Cultura Transversal

“La justicia del Rey”

Posted in Arte Taurino, Autores, Censura y Libertad, Juan Manuel de Prada, Libros, Publicaciones, Sabiduría Universal by paginatransversal on 3 noviembre, 2015

JUAN MANUEL DE PRADA

por Juan Manuel de Prada – Dos cosas necesitan los pueblos para sobrevivir a sus enemigos (aparte de ayuda divina): amor a sus tradiciones y gobernantes que los defiendan frente a los poderosos del mundo. Estas cosas son las que España no tiene; y así nos luce el pelo: desarraigados de nuestras tradiciones, nos hemos convertido en gente alienada (¡oiga, no se pase, que somos ‘ciudadanía’!), desvertebrada, delicuescente, infestada por un enjambre de modas foráneas que nos obligan a vestir como si fuésemos mendigos yanquis, a desempeñarnos en la vida como si fuésemos finlandeses estreñidos y a alimentar nuestro espíritu con la alfalfa que nos enchufan desde una pantalla, para exterminio de nuestras neuronas; y, en cuanto a nuestros gobernantes, son solo lacayos de poderes supranacionales que les dictan todo lo que tienen que hacer, para beneficio de la plutocracia y escarnio del pueblo sometido a exacciones indecentes, apaleado por legislaciones laborales que dejan su trabajo reducido a cagarruta, convertido en piara que hociquea gustosa en la cochiquera, a cambio de subvenciones menguantes y entretenimientos sórdidos. Pero estas dos asistencias terrenas que ayudan a los pueblos a defenderse vienen de la mano; y cuando el pueblo desatiende o traiciona sus tradiciones, es justo castigo a sus pecados que sufra gobernantes que lo dejen desasistido.

Me hacía yo estas reflexiones leyendo un delicioso opúsculo de Gonzalo Santonja titulado La justicia del rey (Unión de Bibliófilos Taurinos, 2013), en el que se desempolva un episodio menor y anecdótico de nuestra historia; pero, como ocurre con las buenas historias, aquí la anécdota sirve para explicar cuestiones muy hondas. Como bien se sabe, san Pío V evacuó en 1567 una bula prohibiendo los espectáculos taurinos y amenazando con excomunión a los eclesiásticos que en ellos participasen, siquiera como espectadores. Felipe II hizo caso omiso de tal bula, sabiendo que sus súbditos se pirraban por los toros (y también sus curas, pues hasta había curas toreros en la época, según el propio Santonja nos revelase en algún libro anterior), y jamás permitió que rigiera en tierras españolas, por considerarla lesiva de sus tradiciones; en lo que dio un ejemplo de gobernante defensor acérrimo de su pueblo y también ejemplo de lo que un monarca católico debe ser, sumiso al Papa y paladín de la fe, pero enemigo de las injerencias pontificias en cuestiones que no son de su incumbencia (ya podían aprender los papólatras necios de hogaño).

Además de enfrentarse a san Pío V, Felipe II requirió a sus sucesores Gregorio XIII y Sixto V para que dejaran sin efectos la malhadada bula, que debió de inspirar algún malandrín de los muchos que pululaban (y pululan) por la curia vaticana; y los españoles siguieron corriendo y alanceando toros, como habían hecho desde muchos siglos atrás. Pero hete aquí que el obispo de El Burgo de Osma (que era señor del lugar y, además, hombre bragado, a juzgar por la etopeya que de él nos traza Santonja), harto de que sus fieles se solazaran corriendo a los toros en la plaza de la villa, prohibió las fiestas taurinas, en aplicación de la bula pontificia. El concejo entonces reclamó justicia al rey; y Felipe II se la concedió, contrariando la bula pontificia y la prohibición episcopal. Gonzalo Santonja nos narra toda esta accidentada peripecia con una escritura chispeante de erudición y socarronería, ingenio y donaire, que refresca el magisterio de nuestro Siglo de Oro, hasta completar un libro sabrosísimo que muy encarecidamente les recomiendo.

No hace falta añadir que contrariar la voluntad de un papa era entonces mucho más osado que contrariar hoy los mandatos de la Unión Europea, Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional juntos (y aun revueltos); no hace falta añadir que obligar a envainársela a un obispo con título de señor era mucho más intrépido que obligar hoy a envainársela al banquero más poderoso. Pero para eso fueron elegidos los reyes: para proteger a sus vasallos frente al capricho o el interés de los poderosos; claro que aquellos vasallos estaban dispuestos a defender hasta la muerte sus tradiciones.

Ahora no somos vasallos amantes de nuestras tradiciones y gustosamente sometidos a un rey que nos protege, sino ciudadanía huérfana de tradiciones, embaucada con la alfalfa de los derechos y libertades, que es el placebo con el que la plutocracia nos mantiene entretenidos mientras se dedica a chuparnos hasta la última gota de sangre, y nuestros gobernantes laissent faire, como muy liberales lacayos, esperando que luego los recompensen con un puestecillo en algún consejo de administración o una sinecura en alguna institución supranacional. Y la ciudadanía que se coma los mocos.

www.xlsemanal.com/prada
www.juanmanueldeprada.com

Fuente: Finanzas.com

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: