Cultura Transversal

Cuba. A ver si me entienden…

Posted in Autores, Cine, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 29 junio, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Una noche en que mi propósito era acercarme a Casa Patas a escuchar cantar a Miguel El Rubio, la lluvia me disuadió. Tras haberme puesto como un pollo, decidí que lo mejor era posponer veinticuatro horas el disfrute flamenco y quedarme en casa viendo, mientras me secaba, la película que había alquilado: Soy Cuba, una soviética dirigida en 1964 por Mikhail Kalatozov y con guión del vate Yevgeni Yevtushenko, que ha pasado a los anales de la URSS como auténtico peso pesado –diría yo que sin par- en el poético arte de dorar la píldora al poder. No tardé en arrepentirme de no haber echado más redaños frente al aguacero, porque la película no embistió: como era de prever en un intento rojo de imitar a Goddard, empezó a mansear apenas salió de chiqueros. Eso sí, en ella salen bastantes señoritas de encomiables caderas y escotes, porque en eso y en la música Cuba ha sido siempre –con Batista lo mismo que con Castro- una primera potencia.

Entonces, puede decirse que Soy Cuba es una rareza interesante, siempre sin olvidar que nos movemos entre los márgenes del cine coñazo… no exento en este caso, eso no, de un gusto estético, sobre todo por lo dicho, porque Cuba lo tiene y por esas mujeres tan guapas y en blanco y negro, en la onda de las fotografiadas en los años 50 por Korda, de quien hace poco hemos visto la exposición colgada en el Museo Cerralbo.

Siempre me han gustado la música, la cocina y el carácter de los cubanos, y tal vez por ello raramente me ha decepcionado al cien por cien nada -incluida la película de Kalatozov- que tuviera que ver con Cuba. Mismamente, hará treinta años que compré –y releo- Fidel Castro y la revolución cubana, de Carlos Alberto Montaner, porque no se puede diseccionar y sacar a la luz con más y mejor sentido del humor todas las mentiras y miserias de una revolución. Y claro, ahora he leído lo más reciente, lo de Fernando García del Río, que ha publicado Península en su colección de literatura de viajes junto a autores de tanto calado en el género como Thubron, Dalrymple o Chatwin.

La isla de los ingenios es un seguimiento pluma en mano de las expectativas consumistas, la situación política y la vida cotidiana en el feudo de Fidel entre 2007 y 2011, tiempo en que el autor anduvo por allá en funciones de corresponsal de La Vanguardia. No conforma una crónica tanto como costumbrista, porque, la verdad, debido a la casi total homogeneización y catetización que ha laminado las sociedades occidentales, insípidas a más no poder, los periodistas españoles apenas tienen ya vivencias que puedan llamarse así, costumbristas, pero, como Cuba rebosa costumbrismo para dar y tomar, por ahí –con las reservas señaladas- puede decirse que va la cosa.

A medida que se iba percatando de que la burocracia –corrupta hasta la médula- se alza como el principal obstáculo que atasca todas las reformas puestas en curso por Raúl Castro, incluso las sinceramente deseadas por él, García del Río veía, oía y tomaba nota. Después de entrevistar a una vieja gloria del tenis, salía a la calle y era testigo, por ejemplo, de cómo los diez integrantes de una manifestación pro derechos humanos totalmente pacífica eran apaleados, pateados en el suelo y detenidos por “civiles indignados” pertenecientes a la policía secreta. O, tras la muerte –luego de ochenta y cinco días de huelga de hambre- de un disidente, leía en Granma la cansina ignominia de que el fallecido era “un preso común que adoptó un perfil político cuando ya su biografía delictiva era extensa”. En fin, que el absurdo de que el permiso solicitado para comprar un microondas pueda tardar meses en ser concedido, por tratarse de un “lujo superfluo” (en un país donde la electricidad es gratuita)… es lo de menos.

Sí. Por la noche, la gente enciende la tele y ve Tras la huella, una especie de CSI a la cubana en la que los detectives luchan contra el “tráfico de balseros”. Muy bonita serie, seguro. Y apasionante, el delito. Pero qué vida más triste.

En fin, que prefiero La Negra Tomasa, en la calle de Espoz y Mina, donde la música y la carta son buenísimas y los mojitos saben y sientan riquísimo y nadie te adoctrina, ni te propina golpizas ni te llama compañero. Con la Tomasa, mi colección de sellos de cosmonautas y guerrilleros y Habana (la de Robert Redford y Lena Olin), no necesito la Cuba de verdad. ¡Demasiado ingenio para mí! Será porque no soy cubano, ya lo sé.

Pero lean lo de García del Río, que lo cuenta muy bien, y creo que me entenderán.

Foto: José Luis Chaín

 

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