Cultura Transversal

Un perrito en “Nebraska”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 7 diciembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Semana aromada con más fragancias de los años 30 que la por mí pasada hace no mucho… ¡Imposible! La empecé leyendo el nuevo título de Antonio Manzanera, Nuestra parte del trato (Umbriel), cuarto ya del autor español de novela negra que más ha logrado interesarme por la naturalidad, el buen ritmo de narrador y la pericia para reconstruir escenarios de que hace gala en sus tramas, ya las ambiente en la Guerra Fría, la América subterránea de la ola de conjuras levantada por la presidencia de Kennedy o, como en este caso, en la Barcelona sacudida por la contienda civil.

En el reparto de la entretenidísima novela toca jugar un papel importante a Orlov, el general del NKVD soviético que echó el resto en la gestión de cuanto tuvo que ver con el secuestro y crudelísimo asesinato de Andreu Nin, y he aquí que, sin haber acabado de leerla, me invitan al teatro -al Arlequín, en concreto- a ver Mi princesa roja y allí, hundido en la butaca, voy a cruzarme de nuevo, aunque sólo en un cameo, con Orlov, interpretado por Fernando Álvarez de Lara en un musical de Álvaro Sáenz de Heredia que recrea los amores de José Antonio Primo de Rivera con la escritora Elisabeth Asquith, hija de un Primer Ministro británico, tía abuela de Helena Bonham-Carter y princesa por su matrimonio con el diplomático rumano Antoine Bibesco. Un idilio clandestino que, en fin, creo que fue -en su libro El hombre al que Kipling dijo sí– el comentarista deportivo José Antonio Martín Otín el primero en hacer público.

En esta opereta tecno, donde Juan Carlos Barona -que triunfara en la Gran Vía envuelto en la capa del Fantasma de la Ópera– da vida a Primo de Rivera e Irene Mingorance a su amante, voy a darme de cara, además… ¿Imaginan a Antonio Bienvenida, liado ya el capote de paseo, entonando con el inalámbrico prendido en la oreja un tema de Mecano? Bueno, pues eso no es nada. En Mi princesa roja aparece nada menos que Azaña, señor gordo y con levita y gafas de culo de vaso, cantando en la línea melódica de José Luis Rodríguez El Puma en una inenarrable escena que no podía sino reavivar hasta el paroxismo mi fascinación por aquellos años en los que uno creía que quien musicalmente había cortado el bacalao era Estrellita Castro.

Si no erramos, Don Manuel Azaña vivía poco menos que prisionero en Barcelona –y para nada cantando por El Puma– en la época en que Urquiza, el agente de Franco protagonista de la novela de Manzanera, recorría las calles de la ciudad buscando el modo de cargarse a Negrín, jefe del gobierno y, por cierto, amigo del fundador de la Falange, con ayuda de unos menesterosos del POUM, el partido de Nin. Es curioso: fui a ver la obra el 20 de noviembre, aniversario del fusilamiento de su protagonista. Pura casualidad, claro, pues el único aniversario que cuando el acomodador nos cortó las entradas tenía en mente era el de los sesenta años que lleva abierto Nebraska, donde, antes de pasar por taquilla, había entrado a comer un perrito aderezado con ese tomate y esa mostaza especiales de la casa que le confieren un sabor inconfundible. Si lo de Azaña cantando por El Puma me pilla con el hot dog en la mano, no sé hasta dónde habría podido arrastrarme el entusiasmo dadaísta.

Claves, en fin, que habría que probar a descifrar con ayuda de aquella máquina de descodificación prestada por los nazis a Franco y, en Nuestra parte del trato, desaparecida y a la que siguen el rastro por Barcelona tanto Urquiza como Orlov y Kim Philby. Aquellos fueron años en los que todo el mundo buscaba algo o a alguien: un vale para comida, a un pariente, un documento de identidad falso, amor carnal desesperado y rápido, un camino por el que pasarse al otro lado o huir a Francia, un cadáver, dinero, un arma… Y los espías, entretanto, disponían las cosas de modo que un día, acabada la escabechina, se pudiera buscar el oro de Moscú, el cuerpo de García Lorca –actor también en la obra de Sáenz de Heredia- o a los nazis camuflados en España tras la caída del III Reich. Novelas tan trepidantes como las de Antonio Manzanera no habrían sido posibles a falta de la abnegada labor de los espías que nos matan, intrigan, acosan y seducen durante las guerras civiles.

A los escritores nos honraría reconocer de una vez por todas esa deuda y rendir sentido y público agasajo al espía desconocido. Hasta no cumplir con ese cuasi sagrado deber, no podremos decir que hemos cumplido con nuestra parte del trato. Y es de bien nacidos el ser agradecidos…

Foto: José Luis Chaín

 

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