Cultura Transversal

La belleza ajena

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 14 octubre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Adam Zagajewski es un poeta muy famoso pero al que, como apenas leo versos, no conocía y que, como a tantos otros interesantísimos literatos, me ha descubierto Pre-Textos al publicarle En la belleza ajena, algo así como un ordenado popurrí de recuerdos, cada uno de los cuales, tomado aisladamente, podría resultar un cuento corto. Las páginas de seda cruda de En la belleza ajena nos regalan tanto reflexiones del amante de la música como otras propias de la vida del escritor, si es que hay en verdad algo así como una vida propia del escritor. Pero el libro es, sobre todo, el hilado de las remembranzas del autor a propósito del grisáceo tono intelectual y anímico sobre el que flotaba la vida en la Polonia satélite de la URSS y, por extensión, en el resto de los países socialistas, una existencia sobre la que el público del Oeste ha sido muy bien instruido por La vida de los otros y harto bien reflejada asimismo en otra película, también alemana y no tan publicitada como la anterior: Bárbara, de Christian Petzold. En esta, como en Dos vidas, de Georg Maas, aparece un Rainer Bock que, con sus papeles de agente de la Stasi, está erigiéndose en un mini icono –discreto, como debe serlo un agente- del nuevo cine de espionaje.

Hablábamos el otro día del arquetipo literario del náufrago, apuntalado por Defoe y, tras él, por Verne. De algo parecido al instinto de supervivencia del robinsón habían de echar mano los ciudadanos de Polonia y demás paraísos rojos, obligados por las circunstancias a, cada tanto, hacer inventario de lo poquísimo de que disponían y, conscientes de ser “demasiado pobres para comprar cosas baratas”, nunca tirar nada. Si se adquiría un ventilador nuevo, por la cabeza de nadie pasaba desprenderse del viejo y roto, pues la acumulación de pobreza era el solo rasgo de opulencia que la gente se podía permitir. Así que las minúsculas viviendas en que creció la generación de Zagajewski se iban convirtiendo poco a poco en cabañas de náufrago, además de en espacios carentes de perspectiva: los tarros de mermelada se guardaban en el armario ropero, los libros en la alacena, la ropa en cajas de cartón…

En la Polonia donde se educó el poeta, circulaban periódicos que, hasta que no aprendía uno a leerlos, no realizaban más cometido que el de servir como órganos de desinformación, y el transeúnte paseaba por sus calles como envuelto en la atmósfera de una película de Alain Resnais, un poco con la vaporosa sensación de que esos espacios adoquinados no pertenecían a la época vigente. Coincidía uno tomando café con el futuro Juan Pablo II y, en el autobús, con almas a medio morir a las que el paso por Auschwitz había dejado con el frío instalado en el cuerpo para siempre.

¿Es todo esto bello? Lo es la prosa de Zagajewski, desde luego. En cuanto al trasfondo social que la inspiró, pues no sé. Desde el momento en que, de creer en las enseñanzas del hermetismo, los hombres no seríamos sino una versión microcósmica del Universo, como éste el formato macrocósmico del individuo, cabría preguntarse si en realidad existiría alguna belleza que nos fuera ajena. ¿No somos todos el espejo de los demás, como el prójimo lo es nuestro? Por supuesto que existen espejos de superficies muy poco limpias, pero a mí, desde luego, cuando veo pasar cerca de mi persona a una mujer guapa, me gusta pensar que su hermosura no me es ajena, que de algún modo existo y me muevo y respiro dentro de ella.

Además, Zagajewski nos alecciona sobre un particular de suma importancia: el recuerdo de que el bien siempre regresa. Cierto que, como con acierto precisa: “Por desgracia, vuelve demasiado despacio, como si no quisiera recordar que nosotros estamos trágicamente enredados en el tiempo, que tenemos muy poco tiempo. El bien”, dice, “se comporta con nosotros cual si fuésemos inmortales”

Pero es que lo somos. Somos inmortales. Así que el error no es del tiempo, sino nuestro (por acomodarnos y acompasarnos a su ritmo). O eso me parece a mí. Espero que también a alguno de ustedes.

Foto: José Luis Chaín

 

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