Cultura Transversal

El método Adamsberg

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 1 noviembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – No es infrecuente que se ironice a cuento del dicho de que Agatha Christie se casó en segundas nupcias con un arqueólogo más por espíritu previsor que por atracción romántica hacia su persona en pantalón corto caqui. Enamorado de las ruinas por deber profesional, a un varón de dicho gremio no le debería importar que su mujer cumpliese años: de hecho, transcurridos los necesarios, ni siquiera tendría -llegada la hora de acostarse- que ponerse en situación ni cambiar de atmósfera. Pero a Fréderique Audouin-Rouzeau (Fred Vargas para el mundo y cuyo estado civil y sentimental desconozco) no le hace falta la adopción de medidas de ese tipo, pues en su persona ya confluyen la profesión de arqueólogo y el rango de escritora (y dueña de un arte literario que la ha convertido en una de las reinas de la novela policíaca).

Si el deber del arqueólogo es rastrear sarcófagos y desenterrar ajuares micénicos, el del escritor es crear personajes inolvidables. Y con los de Vargas, y en particular -para mí- con el comisario Adamsberg y su equipo, protagonistas de buena parte de sus novelas, el reencuentro -propiciado ahora por la publicación de Tiempos de hielo (Siruela)- resulta siempre algo a celebrar. Debe de ser harto difícil dar entre los agentes de policía de hoy con un émulo de Adamsberg no ya en las plantillas de las brigadas de investigación criminal, sino entre las propias páginas de la ficción negra, porque el sabueso nacido sin cesárea de la pluma de Vargas -tan desconfiado hacia sus semejantes como hacia los humanos lo es el jabalí que el ama de llaves tiene por mascota en esta novela- recopila pistas a partir de corazonadas y de la apreciación del significado oculto de gestos y objetos más que merced a la rutina de los procedimientos forenses.

Manda contrastar huellas dactilares y todo eso, sí… Pero como mera concesión a las carencias intelectuales de los abanderados de la racionalidad. Adamsberg, y ahí radica su condición de descolocado en la Francia de Hollande y Charlie Hebdo, es ante todo un escrutador con ojo de homeópata de algo así como la psique o trasfondo sutil de los acontecimientos, cualidad que ya no abunda mucho. Mas, ante sus éxitos, ¿cómo no recordar aquel remedio que, en Delfos y otros oráculos, Apolo y Esculapio solían recetar? Tras despertar del sueño de la noche, el paciente había de salir a la calle con los oídos obstruidos por dos tapones de cera y, cuando un sexto sentido así se lo indicara, quitárselos. Las primeras palabras que escuchara de cualquier persona que casualmente pasara en ese momento por su lado, le servirían en bandeja la solución a su problema. Por raro que pueda sonar, es más o menos así como resuelve los casos Adamsberg.

Este método no impartido en las escuelas de criminología viene a ser una suma del don para la corazonada del comisario bretón y la erudición inigualable de su subordinado Danglard, capaz de pronunciar una conferencia de dos horas lo mismo sobre los icebergs que sobre las invasiones normandas o la reproducción de las cornejas. Adamsberg atribuye la prodigiosa memoria de disco duro de éste a su frecuente y, a menudo, excesiva ingesta de vino blanco. Y le creo, pues un amigo escritor también muy dado al mismo néctar se ha mostrado siempre maravillosamente lúcido para eso de las corazonadas. Tanto él como Adamsberg rozan la videncia, está claro.

Otro rasgo que me cautiva de los enigmas caídos en manos de Adamsberg es el modo en que lo preternatural humedece sus esquinas y cala por todos sus poros. Apenas abres la novela, te ves rodeado por la niebla y transportado a lugares literarios de imborrable recuerdo: el camposanto londinense de Highgate (Un lugar incierto), los bosques de Canadá a las tantas de la madrugada (Bajo los vientos de Neptuno), la tumba de un vampiro en Serbia o -como en esta Tiempos de hielo- un castillo en el que se exige a las visitas dejar el calzado en el vestíbulo y entrar en calcetines. A la salida, te puede haber birlado las botas un licántropo.

Lo dicho: otra Francia… La verdad es que, lo de cazar a un asesino merced -en parte- al hallazgo de una carta que la víctima no pudo echar al buzón antes de morir, resulta ya insólito que se produzca en estos tiempos a no ser por la entrada en juego de eso, de una corazonada, del susurro de una voz interior. Cierto que la víctima es una anciana y, en general, las redes sociales o el correo electrónico no suelen ser santos de la devoción de gente de determinada edad, que sigue recurriendo a los servicios del cartero con la frecuencia de siempre. Pero el hombre rico en presentimientos recibe más correo y por más canales que el mortal común. Tiempos de hielo… Algo quedó ahí, congelado en la infancia de su mente, que hace a Adamsberg ser quien es: la misma gélida estrella que nos pinza el pecho cuando terminamos la lectura de una novela de Fred Vargas o de ver una temporada de The Americans. Sus devotos somos como los cofrades, que apenas pasa el Domingo de Resurrección empiezan a tachar en el calendario los días que faltan para la próxima Semana Santa.

Recemos por que las musas sean propicias a Fréderique Audouin-Rouzeau y Fred Vargas vuelva a la carga pronto. ¡Empiezo a medir los años más por la reaparición de la silueta de Adamsberg por las carreteras de mi horizonte lector que por los solsticios!

Foto: Jose Luis Chaín.

 

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