Cultura Transversal

Las niñas de Lagasca

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 4 agosto, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – A mí me parece fundamental, en un novelista, la capacidad para, desde el hoy, aportar pasado a las ciudades donde vive, un poco como el hasta hace poco alcalde de Navalcarnero, que ordenó a unos albañiles y un fontanero amigos la excavación en el subsuelo de varias galerías, presentadas después como obras restauradas del siglo XVII. Este hombre ha abierto un camino importante en el ámbito de las políticas municipales. Gracias a él, y es de esperar que muy pronto, no habrá pueblo de España que no pueda mostrar la cama donde durmió Aristóteles o una placa recordatoria de que allí mismo, en Cazalla de la Sierra, un puñado de iberos inflingió una terrible derrota a las cohortes de Escipión o rechazó una ferocísima carga de los apaches chiricauas de Cochise.

La ventaja de que los novelistas gozan frente a los alcaldes es que no necesitan gastar dinero público para sugestionar con sus fantasías tanto a sus coetáneos como a las generaciones futuras. Bien al contrario, pueden abultar gratuitamente el erario de historia y de pasado ilustre de que las urbes disponen. Así, estoy seguro de ya hay gente que, sólo por haber leído Lo que dicen los dioses (Versátil), deambula por Madrid y comenta con los amigos, al pasar por la calle de Lagasca, que esa, justamente esa, es la casa encantada donde un bufete de abogados cuida del bienestar de los espectros de cinco niñas asesinadas, o que esa, Cibeles, la que se divisa desde la Puerta de Alcalá, es la diosa que ordenaba cometer sus asesinatos a Rosendo el carnicero. ¿Y esa comisaría? ¿No es a la que la clarividente Serena iba a visitar al comisario Iríbar para ayudarle a resolver sus casos?

Ya se habrán percatado de que Lo que dicen los dioses, segundo compromiso firmado en Las Ventas por Alberto Ávila Salazar, es una novela netamente madrileña y -aunque su acción principal transcurra entre la posguerra y las postrimerías del franquismo- empapada en un costumbrismo años 30 bisnieto del de Carrére y hermano del lucido por Valentí Puig o Juan Eduardo Zúñiga en sus relatos guerracivilistas. Ha sido un placer volver a encontrar abierto el Café Lyon, donde cuando reinaba Carolo preparé algún que otro examen. ¡Y hasta billares salen! ¿Qué ha sido de ellos, por cierto? ¿Existe aún alguno? Tan rápido va esto, que a veces pienso que el Madrid actual apenas se parece al de mi niñez en que las mesas de todos los bares y restaurantes siguen cojeando de una pata.

Recapitulando… Una trama policíaca y fantasmagórica ambientada en plena calle de Lagasca. Con un comisario que luce apellido -Iríbar- de portero del Athletic de Bilbao y un chico de los recados con nombre -Amancio- de ídolo del Madrid. Y escrito bajo la advocación de la diosa Cibeles, pues a ella es a quien el carnicero pederasta ofrece como sacrificio las niñas a las que asesina y cuyos fantasmas son después adoptados por una vidente, que se solaza viéndolas jugar al corro de la patata y las quiere tanto, que hasta les deja un edificio en herencia. A la mujer, claro, le cuesta un mundo sacarlas adelante, porque a ver: si ya es complicado con las niñas vivas, ya me dirán ustedes cuando están muertas. ¿Más madrileña quieren la historia? Ávila Salazar recurre, claro, a las páginas de El Caso para que todo el mundo se entere de los tétricos sucesos, ya que, por mera cuestión de época, no podía echar mano de Más Allá ni de Año Cero. Pero sí aparece la redacción de Karma-7, la cutrísima revista sobre ovnis, yetis y ectoplasmas que tanto leyó mi quinta. Y aquellos ascensores sin puertas y en permanente funcionamiento del diario Pueblo, el bajel de Emilio Romero, desde el que Raúl del Pozo y Molés se echaban a la carretera a seguir las andanzas de Cordobés, Palomo, El Viti y Luis Miguel en su regreso vestido por Picasso.

Estaría bien que Andi Baiz, que ha dirigido con gusto y buena mano La cara oculta, llevara al cine Lo que dicen los dioses. Lo del costumbrismo sería, quizá, un reto para él. Pero ya se sabe que, al final, es siempre en Madrid donde hay que echar la moneda al aire.

Foto: José Luis Chaín

 

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