Cultura Transversal

El pasaporte apache

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 25 noviembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Cuando la policía francesa encontró en el Bataclan el pasaporte de uno de los terroristas que se habían hecho saltar por los aires al lado de los escasísimos y pulverizados remanentes físicos de su titular, no pude menos que pensar en cómo la de Nueva York fue a dar también el 11-S, entre un inmenso amasijo de escombros y restos humanos calcinados, con el de un señor llamado Mohammed Atta. Desde luego, no cabe sino felicitar a Arabia Saudí y Siria por la extraordinaria calidad del papel que utilizan para confeccionar los documentos de identidad. Y si, como en estos días se dice, se trata de un pasaporte espurio emitido por una mafia de tráfico ilegal de inmigrantes, pues mi enhorabuena al falsificador en cuestión, porque el mío, pese a la vida tan en extremo pacífica que llevo, está hecho trizas y necesita de una renovación urgente.

En el mundo globalizado, esto de la identidad se está convirtiendo en un galimatías cada vez más abstruso. Lo de La camisa de guerra, relato en el que Dorothy M. Johnson contó la historia de Señal de Medicina, un bravo guerrero cheyenne a quien se supone un señorito rostro pálido que, con ayuda de los Sabios de Arriba, accedió al estatus de miembro de la tribu y ganó al tiempo el corazón de Mujer Hierba tras desgarrar sus carnes danzando atado al Eje del Mundo, es una minucia en comparación con lo que pasa hoy. El título viene a propósito de la casaca lucida por el cheyenne, festoneada con garras de oso y caballeras de enemigos, ornamentos que eran en la época el último grito en las grandes praderas, toda una seña de identidad, como ahora lo es en Oriente Medio llevar en el bolsillo un pasaporte indestructible, algo que yo sólo creía posible para los versados en, como mínimo, la brujería apache.

Claro que mi juicio estaba muy influido por la reciente lectura de La última galopada, de Thomas Eidson, publicada también por Valdemar en su colección Frontera: la historia de Samuel, un blanco metido a indio -otra vez lo de la identidad- que poco antes de morir, para protegerla de la vesania de un chamán en pie de guerra con su partida y enseñar a su nieta los secretos de los sueños, regresa junto a la familia a la que un lejano día abandonó sin poder explicarles por qué. ¡Nunca es tarde si la dicha es buena y los antepasados lo aconsejan en sus visiones!

En esta novela se inspira la película Desapariciones, con Tommy Lee Jones y Cate Blanchett, pero quien haya visto esta no debe por ello dejar de leer aquella, pues la obra cinematográfica se da aire, claro, a la literaria… pero poco más. El Samuel Jones de Eidson y el encarnado por Tommy Lee Jones son jinetes de otra pasta y otro molde. El de la novela sí encarna de verdad a un hombre que ha logrado no sólo transmutarse en habitante de un mundo distinto del suyo natal, sino también del universo sutil y etérico, donde, para salir de los aprietos, como en este de una pera o una cuerda, se echa mano de los poderes de la naturaleza, los astros y las almas idas que por él pululan. Su lucha a distancia contra el hechicero piel roja es vivida por el lector con celo y emoción hipnóticos y fascinación de adolescente colado como polizón en un bergantín corsario. Cabalga con Samuel, dispara con Samuel, piensa con Samuel… Magnífico.

Volviendo al enigma del pasaporte, tal vez sería él, el Samuel de La última galopada, la persona a quien recurrir. La verdad es que, si los franceses sospechan de su falsedad, no debería ser difícil dar con quien lo colocó allí. Ello debió suceder cuando la zona había sido ya sellada por la policía, con lo que el espectro de posibles sospechosos –exclusivamente, personas con permiso de acceso a la misma- se reduce enormemente: de hecho, sólo habría que incluir en la lista a personas de muy pocos y determinados perfiles profesionales… Y bueno, si el recurso a los métodos detectivescos lógicos se considerara irreverente, siempre queda el remedio proporcionado en su novela por Eidson para deshacer un conjuro apache realizado en el interior de un círculo, es decir, dentro de un espacio acotado, como el Bataclan tras el ataque terrorista: “La pequeña fotografía”, leemos “estaba apoyada contra una pitera de agave en el centro, cerca de los ojos marchitos de alguien. El largo pelo de la cola de animal, probablemente del ruano, estaba enroscado alrededor de estas cosas, y todo estaba salpicado con polvo de mica y polen de espadaña”. Resumiendo: hay que quemar los ojos, el pelo y la fotografía –en este caso, el falso pasaporte- en una hoguera de mezquite, como hace Samuel… y esperar resultados. Dicho queda.

Yo, desde luego, me fío de Samuel y sus métodos, porque no puede uno sino hacerlo de quien, como él, muere toreando, por así decirlo, como tuvo la fortuna de exhalar su último aliento El Ranchero Aguilar: en el campo, a mitad de un muletazo. O, en su caso, de un mandoble de tomahawk o de un reto lanzado a galope tendido.

Por cierto: Edison, nos recuerda en la introducción Alfredo Lara López, vive. Es un escritor de novelas del Oeste contemporáneo nuestro. Y parece ser que escribe mucho en las cafeterías de los aeropuertos, mientras espera el avión. Allí, entre café y café de máquina, le salta un indio a la corbata. Si ha de hacer usted un vuelo largo, no olvide llevar consigo una novela suya.

Foto: José Luis Chaín

 

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