Cultura Transversal

El Señor del Mundo

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones, Sabiduría Universal by paginatransversal on 19 diciembre, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Entre las novelas publicadas en 2015 por el sello Stella Maris se cuenta y debe ser destacada una auténtica curiosidad. Su portada viene tapada por una cubierta -rojo comunista, como el vestido lucido hace poco en Pekín por la Duquesa de Cambridge- que esconde tanto su título como el nombre del autor y sobre la que únicamente puede verse la cabeza de una gárgola y leerse la pregunta: “¿Qué oculta la novela que el Papa Francisco recomienda continuamente?” Sólo retirando esa funda de papel colorado averiguamos que se trata de El Señor del Mundo, de Robert H. Benson, sobre quien tampoco hallamos ninguna información en la contraportada o las solapas interiores.

Acudiendo a otras fuentes, nos enteramos de que el autor nació en 1871 y falleció en 1914. También, de que -imaginamos que para disgusto de su progenitor, Arzobispo de Canterbury- fue ordenado sacerdote católico. Y, por fin, de que su novela -lo que se conoce como una distopía, es decir, una fantasía futurista de orden político y religioso y, en este caso, anunciadora del Fin del Mundo- vio por primera vez la luz de la imprenta en 1907. Para entonces, hacía ya setenta y tres años que otro converso como él, el beato John Henry Newman, había dado a conocer desde el púlpito los que, andando el tiempo, serían conocidos como sus Cuatro sermones sobre el Anticristo, personaje central también en la trama de Benson. Hay, por cierto, edición española (El Buey Mudo, 2010) de estas pías arengas.

Una novela de estas características obliga un poco a su autor a elaborar una especie de Tierra Media o Región y, en el mapa geográfico sobre el que transcurre El Señor del Mundo, el reparto del orbe se lo guisan y comen sólo tres poderes políticos: América (que incluye la del Norte y la del Sur), el Imperio de Oriente (que abarca Rusia desde los Urales, todo Asia, Australia y Nueva Zelanda) y un tercer bloque, los Estados Unidos de Europa, integrado por la totalidad de Europa y África. En el segundo, regido por una dinastía sino-nipona, la población practica diferentes religiones tradicionales. En los otros dos, donde ha triunfado el comunismo, la gente es adepta de la nueva religión, un vago humanitarismo laico y materialista cuyos sacerdotes son los eutanasiadores, que en los actos públicos imita los rituales religiosos y, en sus creencias, parece anticipar el cosmismo soviético. El catolicismo sólo pervive como religión oficial en Irlanda y la ciudad de Roma, donde moran junto al sucesor de Pedro las cabezas de las Casas Reales defenestradas, así como en el ámbito de la vida privada de algunas capas de la población de todo el mundo, pero sufriendo el acoso de las autoridades y constantes defecciones en favor de la masonería.

Curiosamente, es en Londres donde desde 1917 impera el comunismo, una elección literaria que no puede extrañar, pues tal era la previsión -sin duda, conocida por Benson- de Marx. Sorprende, sin embargo, la exactitud de la fecha… Por otra parte, la cierta ambigüedad del narrador a propósito del papel a jugar por el Imperio de Oriente recuerda a ráfagas al Relato del Anticristo de Soloviev, que Benson, a buen seguro, también leyó. El Papa bajo cuyo pontificado transcurre la historia es Pastor Angélico, lema nostradámico que –el autor no podía saberlo, claro- recayó en Pío XII, quien gobernó el timón de la Iglesia entre 1939 y 1958 y no alcanzó a poner pie en el siglo XXI. La descripción de la vida en las ciudades de Occidente semeja, finalmente, una anticipación de la Metrópolis de Fritz Lang.

Quizá lo más interesante de todo sea que, en su novela, Benson no denomina comunismo al bolchevismo, que aún no se había impuesto en ningún país cuando él murió, sino más o menos al tipo de pseudo ética, basada en la adoración fetichista de la ciencia y el odio a todo lo sobrenatural, que prima hoy en Occidente, por lo que, en ese sentido, el talante visionario de su novela se revela como extraordinariamente lúcido. No es de extrañar que el Papa Francisco haya expresado su impresión –en su homilía del 18 de noviembre de 2013, se nos dice- de que Benson parezca estar retratando no el mundo de 1907, sino el de hoy (donde el laicismo, como leemos en su novela, “se está convirtiendo en una religión organizada, aunque contraria a lo sobrenatural”), y con una agudeza visionaria que difícilmente creería nadie posible atribuir a quien ni siquiera pudo llegar a conocer la I Guerra Mundial.

En vísperas del cambio de siglo, jalón temporal necesariamente preñado de jaculatorias catastrofistas, y ajenos a que la distopía de Benson se superponía cronológicamente a nuestro mundo, nos dio por escribir y publicar El príncipe que ha de venir (Muchnik Editores, 1999), una obra sobre la venida del Anticristo y las profecías milenaristas presentes en el acervo de todas las tradiciones espirituales. Si más o menos atiné en la forma de describir el clima de simpatía por el diablo reinante en el mundo occidental, lo ignoro. Y, si algún acierto ha de anotárseme, no se debe olvidar que, al fin y al cabo, escribía sobre mis contemporáneos. Lo que impresiona poderosamente de la novela de Benson es la naturalidad, el realismo, la fidelidad descriptiva y la fotográfica precisión con que, en 1907, retrata los modos, el talante, el tono y el humor blasfemo, centrado en la burla de lo sagrado, característicos del occidental medio de nuestros días. No es que la novela no haya envejecido: es que estaba más de cien años adelantada a su época y parece como escrita con el expreso propósito de que, justo un siglo después de su publicación, nosotros nos diésemos cuenta. Ya sólo tan infrecuente rasgo haría de ella un libro insólito, más allá de su carácter de obra de referencia del canon apocalíptico.

Por lo demás, la figura de su protagonista, Julian Felsenburgh, el hombre que promete pacificar la Tierra entera a condición de que la totalidad de la humanidad renuncie a la creencia en Dios o en cualquier otra realidad sobrenatural, no puede resultar sino familiar a quien lea con alguna frecuencia las declaraciones de, por ejemplo, Hillary Clinton, o a quien haya reparado en que, en el establishment político europeo y norteamericano, suman legión los altos funcionarios declaradamente ateos o, en su defecto, adscritos bien a alguna pseudoiglesia más bien ecléctica o apropiadamente “étnica”, o bien a un judaísmo sólo formal y al que los vinculan intereses políticos y económicos más que propiamente religiosos (un judaísmo en el fondo gentil, por decirlo de algún modo). Tras leer esta novela -¿es una novela?- nos es casi imposible -aunque ya pocas dudas teníamos- percibir en cualquier aspirante a presidente de un país otra cosa que una torpe microversión, como para tele local, del Anticristo. Lamentablemente, ya no queda apenas nadie que, como Valle Inclán en la noche del estreno de El hijo del diablo de Joaquín Muntaner en el Fontalba, se levante en el patio de butacas y grite:

-¡Muy mal! ¡Muy mal! ¡Muy mal!

Y, sin embargo, la realidad es esa. Muy mal, señores…

Foto: José Luis Chaín

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