Cultura Transversal

“Signor Hoffman”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 19 noviembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Nunca he montado en un SAAB. Sé que es un automóvil de fabricación sueca sólo por la reiteración con que aparece en los crucigramas. El coche SAAB es, en efecto, junto con el buey Apis, el dios Ra, el tas o yunque de platero, el río suizo Aar, el antiguo nombre de la capital de Japón (Edo) y el uro, variedad de toro extinta en Europa desde hace la pera, una de las palabras que más se agazapan en las casillas de estos pasatiempos. La única vez que me he subido a un SAAB ha sido hace nada, durante la lectura de Signor Hoffman, el nuevo libro de relatos de Eduardo Halfon, y la verdad es que el utilitario resulta de lo más cómodo para recorrer en su asiento de copiloto, camino de Belice, las mal apisonadas carreteras de la jungla guatemalteca.

Con Guatemala me sucedía lo que con el SAAB: que nunca había estado. Resulta indudable, sin embargo, que se trata de un país muy literario. Allí, en connivencia con la CIA y con todas las bendiciones de la versión nacional de la iglesia evangelista, se esmeró el ejército en los años 80 en el asesinato en masa de indígenas, y los mandos militares esforzados desde entonces en encubrir aquello y esa poderosa iglesia dominante por tales pagos acaban ahora de aupar al poder, con la oportuna colaboración de las urnas, al cómico Jimmy Morales… Me pregunto si con acierto, pues parece no tratarse de gente con demasiada gracia. Aún recordamos al difunto presidente Ríos Montt ordenando fusilar a varios disidentes sólo para ofender al Papa, que había pedido clemencia para ellos, en la víspera de su visita. Así que no creo que el nuevo mandatario atesore el sentido del humor suficiente como para liberar de su jaula al deficiente mental para el que su misérrima familia, en uno de los relatos del libro de Halfon, no concibe otra terapia que encerrarle en una jaula.

De Halfon habíamos leído sólo novelas, unas publicadas –como este nuevo título- por Libros del Asteroide y otras por Pre-Textos, caso de La pirueta, personal homenaje al talento musical gitano, una de las debilidades de este escritor judío, cuyos abuelos nacieron en Polonia y Oriente Medio, como lo es de Ole Swing, banda ibérica seducida por el jazz manouche y los ritmos romaníes de los Balcanes, que en su nuevo disco –Sueño gitano (Youkali Music)- han jugado a fusionar con la copla, contando en su versión de Volando voy con la voz de Antonio Carmona. Y toda esa obra de Halfon, incluidos estos cuentos, viene a girar en torno a dos ejes: el viaje como compás ininterrumpido de la vida –el otro día publicó en The Guardian un artículo en el que venía más o menos a descubrirse en retrospectiva como un exiliado etéreo de su Guatemala natal- y la sucesión de perplejidades a que aboca al individuo una identidad perpetuamente evanescente y sobre las hojas de cuyo pasaporte nunca termina de saberse cuántas visas hace falta estampar para que las cuentas cuadren.

Ignoro si en verdad fue E. T. A. Hoffman, un escritor de género fantástico, quien se inventó los apellidos hoy llevados por miles de judíos del Este de Europa (no el suyo, pues “Halfon venía de una palabra del hebreo antiguo, o del persa antiguo, que significa aquel que cambia de vida”). Lo mismo, sí. O no. El caso es que igual da personarse, como en estos cuentos, en la frontera con Belice que en el apartamento de una melómana negra y espectral en Harlem o en la casa del gueto de Varsovia donde setenta años atrás, antes de ser conducido al campo de concentración donde conoció al boxeador polaco, vivió el abuelo. Esa incertidumbre mercurial y alada –o esa suave certeza- siempre está ahí, acariciando las sienes del viajero.

Y no sé si en España más que en Guatemala. La otra noche, ya tarde, tuve que ir a Atocha. No me había fijado en que todos los asientos que, antes, permitían esperar durante horas el enlace con tu tren sin abandonar el recinto… han sido retirados. El único lugar donde puede uno reposar el nalgatorio sin pagar, y cuya dureza te disuade de inmediato de hacerlo, es el basamento de hierro, basalto o lo que sea de la estatua de Úrculo, alzada junto al invernadero y las tortugas y bautizada como El viajero, pero que, en realidad, y a fin de expresar correctamente su verdadera función, la de mantener fuera de la estación a eventuales pobres cansados o viajeros con billete, pero que no pueden permitirse tomar habitación en un hotel para sólo cuatro horas, debiera llamarse El sin techo.

Sospecho que se descansa mejor en un SAAB sin batería, desvencijado y abandonado en las inmediaciones de la estación, que en ella. Y que resulta más hospitalario. En RENFE, mucho me temo, no han captado a fondo la esencia del viaje ni leído a E. T. A. Hoffman con atención, porque, la verdad, no es necesario añadir a su transcurso dosis excesivas de perplejidad. Bastante perplejos caminamos ya…

Foto: José Luis Chaín

 

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