Cultura Transversal

La carta danesa de Hitler

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín by paginatransversal on 11 junio, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Eva Braun murió sintiendo en el paladar el sabor a almendras amargas característico del cianuro, y Hitler se descerrajó un tiro. Luego, a pocos metros del búnker y en el cráter poco profundo abierto por el impacto de una bomba, los cadáveres de ambos fueron quemados con gasolina. Esta es la historia oficial, la foto fija de los hechos establecida a partir del informe en su día elaborado por el agente británico Hugh Trevor-Roper, al que es más o menos fiel el guión de El hundimiento. Sin embargo, como casi siempre cuando se persigue despachar con dos brochazos eventos cargados de gran trascendencia histórica y en los que están en juego muchas cosas, tal convicción no deja de tener un mucho de convención, es decir, de acuerdo de conveniencia pactado para zanjar y cerrar lo menos en falso posible una investigación con muchos flecos sueltos.

En ¿Murió Hitler en el búnker? (Temas de Hoy), Eric Frattini ha abordado la tarea de compilar todos los testimonios e indicios que hablarían en contra de esa versión canónica del fin del estadista nazi y que invitarían a un estimulante ejercicio mental de historia alternativa. El principal armazón del mismo sería el hecho de que cuando, finalmente, un equipo de científicos fue autorizado a estudiar las reliquias físicas de Hitler y Eva Braun, supuestamente conservadas durante décadas en la URSS, los resultados de sus pruebas indicaron que se trataba de restos espurios. Tan falsos, que incluso el pretendido fragmento del cráneo de Hitler habría pertenecido a una mujer.

Frattini expone muy bien la versión de los hechos dada por el KGB y cuya veracidad, a tan competente historiador como Ian Kershaw, se antoja bastante improbable. En rigor, esto no debería sorprender a nadie. Desde el mismísimo día de la toma del poder en Rusia por Lenin, la destrucción sin dejar rastro de sus más odiados enemigos constituyó siempre una prioridad para los comunistas, uno de cuyos principales proyectos de obras públicas fue el compulsivo cavado y posterior camuflaje de innumerables y enormes fosas comunes rebosantes de muertos anónimos.

Sencillamente, no existen razones de peso para creer que con los despojos de Hitler fueran a proceder de modo distinto a como lo hicieron en otros casos. Igual que nunca se ha vuelto a saber del cuerpo del general Kutyepov –líder de los rusos blancos en París, raptado por los soviéticos en 1930- ni se ha vuelto a saber del cuerpo de Andreu Nin –líder de los trotskistas españoles- desde que en 1937 “desapareció” durante su conducción a una cheka en Alcalá de Henares, tampoco ha vuelto a saberse del cuerpo de Hitler. Lo verdaderamente misterioso… ¡hubiera sido lo contrario!

Recuérdese si no a Nicolás II y su familia, cuyos restos permanecieron durante décadas en paradero desconocido. El análisis científico de los mismos, acometido casi un siglo después de su muerte, no pudo –se diga lo que se diga- arrojar resultados cien por cien exentos de duda porque, para empezar, no existía una cadena de custodia fiable que garantizara ni siquiera el lugar de procedencia de los huesos. Y no existía porque el objetivo de los bolcheviques jamás fue hacer un día pública la verdad histórica, sino obstaculizar su conocimiento, de modo que pudiera ser modificada a voluntad según sus intereses de cada momento. Con su juego de declaraciones contradictorias sobre el final de Hitler, Stalin y Zhukov no hicieron, en suma, sino marear la perdiz y extender la confusión siguiendo un modelo ya puesto en práctica en su día por Lenin y Chicherin a propósito del destino de los Romanov.

Ya desde 1945 fue frecuente la publicación por diarios de todo el mundo de artículos y notas de agencia informando de que Hitler había sido “visto” o “localizado” en Japón, Suecia, Argentina… Muchas de ellas, concienzudamente desempolvadas por Frattini, despiden el inequívoco tufillo de los departamentos de desinformación. Pero el autor no se limita a rescatar de los archivos aquellas bombas de humo o las historias de submarinos fantasma y de cazas del hombre emprendidas a lo largo y ancho del exilio nazi en Sudamérica, donde durante lustros y cada dos por tres eran “detectados” Bormann y Mengele –el propio Hitler habría estado refugiado en Colombia- y que en parte sirvieron para desviar la atención de los criminales allí ocultos –o no tan ocultos- mientras el Mossad procedía a la captura de Eichmann.

Frattini incluye también relatos menos conocidos y con más molla, como los apuntes biográficos que suministra sobre los hombres que trabajaron como “dobles” de Hitler (el cadáver de uno de los cuales fue hallado, al parecer, por los rusos en un tanque de agua al lado del búnker). O la del misterioso Junker 52 al que Hannah Reitch y otros testigos vieron el 28 de abril de 1945 estacionado en una pista de Berlín, supuestamente a espera de recibir y transportar a destino seguro a… ¿Hitler?

Pero el más jugoso es, sin duda, el del piloto SS Ernst Baumgart, que en 1947, mientras era juzgado en Varsovia por crímenes de guerra, declaró haber conducido aquel día hasta una localidad de Dinamarca a Hitler y Eva Braun, testimonio que fue corroborado a sus interrogadores estadounidenses por un teniente alemán que, herido, viajó en el mismo aparato.

¿Jugó, pues, Hitler a última hora una carta danesa? ¿Murió Hitler en el búnker, como se pregunta el investigador? Dudo que lleguemos a saberlo nunca. Pero, quien desee especular al respecto con conocimiento de causa, debe leer este libro de Frattini, así como el informe de Trevor-Roper, del que Alba Editorial ha publicado la edición definitiva.

Foto: José Luis Chaín

 

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