Cultura Transversal

Vidas salvajes

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 14 septiembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – En el Salvaje Oeste, en territorio indio, la vida era maravillosa. El trampero se despertaba y se encontraba cara a cara con la Creación, con la naturaleza recién expulsada del Edén, formando parte de ella. Esas soledades tan bellas entrañaban, por supuesto, también sus riesgos. Por ejemplo, tu hermosa mujer, honorablemente comprada a la tribu Flathead, podía ser víctima de un intento de secuestro por enemigos tradicionales de su pueblo como los Pies Negros, obligándote, para salvarla, a agujerear varios pechos y cortar unas cuantas cabelleras. O podíais ser ambos atacados por un oso grizzly enfurecido. Pero, siempre que no olvidaras ahumar con frecuencia tu ropa, a fin de que pumas y otras fieras no percibieran a kilómetros tu olor humano, lo normal era que la vida transcurriera por cauces apacibles.

Lamentablemente, de poco sirven hoy consejos como el antedicho, que recogemos en una novela publicada por Valdemar: El trampero, de Vardis Fisher, inspiradora en su día de la película Las aventuras de Jeremiah Johnson. Nadie se ahúma hoy la ropa antes de salir de casa. ¿Para qué? Ya todo el mundo huele igual, a tubo de escape. ¿De qué sirve hoy saber que si, en la carcasa formada por el intestino del venado, a la carne más sabrosa de su solomillo, además de un poco de riñones y de seso y –más o menos- un kilo de su lomo, todo picado, le añades la grasa del tuétano de sus huesos, las salchichas saldrán para chuparse los dedos? ¿De qué? Sí, ¿de qué sirve? Ya no se trata de que, si pruebas a cazar un venado con tu fusil de chispa o tu arco y tus flechas, puedas ser linchado por los animalistas o detenido por la Benemérita. Es que no hay venados. En la ciudad no, claro. Pero tampoco en el campo.

Lo mismo, con los lobos. Uno de los más ardientes defensores que conozco de estas fieras de la montaña es mi amigo José Chamorro, ejemplo vivo de que el gran cabalista Abulafia, al sembrar en Zaragoza, no sembró en vano. Naturalmente, se trata de animales con los que conviene andarse con ojo: el otro día, un ganadero colgó en Facebook las fotos de sus ovejas muertas por las lupinas dentelladas. Incidentes de ese tipo ocurren sin cesar en El trampero, donde los lobos, puestos a comerse a sus víctimas, no se paran a mirar si están muertas o vivas. Por eso, era corriente encontrar en las grandes praderas bisontes a los que faltaban media giba o una tajada de cuarto trasero.

Aparte de una amenísima novela, El trampero es también un manual de acampada y supervivencia al aire libre, un tratado de cómo seguir andando a buen paso y sin que se te desplome la moral a cuarenta y cinco grados bajo cero y, en no menor medida, un recetario gastronómico que recuerda, por su tono, a las compilaciones de hechizos de Paracelso o Agrippa. En estas, se usa la sangre de dragón; en territorio indio, la cola de castor, las ratas de agua o el uapití, que me parece que es una especie cérvida. Mismamente, esta pócima de Agrippa: “Un brebaje compuesto por seso de oso, y bebido directamente desde su cráneo, transmite la rabia del oso, de tal manera que el que lo bebe cree que se ha transformado en oso y todo cuanto ve son osos; dura el efecto de la rabia hasta que remite la fuerza de ese brebaje, sin producir daño alguno en el resto del cuerpo”… ¿No nos remite a más de un guiso típico de los hombres de la montaña, acostumbrados a vivir en soledad en los dominios de los Crows o los Piegan?

El trampero es también un canto a las mujeres que siguen vivas tras la muerte, bien por apego a la inestimable compañía de la soledad, bien por cómo sigue oprimiendo su corazón el recuerdo del hombre que un día las amó allí, en una tierra salvaje donde los vencidos, mientras su vencedor les escalpa el cráneo, no mueven un párpado ni amagan un gemido.

¡Tierras de hombres y mujeres de verdad!

Se echan de menos, no me dirán que no…

Foto: José Luis Chaín

 

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Una respuesta

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  1. Blanca Gotor Labay said, on 18 septiembre, 2015 at 11:02 am

    Tiene mucha belleza tu evocador relato, ¡gracias!.


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