Cultura Transversal

Vuelve Henry Miller

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 17 julio, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – La sombría perspectiva de haber de afrontar una guerra atómica y la decepción ante el contraste entre el optimismo americano y la vaciedad artística y espiritual característica de la sociedad estadounidense son dos de los temas en torno a los que giran algunos de los ensayos salidos entre -más o menos- 1932 y 1962 de la pluma de Henry Miller, quien oponía la tradición y el talante artístico del Viejo Continente a esa banalidad congénita que, con desazón, atribuía a sus compatriotas. Dudo que hoy, ante una Europa que ha superado con creces en “americanismo” a los americanos, pudiera hacerlo, pues esa “forma americana de ver las cosas”, lejos de encontrarse -como a él entonces le parecía constatar- muerta y acabada, está en realidad, décadas al cabo, más extendida que nunca. No sé qué sentimientos de respeto podría haber inspirado a Miller, por ejemplo, una España donde el culto a la telebasura, propulsor del friquismo y la mediocridad en estado de euforia, ha terminado por traducirse en una ruidosa decantación ciudadana en las urnas hacia la versión pseudopolítica de esas mismas inclinaciones a caballo entre lo satánico y lo grotesco. O una Noruega donde se pretende que los niños, a los siete años, puedan elegir a qué sexo “pertenecer”…

En realidad, cuando empuñó la pluma para escribir estas reflexiones, el mejunje obtenido de la mezcla en una misma olla de tan indigestos ingredientes como la divinización de la banca, la prostitución de los medios de comunicación, la confusión de la posesión demoníaca con la santidad, de la blasfemia con el humor y del pacifismo con la fabricación de cabezas nucleares constituía ya, aunque todavía en versión sucedánea, la dieta impuesta a la mayoría de la población de Occidente por los grandes de las finanzas. Y todavía, ya digo, era apenas un sucedáneo, sopa de sobre en comparación con lo de hoy, pero la gente de talento ya barruntaba que el mundo se estaba yendo al garete y que había -de algún modo- que retroceder, que proceder a la búsqueda de alguna fuente olvidada de sabiduría capaz de explicar y detener la codicia y vesania desatadas que amenazaban con convertir el planeta en la finca del diablo.

De ahí que la influencia del cristianismo, el hinduismo, el sufismo y el budismo resulte patente en estos escritos, agrupados y publicados por Navona bajo el titulo de uno de ellos: Inmóvil como el colibrí, que es ya un llamamiento a la no-acción (o a la acción sutil, a ser posible no perturbadora en términos sociales, pero de gran poder transformador en el ámbito de la conciencia). Por más que sea recordado, sobre todo, como autor de novelas cuyo contenido sexual explícito escandalizó en su época, Miller no fue ni mucho menos ajeno a la ola de interés por la espiritualidad “foránea” -pocas cosas en Estados Unidos no lo son- que recorrió en su momento California, dando nacimiento a algunas genuinas búsquedas de la palingenesia, pero, sobre todo, a subproductos de baja estofa sobre los que terminaría germinando la llamada Nueva Era.

Aldous Huxley fue otro de los escritores que se empaparon de aquella marea fundamentalmente sincretista, en la que no debía resultar cosa sencilla separar el grano de la paja. Afincado en California a finales de los 40, Stravinsky -de vuelta de muchas cosas- recordaba muy bien cómo la casa de Huxley servía como pasarela a un permanente desfile de gurúes, mesmeristas, antropólogos, astrónomos, literatos, magos… así como que su amigo llegó a ser capaz de curar el insomnio por medio de la hipnosis. Huxley estaba por entonces fascinado por la figura de Krishnamurti, principal plantador de las semillas transgénicas de las que nacerían plantas como Alan Watts… Cosecha de la que, por supuesto, no tuvo la culpa Huxley.

De hecho, cuando se enredó en todo esto lo hizo por vía, sobre todo, de Krishnamurti, cierto, pero también leyó a Guénon y Coomaraswamy, cuyos escritos eran entonces poco conocidos fuera de determinados círculos y que influyeron decisivamente en una de sus obras más leídas: La Filosofía Perenne. De la lectura de Inmóvil como el colibrí se desprende que esos mismos ascendentes operaron asimismo sobre Miller, y yo diría que en su caso, como en el de Huxley, ejercieron también más peso que las banalidades krishnamurtianas.

Miller dedica algunos de sus ensayos a Ionesco, a Whitman, a Thoreau, e incluso -casi al final- mete uno sobre la historia del dinero tras cuya lectura -tal vez porque del dinero lo que me gusta no es “entenderlo”, sino gastarlo- confieso no saber adónde quería llegar. Me han interesado más que estos -y mucho- esos otros centrados en sus reflexiones de orden espiritual y, en particular, una apreciación suya sobre el papel de los mesías, su percepción de que todo salvador o avatar habría sido, en realidad, inspirado por almas más elevadas aún que la suya y que se mantienen en el anonimato, algo así como los Lamed Wufnik de la tradición hebrea a que se refiriera Borges, y que es a esos Reyes Magos, a esos inspiradores desconocidos a quienes hay que buscar con el ojo del corazón antes que al mesías públicamente identificado, cuya prédica -muy a pesar suyo- ha solido terminar más por encender las bajas pasiones que por aniquilarlas.

Tiene razón, sí, al subrayar lo lamentable de que, para tantos, Jesús, por ejemplo, haya quedado en la historia como poco menos que un agitador del vulgo y un “rebelde” cuando, en realidad: “En todas las parábolas de Jesús, hay otra idea implícita y de lo más saludable, la de que no debemos buscar conflictos, ir por ahí intentando arreglar asuntos, empeñarnos en convertir a los demás a nuestra forma de pensar, sino demostrar la verdad que hay en nosotros actuando instintiva y espontáneamente al afrontar un problema; dicho de otro modo: desempeñar nuestro papel y confiar en el Señor”. Reemplácese el nombre de Jesús por los de Muhammad, Buddha u otros, y tómese en consideración esa comprensión de sus respectivos menajes por Miller como un “abstenerse de dar consejos, abstenerse de inmiscuirse en los asuntos de los demás, abstenerse de modificar -aun cuando los motivos fueran los más elevados- la forma de vida de otros… ¡tan sencillo y, sin embargo, tan difícil para un espíritu activo! ¡No intervenir! Y, sin embargo, no volverse indiferente ni denegar la ayuda cuando se te solicite sinceramente”.

Muy pertinente, también, su recuerdo de una plegaria de Alcohólicos Anónimos: “Señor, concedednos la serenidad para aceptar lo que no podemos cambiar, el valor para cambiar lo que sí que podemos y la sabiduría para conocer la diferencia”. Y su recordatorio -aunque sin citar la fuente, pues no es necesario- del mandato del Bhagavadgita en el sentido de que no debemos buscar la aprobación ni la recompensa por nuestros actos ni olvidar que, por encima de todo, somos responsables ante Dios, no ante la sociedad.

Sobre todo esto escribió con profusión Miller en Big Sur, una perdida localidad californiana hundida no allá donde Napoleón perdió el mechero, pero casi. Allí logró sobrevivir a todos los agüeros apocalípticos de su época, incluidos los propios. Ojalá también nosotros lo consigamos.

Foto: José Luis Chaín

 

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