Cultura Transversal

Enrique Morente vuelve por Navidad

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 13 diciembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – En una ciudad tan flamenca como Madrid no podía faltar, en este diciembre, la zambomba jerezana que, acaudillada por Diego Carrasco, Tomasito y Juañarito, ha triunfado por todo lo alto en La Latina. Ni el homenaje que, en La Quimera y por iniciativa de Javier Villán y Antorrín Heredia, un puñado de devotos -Jesús G. de la Torre, Salomé Pavón, Joaquín Pacheco, Antonio Lucas, Jesús Soto de Paula, Paco Manzano y la guitarra de Reza Jaffar, entre otros- rendimos a Rafael de Paula. Ni, en el ciclo cantaor de Casa Patas, los ecos tornasolados en ígneos quejidos de Juana la del Pipa y La Macanita, con Manuel Valencia a la guitarra. Y en las Navidades también, justo antes de la fiesta de presentación del nuevo número del Club de la Vida Buena de Javier Castro-Villacañas, nos ha llegado de la mano de Warner la colección remasterizada de los primeros discos de Enrique Morente, querido amigo que, si granadino de cuna, hizo de los conciliábulos flamencos capitalinos la base de operaciones de su carrera y era, al final de su vida abruptamente cortada, un escorzo clave en el paisaje madrileño.

Todo el trabajo de remasterización y la dirección artística del proyecto han corrido a cargo de José Manuel Gamboa, íntimo de Enrique que, a fuer de seguir su trayectoria, ha estudiado a fondo su obra. Suyo es, claro, el excelente texto biográfico del libreto que acompaña a los discos, al que se suman otro de Pedro G. Romero y una entrevista de José Luis Ortiz Nuevo.

El estuche de …Y al volver la vista atrás –gesto de remembranza que pocos no practicamos en las Pascuas, tan propensas a la nostalgia- contiene los cinco primeros álbumes morentianos más uno de rarezas no publicadas antes y que incluye dos versiones de sus tangos de aroma cañorrotero con Manzanita y Amador Losada a la guitarra, a fuer de un fandango presuntamente alusivo a la muerte de Carrero Blanco y grabaciones con Gualberto de Smash, entre otras sorpresas. Nos encontramos, en suma, ante la memoria fonográfica del Enrique Morente que, si bien ya llamaba la atención por sus melismas de nuevo cuño, aún no había cuajado en esa figura icónica del panorama flamenco, ni en el incendiario de corazones de Omega ni en el cantaor reconocido por sus compañeros que, en sus últimos años, logró ser. La colección encarna la huella artística e intelectual dejada en los surcos del estudio por quien, por aquellos días, en rigor era Enrique: el cantaor irrumpiente que -peregrino por tertulias, peñas, juergas y tablaos- bebía sin descanso de las fuentes fundamentales, entregado a una prolongada libación que, andando el tiempo, le permitiría -precisamente, por haber absorbido mucho y, a menudo, sin hielo- aportar esos giros, ideas e intuiciones que imprimieron sello a su hacer cantaor.

Con portadas al estilo de la época, esas que Carlos Lencero llamaba “de carnet de identidad”, rezuman ante todo -al menos, a mi parecer- dos cosas: afán perfeccionista -Enrique siempre se esforzó mucho por no dar puntada sin hilo- y aroma a tablao, pues fue en los camerinos, la barra y los escenarios de cenáculos como El Corral de la Morería, Zambra, Las Cuevas de Nemesio o Cafe de Chinitas donde tomaron cuerpo sus vivencias y aspiraciones artísticas, para cuya templanza buscó lumbre al lado de voces más veteranas (las de Porrina, Sernita, los Culata o El Pili) o de ecos de su quinta y movidos, como él, por la aspiración de acertar a dar con un camino cantaor propio (Ramón El Portugués, Camarón, Juan Cantero, Amador de Los Chorbos, Indio Gitano, Marelu…). Cantes como la caña, el mirabrás o la malagueña se escuchaban, mucho en efecto, en los tablaos de entonces, es decir, en una época bastante cercana en el tiempo (pese a que tales palos parezcan casi haberse evaporado hoy, como por ensalmo, del repertorio cantaor). De algún modo, escuchar estos discos supone, pues, retornar con el oído a aquellos años en los que uno –yo- aún era niño y que no puede evocar sino con entrañable añoranza.

En el primer disco (1967) contó Enrique con la sonanta de Félix de Utrera y, para el segundo (1969), con la de un eslabón clave en la historia de la guitarra: Niño Ricardo. Perico el del Lunar y Parrilla de Jerez fueron sus acompañantes en el siguiente, su homenaje a Miguel Hernandez (1971). Y Manzanita, Luis Habichuela y Amador Losada tomaron el testigo en Se hace camino al andar (1975) antes de que, en el ambicioso Homenaje a D. Antonio Chacón (1977), naciera la perdurable, entrañable y brillantísima pareja que, durante años, formaría en los escenarios con Pepe Habichuela. Como el aficionado apreciará en el índice, no fue hasta el cuarto álbum que Enrique se adentró en el estudio de grabación en el mundo de los tangos, prodigándose mayormente en diferentes estilos de siguiriyas y soleares y en los cantes libres, palos estos últimos -cartagenera, minera, malagueña…- en los que alcanzó una especial maestría.

Más allá de todo esto, me quedo con la emoción que me ha regalado volver a escuchar –ya en el aire el cascabeleo de los trineos navideños- la voz de Morente (y del Morente de entonces). Que sigas cantando allá donde estés, querido Enrique. Y Felices Pascuas.

Foto: José Luis Chaín

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