Cultura Transversal

Ser Burton

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 23 julio, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Editorial de excelente reputación en la publicación de ensayos históricos, Almed acaba de lanzar una biografía que me gustaría que hubiese sido la mía: la de Sir Richard Francis Burton (1821-1890) escrita a finales de los 60 por Fawn M. Brodie, y que la autora, en alusión a un comentario deslizado por el célebre explorador en su correspondencia, tituló El diablo manda. Digo que gustosamente me hubiera visto en el lugar de Burton porque pocas personalidades dio el siglo XIX tan fascinantes como la suya. Viajero, explorador, lingüista, espadachín, etnólogo, traductor de Las Mil y Una Noches, folklorista, diplomático, erotómano, soldado, agente secreto, escritor feraz, buscador de oro en el desierto de Mydan en los días en que Verdi estrenaba Aída en El Cairo… Su vida fue tan intensa y amena que prácticamente el resto del XIX sobra y, como digo, haber sido Bonaparte o Darwin… Pues mire usted. Pero a ser Burton no me hubiera negado, aunque sólo fuera por haber sido el protagonista de Las Montañas de la Luna, la película de Raffelson.

Burton acuñó fama de buscador espiritual, dándose por hecho que fue miembro de una cofradía sufí, y gusta pensar que, como se afirma en otra biografía suya, la de Rice, que debe seguir disponible en el catálogo de Siruela, el amor de su vida fue una joven persa, familia del Aga Khan, a quien envenenaron por el crimen de haberse enamorado también de él. Su interés compulsivo por la lingüística le condujo a alojar en su casa durante un tiempo a varios monos, cuyo “idioma” se esmeró por aprender y del que se dice que llegó a recolectar en torno a sesenta palabras, por llamarlas de algún modo. Por desgracia, aquellas valiosas notas suyas desaparecieron en un incendio. Y, de no haber sido así, seguramente habría terminado por quemarlas su mujer.

Brodie se detiene a menudo, en efecto, en aquella decisión tomada por Elizabeth Arundell de, tras la muerte de su marido, condenar al fuego sus diarios, la mayor parte de su correspondencia y bastantes de sus obras inéditas. La medida se antoja bastante lamentable si tenemos en mente que hablamos de un hombre que se hundió hasta las cejas en una expedición para descubrir las fuentes del Nilo, logró penetrar disfrazado tanto en La Meca y Medina como en Harar, la ciudad sagrada de Etiopía vedada a los extranjeros, y operó en el Sindh, como espía a las órdenes del general Napier, poco después de que el ejército y la población británicos fueran masacrados por el clima, le geografía y los nativos durante su catastrófica retirada de Afghanistán. Pero a Elizabeth Arundell le sacaban de quicio la obsesión de su marido por las costumbres de alcoba de los pueblos orientales y del África negra y la traducción de obras como el Kamasutra, así como su dedicación no sólo erudita, sino también práctica, al conocimiento del Islam. Es de suponer que sus diarios revelaran también detalles escabrosos, nada edificantes de acuerdo con los usos y la moral de la sociedad europea de la época y cuya difusión acaso habría afectado a la incendiaria, quien -admítase- también tenía una vida.

A estas alturas, es difícil saber si el acto cometido por la viuda fue, como ella quería, una medida en beneficio de Burton y verdaderamente piadosa, gracias a la cual hoy valoramos a su difunto por su obra escrita y no por sus pecaminosas inclinaciones culturales, o si, como reza el título de este libro de Fawn M. Brodie, fue el diablo -frecuente consejero y azuzador de la soberbia de las féminas heridas- quien guió su mano y su conciencia en aquel decisivo trance. Ni podemos ni queremos ser jueces de nadie, pero desde luego lamentamos que tantos escritos a los que Burton consagró toda una vida fueran condenados a las llamas por el veredicto emitido por una sola lectora, en un juicio secreto al estilo soviético y sin posibilidad de apelación.

Foto: José Luis Chaín

 

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