del Servicio de Información Militar republicano, llevan ya tiempo dedicados al estraperlo de medicinas y la acumulación de botín y que apuestan allí, sobre la mesa de juego, el producto de la rapiña del día, pero también, por si acaso, están hundidos hasta el cuello en el negocio de pasar fugitivos al otro lado y –unos por ser trotskistas y odiar a Stalin, otros por importarles bien poco quién gane- en el trabajo secreto como quintacolumnistas.

En Barcelona cae hay intriga, aventura, mujeres ardientes y entrega carnal, tono artístico… Todo ello, al servicio del recordatorio de una gran verdad: lo fácilmente que las banderas morales y políticas se difuminan en cópulas nada ortodoxas cada vez que el dinero, el hambre y el miedo se hacen dueños de la plaza cuya caída se presiente. En trances así, pocos se paran a pensar en que no es miel todo lo que a miel sabe. Porque la buena miel de la mala sólo la distinguen sin error posible los osos, pero no los hombres, únicos animales que tropezamos dos veces en la misma colmena. Por eso los humanos andamos tanto a tiros y pedradas entre los panales, las más de las veces sin venir a cuento. Y eso, aunque el úrsido sea emblema heráldico de Madrid, también vale –quiérase o no, y en esta novela se ve- para Barcelona.

¿Allí, por cierto, pasa lo mismo que en Madrid? Lo pregunto porque estoy tratando de terminar este artículo en un bar. ¿Queda en Barcelona alguno donde no tengan puestas a todas horas –y a la vez- la tele y la música “ambiente”? ¿Allí tampoco? Lo sospechaba. No sé a qué quinta columna habrá que alistarse para acabar con esta plaga acústica, pero… Que cuenten conmigo.

Foto: José Luis Chaín

 

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