Cultura Transversal

Mi hada y las de los cuentos

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 30 mayo, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Para ponerse uno un poco al tanto sobre el mundo de las hadas y demás criaturas elementales, es preciso leer a Paracelso, pero también rastrear las huellas dejadas por ellas en el folklore siglos antes de inspirar, ya en el XIX, obras literarias como las de George MacDonald (cuyo Fantastes, lanzado por Atalanta, comentábamos hace no mucho). El autor del Libro de las ninfas, silfos, pigmeos, salamandras y otros espíritus elementales no llegó, claro, a leer a MacDonald, pero fue, como Trithemius o Agrippa, eslabón de una cadena cuya continuidad se alimentó preferentemente no sólo de las enseñanzas suministradas de maestro a discípulo, sino también de las fuentes orales tradicionales, entre las que los cuentos celtas constituyen -en lo que a las hadas se refiere- uno de los manantiales más precisos y generosos.

Porque, si el chascarrillo popular ha convertido al cuento chino en sinónimo de trola o divertimento, por supuesto que sin que –pese a su uso generalizado- la RAE haya incluido en su diccionario los vocablos “engañoso” o “timador” como una acepción de “chino”, esa injusta mala fama no ha alcanzado al cuento celta, que sigue siendo mirado con una cierta solemnidad, esa que atañe a aquello que –por no servir de soporte a una ficción, sino a una tradición- opera como expresión oral de una verdad.

En este sentido, resultará muy aleccionador para el lector anhelante de visitar los mundos feéricos la lectura de los Cuentos celtas publicados por Miraguano. La recopilación de José J. Fuente del Pilar, basada en la realizada a mediados del XIX por Joseph Jacobs, se remonta ya a 1984, pero la obra ha sido felizmente reeditada e incluye, además, en la separata explicativa de las fuentes utilizadas, un auténtico hechizo: “Hombre o mujer, chico o chica que lea lo siguiente tres veces”, reza en el frontispicio junto a la figura de un duende, “dormirá durante cien años”. ¡Pocos editores ofrecen tanto por tan poco dinero! Claro que dudo que el embrujo continúe surtiendo efecto en caso de hacerse realidad y, después, exportarse más allá de las fronteras danesas esa satánica iniciativa de retirar de la circulación el dinero en efectivo, de modo que sólo pueda pagarse o cobrar mediante tarjeta bancaria. Así que ¡aprovechen para echar esa mágica siestecita ahora, que aún andan a tiempo!

En estos Cuentos celtas –a los que han sido incorporadas las ilustraciones dibujadas por David Nutt para la edición victoriana, algunas de las cuales diría yo que inspiraron a Harold Foster para su Príncipe Valiente– se aprecia cómo las hadas a menudo intervienen cerca de los reyes y sus herederos a fin de solucionar los problemas del Reino, y ello ya nos da una pista de por qué ver hadas resulta hoy muchísimo más raro y difícil que antaño, pues a nadie se le escapa que, en la actualidad, sólo entes demoníacos inspiran a los plebeyos participantes en el juego político o camuflados como príncipes. Otro motivo recurrente en las historias de hadas es el de la madrastra que mata, intenta matar o embruja a los hijos de quien la precedió en el lecho de su marido. Un cuento breve, pero muy ilustrativo sobre las característica esenciales atribuidas al mundo feérico es Elidore, buen ejemplo del tema del humano que vive a caballo entre su mundo y el de los duendes y donde nos es recordada la apreciación del Obispo de Saint David en el sentido de que los Hombres Pequeños o duendes hablarían en una lengua parecida a la griega. Y el que abre la selección, El destino de los hijos de Lir, es de una belleza decadentista que apabulla.

Por supuesto, el arquetipo de hada que yo quisiera por madrina es la artista de circo a que da vida Nastassja Kinski en Corazonada, de Coppola, y haber de aprender griego para poder entenderme con ella sería cualquier cosa menos un obstáculo. Tuvo la suerte de hacer aquel papel de la Laila caminante –descalza y con una bengala en cada mano- sobre un cable de alta tensión y que, junto con el de la mujer pantera, tornó su belleza en atemporal, en una cegadora estrella brillante en el cielo de “aquel tiempo que sólo recuerdan los poetas”, ese en el que transcurren y que nos evocan los cuentos de hadas. “No vendrá, no vendrá”, se repetía Frederic Forrest mientras la esperaba al pie del luminoso. Pero llegaba. Quizá por eso, cada vez que me posiciono bajo una ducha, trato de distinguir entre la cortina de acuosas saetas, en el corazón de alguna gota, el aleteo de sus alas de libélula.

Hasta ahora, no ha habido suerte. Y en caso de que algún día la haya, para mí quedará. ¡Uno es un caballero! Pero en la película, ya digo, Laila llegaba. Si se anda por Las Vegas y ojo avizor, ¿por qué no?

Foto: José Luis Chaín

 

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