Cultura Transversal

La maldición de la momia

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 1 diciembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Los cadáveres embalsamados en el antiguo Egipto, primero por la realeza y la casta sacerdotal y, más adelante, también por todo hijo de vecino que pudiera permitirse el gasto, han alentado morbosas fantasías y nutrido la inspiración de los literatos durante generaciones. Antonio José Navarro ha compilado algunos de los más significativos relatos del género, agrupándolos bajo el título de La maldición de la momia en un volumen publicado por Valdemar y que, en rigor, contiene no uno, sino dos libros, y no sólo por su grosor.

El primero es el compuesto por los relatos de Conan Doyle, Kipling, Clark Ashton Smith… que integran el índice. El libro oficial, en fin. El otro, no menos entretenido y sobre el que consideraríamos imperdonable pasar de soslayo, sería el conformado por el breve, pero ilustrativo ensayo de Navarro sobre los orígenes y el desarrollo de la creencia popular en la capacidad de las momias para resucitar, así como por los apuntes biográficos de los escritores por él incorporados a la antología. De los cuentos, unos gustarán más que otros a cada lector, pero ninguno acusa ni por asomo falta de encanto o de valor histórico: desde el de Rohmer, considerado más o menos fundador del género y en el que vivimos paso a paso la persecución nocturna de una momia por las salas del Great Portland State Museum, hasta el de Leadbeater, tan inane como la Sociedad Teosófica que su autor comandara junto a H. P. Blavatsky.

En cuanto a los antedichos perfiles, Navarro nos presenta en ellos a un buen puñado de raras avis, por decir poco, si exceptuamos a los autores españoles y contemporáneos nuestros incluidos en el listado: el recientemente fallecido Jose María Latorre, Pilar Pedraza y Norberto Luis Romero, en su día compañero de fatigas de quien suscribe en la revista Generación XXI y en cuya peripecia humana no detecta Navarro más afinidad, la verdad, con las atmósferas de ultratumba que una “sombría visión del mundo y de los seres humanos”. Pero fíjense en Conan Doyle: fue uno de los principales propagadores de las creencias espiritistas. Por supuesto y como podemos leer en Memorias y aventuras, el balance de su vida asimismo editado por Valdemar, viajó a Egipto. Y decía cosas tan curiosas como que, a veces, en algunas sesiones, ciertos espíritus habían materializado sus manos diestras a fin de poder estrechar la suya al saludarle. ¡Un detalle!

Sax Rohmer, padre de Fu Manchú y, por tanto, una especie de bisabuelo de Bin Laden, también fue un apasionado de los misterios del antiguo Egipto. Henry Iliowizi, nacido en Rusia y que acabó sus días como Gran Rabino de la Sinagoga de Minneapolis, entrelaza en su narración la temática egipcia con las raíces coránicas de la versión musulmana del mito del Judío Errante. Pero la historia más cautivadora es la de Louis Hamon, que ejerciera como vidente para las estrellas de Hollywood y experimentó en carne propia aquello de la maldición cuando un amigo agradecido le regaló un brazo momificado de la princesa Meritatón, hija de Akenathon. El aristocrático despojo le causó tantos desvelos que una noche decidió quemarlo, momento decisivo en el que el espectro de la princesa, precedido por un viento huracanado, penetró en su mansión para rescatarlo de las llamas de la chimenea y llevárselo consigo. Tras ello, Hamon no pudo sino escribir a Lord Carnavon, que andaba por Egipto enredado en la búsqueda de la tumba de Tutankhamon: “Ahora sé con certeza que los antiguos egipcios tenían amplios conocimientos sobre energías de las que actualmente no sabemos nada. En el nombre de Dios, te pido que tengas cuidado con lo que haces allí”.

Todo esto comenzó, al parecer, bastante antes del descubrimiento de la famosa sepultura en cuya trastienda pretende ahora una partida de osados llegar a descubrir la momia de Nefertiti. En concreto cuando, una noche de 1902, la momia de Ramsés II hizo cundir el pánico en el Museo de El Cairo al alzar inesperadamente un brazo y reducir a añicos el cristal. Después vendría, por supuesto, la momia de una sacerdotisa de Atón que fue dejando tras de sí un notoria estela de muertes antes de -con las consecuencias conocidas- ser embarcada en el primer y único viaje del Titanic. O la de Seti I, que también trajo cola si tenemos en mente que la egiptóloga Dorothy Louis Eady (1904-1981) llegó a ser reconocida por bastante gente como, aparte de una chiflada apacible y una erudita en lo referente a los tiempos de aquel reinado, una “reencarnación” de Omm Seti, amante en un lejano día del susodicho faraón.

Si por fin los arqueólogos dan con Nefertiti y sus tesoros, es de esperar que el hallazgo desencadene una nueva maldición, con lo que el resurgir del género quedará asegurado para unas cuantas décadas. Suponiendo, claro, que las momias aún estremezcan a alguien en el museo de estupidez y satánica inanidad en que Occidente se ha convertido. Habrá hasta quienes pretenden convertir el asunto de la exhumación en materia feminista, o algo así.

¡Sobre ellos caiga todo el peso del pertinente conjuro!

Foto: José Luis Chaín

 

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