Cultura Transversal

Los chinos no vienen de Japón

Posted in Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 5 julio, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – El otro día, leí El expreso de Tokio (Libros del Asteroide), una de japoneses de Seicho Matsumato, póngase que un Marcial Lafuente Estefanía que hubiera nacido en Japón y fundado la novela policíaca nipona, como pusiera la primera piedra de la española de vaqueros. La verdad -porque con mentiras no se llega a ningún sitio al que merezca la pena ir- es que yo, de Japón, como que sé poco. Que allí gusta mucho el flamenco. Que es de buena educación, al entrar en una casa, dejar los zapatos en el vestíbulo y acomodarse sobre un tatami, casi siempre tras una puerta corrediza de papel. Que la mafia autóctona es la Yakuza, título de una película de Robert Mitchum. Que los japoneses atacaron Pearl Harbour a la voz de la contraseña “¡Tora! ¡Tora! ¡Tora!” y con el gran actor Toshiro Mifune a la cabeza de la escuadrilla… Y ahora, pues que pocos detectives habrá en la historia de la literatura negra tan meticulosos en la perseverante recopilación de datos como el subinspector Mihara protagonista de esta novela, cuya moraleja podría resumirse en que la lectura con demasiada atención y frecuencia de los horarios de avión y tren puede inspirar muy, pero que muy malas ideas.

También sabía, porque Ramón Gómez de la Serna lo afirmó y dejó claro hace mucho en uno de sus libros, que los japoneses vienen de Japón. Por eso, cuando abrí El asesinato del magistrado, de Robert van Gulik, publicado por un sello –Quaterni- poco menos que especializado en autores y temáticas japonesas, me di cuenta de inmediato de que los personajes no eran eso, japoneses, sino chinos. Claro que eso no sólo yo, sino cualquier otro lector de Ramón lo hubiera notado. Desde que él subrayara el detalle de que los japoneses vienen de Japón, el asunto quedó zanjado.

En El asesinato del magistrado, van Gulik –muchos años diplomático holandés en Extremo Oriente- da forma –para, como siempre se dice, tornarla accesible al lector occidental- a una de las aventuras de un héroe de la literatura popular china, introduciéndonos en una retorcida intriga criminal ambientada en un mundo regido por los principios del confucianismo. Un magistrado de provincias ha de resolver el asesinato de su predecesor en el cargo con la ayuda de dos ex bandoleros reclutados por el camino. En el curso de su investigación, se topará con fantasmas residentes en el juzgado y en el Templo de la Nube Blanca, desenvainará la famosa espada Dragón de Lluvia –forjada por el armero Tresdedos– y, mientras se cruza con hombres-tigre, poetas borrachines y burdeles bien surtidos de coreanas, descubrirá que, igual que no existe castillo sin piedra mal colocada, también en algunos puentes colgantes puede haber una tabla desencajada, adrede, para ceder al paso del caminante.

De la lectura de El expreso de Tokyo, salimos aleccionados sobre los nada recomendables usos que puede darse a un horario de vuelos. Con El asesinato del magistrado, además de aprender cosas tan útiles como la conveniencia de atarnos a la espalda los dos extremos de la barba antes de aprestarnos a librar un combate con arma blanca, lo socorridas que resultan las mangas anchas de la túnica para ocultar dagas, abanicos, misivas y la bolsa de los dineros y lo bonitos que son los muebles tallados en madera de palisandro, nos queda la enseñanza de que eso de “engañar como a un chino” es, al menos, en el caso del juez Di, un dicho sin fundamento. Pese a ser chino y, por tanto, no venir de Japón, al juez Di no resulta nada sencillo dársela con queso.

Tampoco al subinspector Mihara, por supuesto. Al final, siempre se atrapa a un mentiroso antes que a un cojo. Y si no lo creen, estudien a fondo una guía de ferrocarriles. Después, me lo cuentan.

Foto: José Luis Chaín

 

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