Cultura Transversal

Los detectives de Siruela

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 8 octubre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Recuerdo cómo, en los días de mi irrupción -sin acné- en la adolescencia, nos saludó durante meses y desde las carteleras de muchos cines de Madrid la silueta gigante, canosa, trajeada y siempre elegante de Yves Montand sosteniendo un rifle con mira telescópica. Ese rifle era, en realidad, el arma con que supuestamente habría sido asesinado Kennedy, porque, aunque ambientada en Francia, aquella película de Verneuil triunfadora en las salas –I como Ícaro– trasladaba a la pantalla una metáfora muy poco encubierta de las cábalas conspiratorias –todas, muy atendibles- tejidas en torno a Lee Harvey Oswald, la filmación casera de Zapruder, la bala mágica, Jack Ruby, etcétera.

En I como Ícaro, Montand se llama Volnay, como el Comisario de las Muertes Extrañas que protagoniza las novelas ambientadas en el París de Luis XVI de Olivier Barde-Cabuçon, publicadas aquí por Siruela. Si de algo nos convenció a fines de los 70 el Volnay encarnado por Montand es de que no hay asesinato que, por rara pinta que tenga, no encubra una conspiración, aserto válido también para los crímenes pasionales, porque, si no hubo conspiración para cometer el letal desmán, necesariamente habrá de improvisarse una para ocultarlo.

Así que esa es la tarea de detectives e inspectores de homicidios: tirar del hilo y dejar con el trasero al aire al conspirador. Recientemente, nos hemos deleitado con la lectura de dos novelas negras editadas por Siruela, protagonizada cada una por su correspondiente policía acosador de homicidas. Uno, es irlandés. El otro, masái. Y ambos, curiosamente y al margen de los casos que en ellas les ocupan, fueron actores en un episodio casi idéntico. Confrontados de sopetón con la posibilidad de echar el guante a un malvado, salieron corriendo a pisarle los talones, no sin antes indicar a su hijo pequeño que les esperara saboreando un helado en la cafetería donde se encontraban y… se olvidaron de él hasta pasadas unas cuantas horas. ¡Eso es amor a la profesión, desde luego! Y sí, sé lo que están pensando: es lo mismo que sucede al crucigramista que en La joven del agua, de Shyamalam, pone su discernimiento en contribución a la salvación de una ninfa y, un día, olvidó ir a recoger al cole a su hijo. Todo encaja.

Gracias a una de estas novelas –La hora del dios rojo, de Richard Crompton- sabemos cómo se las apañan los sabuesos para que los asesinos de prostitutas no se vayan de rositas en un lugar como Nairobi, donde los laboratorios CSI equivalen a poco menos que tecnologías extraterrestres y ronca cada noche un barrio de chabolas cuya existencia no consta en ningún registro, pese a ser habitado por más de dos millones de habitantes. La novela está inspirada en una antigua tradición nativa: “Los masái creen que hay un tiempo en que la locura lo invade todo. Cuando las personas se vuelven unas contra otras, y cuando la ira es el único instinto humano”.

Ese tiempo es la Hora del Dios Rojo, figurada por Crompton echando mano de un paisaje humano donde, por razón del carácter de fuente de ingresos que distingue a ambas vocaciones, milagrería y política se desarrollan, en aras del bien común, en armónica y sucísima amalgama. Iglesia evangelista, partido y suburbio: todo, unido por la misma red de alcantarillado. No podemos, desde luego, llevarnos las manos a la cabeza por leer en qué puede consistir, entre bastidores, la gestión del recuento de unas elecciones generales (y no sólo en el África donde China está ganando la batalla económica a Estados Unidos o en cualquier otro país del Tercer Mundo: también más cerca).

Si las peripecias del detective masái nos introducen literalmente en las cloacas, las aventuras de Aector Mc Avoy -en El oscuro invierno, de David Mark- nos llevan hasta la más higiénica Hull, localidad de East Yorkshire donde vive el autor de la novela. ¿A quién debe este inspector dar caza? Pues a un justiciero. A un señor que se ocupa de eliminar por vía expeditiva a personas que, un día, fueron los únicos supervivientes de una catástrofe. Este caballero se ocupa de corregir esos “errores” del Destino y procurar redondear las estadísticas. Un justiciero, por tanto… a su manera. No quiero dejar de tranquilizar a los afectos al género confirmando que en la novela aparece un asilo de ancianos, como viene ya siendo norma en el género. Avisados quedan: Siruela está preparando el lanzamiento de una nueva aventura de Mc Avoy a la que, tras haber disfrutado de la vigorosa prosa que insufla esta, sentimos ya apetito por meter mano.

Entretanto, podemos practicar idiomas, porque la de Crompton incluye al final del volumen, un glosario de palabras en swahili, kikuyo y otras dos lenguas nativas que serán de mucha utilidad al lector que vaya a viajar próximamente a Kenya. Eso sí… Que sus ilusiones turísticas no vuelen demasiado alto, no vaya a ser que, como a Ícaro, el sol les derrita las cerúleas alas.

Foto: José Luis Chaín

 

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