Cultura Transversal

Japón visto desde el “Comercial”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 2 septiembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – En sus Crónicas de viaje (Fórcola), expresa Julio Camba su impresión de que, en Madrid, nada cambia. Un día se hallaba junto a otros amigos en un café de Sol, escuchando a un autor leerles pasajes de la obra que iba a estrenar quince días después. Volvió al cabo de siete años, y allí seguían los mismos amigos, atentos a la lectura de la misma obra por el mismo autor. Eso en cierto modo sucede aún hoy, pues en Madrid, de toda la vida de Dios, locales y personajes se superponen a los precedentes siempre como en una cadena iniciática, es decir, sin merma de su congruencia con el espíritu de la ciudad. Lo sé bien. Una noche, alternaba yo en Casas Patas con otros aficionados. Un flamenco evocaba los gloriosos días de Bambino en Torres Bermejas. Me fui a eso de las cinco de la mañana. Volví a los siete años y allí, en la barra, continuaban los mismos aficionados escuchando de labios del mismo cantaor la misma historia.

Esto, claro, es un poco menos cierto desde que en agosto cerrara sus puertas el Café Comercial. Durante varios días después del finiquito, quien pasara por allí podía advertir la presencia de bastante gente como desorientada, rondando las puertas con poses un tanto erráticas, con trazas de andar a la espera de algo, no fuese a ser que abrieran… Y muchos transeúntes habían pegado notitas de condolencia sobre la cristalera. Bueno: no todos. La excepción fue un pintoresco personaje que lleva décadas repartiendo por Madrid sus poemas -o algo así- en fotocopia. Este, de condolencias, nada. Bien al contrario, aprovechó para vengarse adosando al vidrio varios folios contando su historia: al parecer, y por el pecado de ser un auténtico artista y uno de los hombres que más han hecho en España por la cultura, y no sólo sin disfrutar de ninguna subvención, sino constantemente acosado y perseguido por toda clase de oscuros poderes, los malvados dueños del establecimiento, dejándose quizá llevar por maledicencias de envidiosos, le tenían en los últimos tiempos prohibida la entrada por culpa de dos míseros cafés que había dejado a deber. “¡Exijo justicia!”, clamaba el reivindicador de la lampancia con honra.

Demasiado tarde, me temo… Ya sólo le queda apelar al juez de la Historia a la que no sé si pasará, pues una simple clausura de puertas ha dejado su querella tan vetusta y anticuada como los animales de la vieja Casa de Fieras del Retiro, aquellos canguros, osos polares y leones en quienes Camba apreciaba un aire tan, tan madrileño que parecían gatos paridos en la cabecera del Rastro (incluido el leopardo, de cuyo nacimiento en Alemania y de padres germanos existía constancia cierta).

Camba no sólo vivió en Madrid. Se movió mucho. De hecho, su Crónicas de viaje es un libro de artículos escritos desde ciudades como Constantinopla, Londres, París o Berlín. Y muy útil para enterarse de que, cuando uno empieza a sentirse de verdad madrileño, es cuando vive en París. O de que, para ver Constantinopla, resulta requisito imprescindible salir de ella y contemplar sus cúpulas y minaretes desde una colina lejana. O de que el Lejano Oriente sólo es lejano para quienes se encuentran lejos de él.

Eso de ser corresponsal de prensa a la clásica usanza, como el Camba que, sobre la cubierta del barco que surcaba las aguas del Bósforo, coincidía con una Sarah Bernhardt que venía de representar a los clásicos griegos en Atenas, ha pasado a la Historia, esa que no sabemos si guardará sitio al iracundo poeta expurgado del Comercial. Hoy, los diarios no destacan un corresponsal en cada país, que sería lo suyo: con uno por continente, les basta y sobra (y andan dando vueltas al modo de poner de patitas en la calle incluso a ese, sin importarles lo más mínimo prescindir de la carga simbólica que supone eso de presumir de corresponsal). Así que tienen, pues eso: uno en África, otro en Asia… Lo que se supone que acaece en Bagdad, nos lo refiere un señor que vive en El Cairo. Lo que se cuece en La Paz, una señorita residente en Buenos Aires o en la capital mexicana. Así que leer las crónicas de Julio Camba es hoy casi como leer a Heródoto o a Casanova: echar un vistazo, con ayuda de un telescopio, a los dietarios de una vida y una especie extintas, devoradas por la pantalla del ordenador y la del móvil.

¿Qué puede, en efecto, aportarnos lo que escriba sobre la vida cotidiana en las calles de Benarés un señor que, pese a ser el corresponsal en India (digo en Asia), vive en uno de los Emiratos Árabes y si, además, ahora mismo, estamos viendo en nuestro muro de Facebook, y en tiempo real, a un amiguete saboreando un batido en un chiringuito de –¡justamente!- Benarés?

Pero no hace falta ponernos tan modernos. A fin de saber cómo es -por ejemplo- Japón, ¿para qué necesito yo ir allí, si en Madrid proliferan desde los años 60 miles de cafeterías bautizadas Fukuyama, Okayama, Okinawa, Hiroshima… y donde se sirven especialidades tan típicamente niponas como el queso manchego curado, el bocadillo de calamares, el chorizo cular ibérico o el sandwich mixto? Japón no fue uno de los destinos asignados a Camba por los periódicos en que sirvió y no tuvo, pues, ocasión de comparar estos locales con los autóctonos. Pero imagino que, lo mismo que estas cafeterías no han cambiado, tampoco lo habrá hecho Japón desde los tiempos de Camba. Debió anteverlo muy claro y, por eso, no lo incluyó en su libro. Hizo muy bien.

Foto: José Luis Chaín

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