Cultura Transversal

Por arte de magia

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones, Teatro y Artes Escénicas by paginatransversal on 3 noviembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Hablábamos el otro día sobre el nuevo caso del comisario Jean-Baptiste Adamsberg publicado por Siruela, Tiempos de hielo, una novela en la que Fred Vargas se las arregla para agitar en la coctelera una intriga criminal urdida en torno a la nefasta memoria del guillotinador Robespierre y, al tiempo, dar ocasión a su detective de enfrentarse a un afturganga, rugiente presencia maligna que sigue defendiendo con uñas y dientes su territorio en un remoto islote de Islandia. Pero nos deteníamos, sobre todo, en el don para las corazonadas de Adamsberg, en esa indestructible confianza suya en la bondad de las mismas y en la constatación de que, dejándose guiar por ellas, viene a demostrarnos que un buen policía no es, en el fondo, nada distinto de un buen mago. Y es cierto. Cuando adivinan qué carta ocultamos en el bolsillo de la chaqueta o en qué ciudad estamos pensando, los buenos magos, ¿no nos transmiten la sensación de que realmente nos han leído el pensamiento, de que no hay truco, trampa ni cartón, sino una suerte de poder intuitivo o de dominio del arte de la corazonada gobernando sus actos?

Es lo que yo, por lo menos, siento cuando veo metido en faena ilusionista a Pablo Raijenstein, a quien conocí meses atrás en la presentación de un libro de La Felguera –Valle-Inclán y el insólito caso del hombre con rayos x en los ojos- y que triunfa ahora en el Artistic Metropol con su espectáculo Mentalismo en el cine. Un sitio nada mal escogido, porque la calle de las Cigarreras, a tiro de piedra del Rastro, se contará entre las más cortitas de la capital, pero reúne en sus pocos metros alicientes de sobra para disfrutar de una noche de sábado.

Y es que al lado del Artistic Metropol abrió hace cosa de medio año un restaurante con nombre de odeón –El Ideal– que viene de perlas para hacer acopio de proteínas a los amantes de la magia y de las películas de terror asiduos del más minúsculo de los minicines, único lugar por mí conocido donde pude uno encargar proyecciones privadas de sus títulos favoritos. El suculento revuelto de trigueros con gambas o las croquetas de jamón son servidos, además, por un camarero de los de antes, uno de esos magos de la barra que, allá donde media docena de colegas instalados en el oficio con las malas artes de una plaga de chinches se las ven y desean nada más que para tomar nota a la clientela, despachan en solitario y en nada seis toros sin enseñar los tirantes ni pararse un momento a tomar aire o tragar saliva.

La torería, en efecto, también aflora en el vuelo de una bandeja, como en el voilá con que, ceremonioso, abre su maletín el mago. En la línea de los grandes de su gremio, esos reyes de las varietés en cuyo retorno nos hace volver a creer como el camarero del Ideal en los del suyo, Raijenstein aúna en su espectáculo ilusionismo, intuición, mensajes subliminales, labia, una pizca de espiritismo -que nos sirve para constatar cuánta razón al respecto tenía René Guénon- y ventriloquía: esta última disciplina, en tándem con el muñeco Little Danny, con quien pone en escena uno de los números fuertes de la noche. El mago cosecha aplausos también en otro showMadrid Fenómenos Extraños– que escenifica los viernes en la tienda de antigüedades Santa y Señora, en la calle de Santa Ana, también por ahí por el Rastro y donde, años atrás, sucedieron algunos hechos de peliaguda y sobrenatural índole. Es una de las causas ganadas del mago: volver a poner de actualidad los rincones tétricos de Madrid, hacer perdurable su aura siniestra.

El pase del Artistic Metropol lo termina Raijenstein Biblia en mano -hay que protegerse de algunas de las influencias psíquicas evocadas- y pidiendo a los concurrentes que, si les ha gustado Mentalismo en el cine, lo recomienden a sus amigos y, si no ha sido de su agrado, a sus enemigos. Nosotros se lo recetamos a los primeros, pues con quienes nos son adversos, pese a no desearles mal alguno, tampoco queremos coincidir demasiado y seguro, además, que tienen muchos otros sitios -mismamente, la isla del afturganga– por donde dejarse caer… e ideales para desaparecer como por arte de magia. Lo de Raijenstein, ya digo, a los amigos.

Foto: José Luis Chaín

 

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