Cultura Transversal

Suicidarse en masa

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 22 agosto, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Hace ya mucho que una investigación del Senado norteamericano destapó cómo, en la década de 1960, la CIA habría llevado a cabo un programa de experimentos “científicos” empleando como cobayas a presos y otros individuos “asociales”. Dirigida por el primer presidente de la Asociación Mundial de Psiquiatría y otros doctores con nombre y apellido, la “investigación” perseguía la deconstrucción de los cerebros de los “pacientes” para, luego, reprogramarlos a ver qué pasaba. Así, combinando la repetición incesante de mensajes con el aislamiento sensorial, la privación de sueño y el uso de drogas, hipnosis, electroshock y ultra e infrasonidos, se consiguió que las víctimas sufrieran amnesia, manifestaran deseos homo y bisexuales, creyeran vivir experiencias de percepción extramundana, se obsesionaran con fijaciones aberrantes y acusaran prominentes síntomas de destrucción de la personalidad.

Como los antedichos son rasgos más o menos detectables de oficio entre los adeptos de sectas destructivas, y so color de la coincidencia de fechas, me he preguntado siempre si pseudogurúes alucinados al estilo de Manson o Jim Jones no habrían, en realidad, iniciado sus carreras como carne de cañón en aquellas terapias de choque.

Hoy, los Ministerios de Educación y mass media de Occidente han hecho mayormente suya la visión del mundo y de la sexualidad propia de las -antaño- llamadas sectas destructivas. Es decir: afiliarse a una de ellas ya no es paso de rigor para convertirse en un fornicador compulsivo, descerebrado y sin preferencias específicas por el pescado, la carne o la pasta. Pero todo esto aún sonaba a rayos al tímpano medio en –por ejemplo- 1978. Aquel año, el Hare Krishna fue denunciado en Madrid por sus vecinos de escalera debido a que, en el piso de la calle de Galileo donde se hallaba domiciliada su sede, se juntaban -con el consiguiente riesgo de hundimiento del suelo- más de cincuenta personas pegando saltos a la vez. Los guardias trasladaron a todo el conventículo a comisaría, incluyendo a un caballero evadido poco antes del Alonso Vega que hoy, sin duda, y siempre que no existieran incompatibilidades con su cargo de concejal, habría sido fichado por alguna tertulia televisiva de máxima audiencia.

Asumo que casi nadie se acordará de esto. Pero a más gente sonará el nombre de Jim Jones, fundador del Templo del Pueblo, reivindicador para sí de una más que dudosa ascendencia negra y que, en ese mismo año, en un episodio inspirador luego de una película en la que aparecía Nadiuska, incitó a sus fieles a suicidarse en masa -ingiriendo un zumo receta de la casa- en su santuario de la jungla de Guyana.

El selvático escenario de los hechos fue Jonestown, la clásica comunidad utópica fundada de acuerdo con el formato campo de concentración, bajo el impulso de una verborrea mesiánico-socialista y con el aliño de los abusos sexuales incluido en el menú. Y, como capitalismo y comunismo han sido siempre cordiales aliados en la causa de utilizar las sectas como herramienta para contribuir a la extirpación de las religiones tradicionales, valga –por ilustrativo- el dato de que las cuentas bancarias del Templo de Pueblo estaban domiciliadas no sólo en Suiza, sino también en la Unión Soviética y la Rumanía roja.

Y bueno, por si alguien no se acordara del estropicio, Servando Rocha y Jordi Valls han escrito y publicado Jim Jones. Prodigios y milagros de un predicador apocalíptico (La Felguera), donde se resume muy bien la tan trágica como grotesca historia. La edición incluye, por primera vez en español, la transcripción de la cinta -¿auténtica?- donde quedaron grabadas las últimas palabras cruzadas entre Jones y sus devotos un rato antes de irse toda la parroquia al otro barrio.

Es cierto que, como en el libro se señala, nunca ha podido ser probado ese lazo del Templo del Pueblo con el programa MK-Ultra de la CIA. Sin embargo… Bueno, canta un poco que, además de para la construcción de refugios atómicos o el cumplimiento de sus deberes como esclavos económico-sexuales, Jones también movilizara a sus sectarios para participar como clac en los mítines del Partido Demócrata, algo un tanto peculiar tratándose de convencidos apocalípticos… Y, aparte de esto, pues a mí me llama bastante la atención que, en aquellos hechos, tomara parte un personaje harto llamativo. Me refiero a Mark Lane, abogado de Jones que, en el último momento, logró escapar y ser uno de los pocos supervivientes de la hecatombe. Lo curioso es que Lane era también el abogado de James Earl Ray –supuesto asesino de Martin Luther King- y lo había sido de Lee Harvey Oswald, tras contratarle la madre de éste para defender su memoria. Un personaje, pues, inquietantemente próximo a dos supuestos asesinos sospechosos de haber sido “teledirigidos” o manipulados por la CIA y el FBI para hacer lo que pretendidamente hicieron. Quizá, pues, no andaba tan errado Jones cuando, en una de sus últimas declaraciones, dijo: “Me quieren matar los mismos que a Kennedy y a King”.

Soy consciente de que, a todo disconforme con la versión oficial editada sobre temas tan sensibles como este, le es de inmediato adosado el remoquete de teórico de la conspiración (sin que, por supuesto, los gestores de la “verdad” se dignen tampoco sacarnos de dudas explicando, por ejemplo, qué hacía siempre Lane en sitios tan delicados o por qué el cuerpo de Jones fue encontrado –como el de dos de sus correligionarios- con un balazo en la cabeza). Pero, ¡qué le vamos a hacer!

En fin, una buena prueba de que la moral y mentalidad sectarias han triunfado y sido aceptadas por la mayoría social nos la brinda el dato de que los suicidios en masa hayan casi desaparecido. Ya no están de moda. ¡Con las maravillas que, en ese sentido, podrían realizarse gracias al poder de convocatoria de internet! ¿No debieran proliferar más que nunca? Pero no. La gente, si nos fijamos, se comporta un poco como si se hubiera suicidado en masa hace tiempo, pero sin por eso dejar de estar viva. Siguiendo el tratamiento de pildorazos de Belén Esteban, Manuela Carmena, Mariano Rajoy… el suicidio en mogollón es todavía más indoloro que con los zumos de Guyana. Mola más así. Estás en la secta y enganchado a todos sus juguetes, pero sin que ello te impida andar por la calle y hasta cruzarte por la acera con Nadiuska. Como en Guyana, pero en formato interactivo. Sí, así mola más.

Foto: José Luis Chaín

 

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Una respuesta

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  1. Esaúl R. said, on 22 agosto, 2015 at 9:31 am

    “La gente, si nos fijamos, se comporta un poco como si se hubiera suicidado en masa hace tiempo, pero sin por eso dejar de estar viva.” ))))


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