Cultura Transversal

El hombre del piolet

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 29 julio, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Por la profusión de fuentes manejadas y el rigor en su análisis y puesta en orden, yo diría que Ramón Mercader. El hombre del piolet (Now Books), de Eduard Puigventós López, es la biografía definitiva del asesino de Trotsky. Por más recreaciones literarias que puedan advenir, creo difícil que vayan a aparecer en el mañana informaciones que modifiquen en sustancia el mapa de los hechos. En cuanto al perfil psicológico del personaje, ya Puigventós pone en concurso datos suficientes para petrificarle como insuperable prototipo y canon del revolucionario profesional, ese espécimen antaño tan abundante en Europa y América. Y ello, pese a que no faltaba a Mercader con quién competir: navegar sobre las olas sepia de este libro es asistir a un inacabable despliegue de fotos de carné falsas, nombres suplantados y maquinaciones urdidas sin descanso para arruinar la vida a un hombre, y a otro, y a otro…

Y, entre asesinato y asesinato, una temporadita de vacaciones en las Brigadas Internacionales… Hubo cientos de ese corte, sí. Aquí salen casi todos: Eintingon, África de las Heras, Grigulevich, Orlov… Pero resultará complicado hallar un caso de zombificación más ilustrativo de esa vertiente tahitiana del comunismo que el de aquel gorila -teledirigido a medias entre mamá y Moscú- llamado Ramón Mercader. Es menester, no cabe duda, haber sido trabajado muy a fondo para que la mente aguante el tirón con fortaleza de cabestro y, en veinte años de encierro, no soltar prenda a los interrogadores sobre la verdadera identidad. En una última pirueta y ya cumplida la condena, Mercader -destino Moscú, escala en Praga- abandonó la cárcel portando en el bolsillo los papeles de un ciudadano checo.

Dar así el tipo con la lealtad al padrecito Stalin y la repetición mental de las jaculatorias del catecismo ateo como únicos asideros anímicos se nos antoja algo terrorífico, desde luego, pero harto posible gracias a la educación revolucionaria que fuera impartida en mundos siniestros privados de luz natural, paraísos de saldo donde la luz eléctrica se alternaba con la oscuridad de la mazmorra. Su sol, la frialdad de ánimo. Su luna, el rencor. Ese era el paisaje. En los últimos tiempos, ya apenas abrían las ventanas en la casa de la Avenida Viena donde Trotsky se atrincheraba. No es mala metáfora. Como tampoco era buen augurio que éste, meses antes de su muerte, hubiera deshojado margaritas “unido en amasiato” –según expresión de la policía mexicana- con la mujer de Diego Rivera, señora que siempre me ha parecido que tenía el cenizo.

El transcurrir del libro de Puigventós rastrea la peripecia de Mercader desde sus acciones guerrilleras en la España en llamas hasta sus días postreros en Cuba, estudiando los pormenores de su reclutamiento por Moscú y sus misiones de alcoba, y es pródigo en escenas memorables. A sus páginas asoma, por ejemplo, un historiador que, ya en la URSS, recuerda haberle visto a veces en una biblioteca a la que muy pocos tenían acceso, devorando durante horas libros de lectura prohibida a los ciudadanos: precisamente, escritos de y sobre Trotsky. De vez en cuando, Mercader se ponía en pie y paseaba por la habitación hablando consigo mismo por lo bajinis. Treinta años después de la comisión de su infamia seguía procurando, pues, no perder la fe y apuntalar mejor si cabía su convicción de que había hecho estupendamente clavando un piolet en la nuca a aquel perro menchevique (can de presa que, de haber podido, se lo hubiera también clavado a él, por supuesto, pero… creo que nos entendemos).

El hombre del piolet es ante todo la historia de cómo un individuo se convirtió en asesino con la aquiescencia de su propia madre. Pero también, y no en menor medida, la meticulosa y sosegada reconstrucción de un mundo extinto: el puesto en pie -en nombre de la libertad y el bien común- por una utopía malsana que se refocilaba en la justificación racional de la tortura y la aniquilación de seres humanos. El muestrario de militantes comunistas que desfila por los capítulos del libro -turba de corazones congelados en el cuidado del altar de una fe sacrílega en la técnica y la ciencia, persuadidos de que en sus delirios residía la Verdad con mayúscula- compone un bestiario quizá solamente equiparable en iniquidad a la Alemania nazi… Empezando por la propia Caridad Mercader, personaje desquiciado a quien quizá hubiera sentado de maravilla un exorcismo a tiempo y que -pese al tono moderado, lógico en un estudio académico, con que Puigventós la juzga- no cabe duda de que fue la responsable de que su hijo, nacido en el seno de una apacible familia burguesa, terminara convertido en “héroe” de un mundo donde la excelencia en general se medía según criterios más que discutibles.

Mi curiosidad literaria por las bandas de salvajes proliferantes por Europa desde la revolución soviética ha sido siempre grande, y en verdad me ha pluguido -como diríamos en el Siglo de Oro- la lectura de una obra tan seria y bien contada como esta inspirada por la figura de Mercader. Pero, sobre todo, ha reafirmado mi impresión de que urge la convocatoria de un congreso de psiquiatras eminentes que proceda, de una vez por todas, a clasificar las ideologías entre las psicopatologías peligrosas o, al menos y para empezar, entre los trastornos mentales severos.

Porque, ¿qué son las ideologías? Amasijos de ocurrencias, sistematizadas para presentar una apariencia de verdad o, al menos, de coherencia “científica”, cuyo único fin es que el planeta entero aplauda como si de virtudes y hasta genialidades se tratara las taras y carencias que hacían retorcerse de envidia e ira a Marx, Engels, Hitler, Lenin, Mao, Trotsky, Mussolini, Bakunin, Marcuse… Toda la palabrería cargada de veneno y de adulación servil a los bajos instintos que infla tan infumables peroratas, resultantes de frustraciones incubadas desde la infancia por mentes resentidas, es presentada siempre como una reivindicación popular, nacional, étnica, territorial o -por traer a colación un término de moda- de género, pero, en rigor, se trata de revanchas personales tejidas por mentes acomplejadas e infelices. Incluso las mal llamadas guerras de religión no han sido -ni siguen siendo- sino contiendas resultantes de la contaminación de las doctrinas espirituales por el enloquecido virus del tétrico espíritu ideológico.

“Un zapapico alpinista/ este asesino llevó/ y al estar solo con Trotsky/ a mansalva lo atacó”, cantaba el corrido… Por desgracia, y pese a saber desde hace tanto que ninguna ideología ve más lejos de la punta de un piolet, el ser humano tiende a no aprender de sus errores. Eso sí: como dos y dos son cuatro y, quizá porque nunca falta un roto para un descosido, quien a hierro mata, a hierro -por lo general- muere. Y para mala leche, la del niño de la camarada Caridad. ¡Qué poco tino el de sus padres, al cristianarla en la pila!

Foto: José Luis Chaín

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