Cultura Transversal

Simbolismo del petróleo

Posted in Autores, Esaúl R. Álvarez, Sabiduría Universal by paginatransversal on 16 enero, 2016

ESAUL ALVAREZ SIMB PETROLEOpor Esaúl R. Álvarez “Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima.” J.L. Borges, ‘Deutsches requiem‘ (1932).

Debido al olvido generalizado del sentido simbólico el hombre moderno vive apegado a interpretaciones generalmente muy prosaicas y simplistas del mundo que le rodea. Estas interpretaciones, además de no proporcionar al hombre un sentido trascendental de su existencia que le sea útil para su vida cotidiana -lo que sí hacían los antiguos mitos-, proporcionan un marco idóneo para la difusión del discurso falaz y manipulador del poder. Así por ejemplo los pseudo-mitos del progreso, la democracia o la igualdad; o tantos otros que sería largo citar. Consideramos que a estas alturas toda persona bien informada -que busca críticamente sus fuentes de información- posee un conocimiento básico de la problemática ecológica -y por ende social, pues en rigor estos ámbitos no pueden separarse- a que nos enfrentamos en la actualidad como consecuencia de haber edificado toda una civilización sobre la explotación central de un único recurso, del que esta sociedad es por completo dependiente: el petróleo.

En las próximas líneas queremos dejar a un lado los habituales análisis materialistas acerca del tema, plagados de cifras, estadísticas y estimaciones, para plantear la cuestión del significado simbólico del petróleo y asimismo analizar qué consecuencias sutiles conlleva el hecho de convertir este extraño producto de la naturaleza en la fuente de energía principal de toda una sociedad industrial, un recurso sin el cual es simplemente imposible que ésta siga en marcha y siendo lo que es.

Antes de dar comienzo a estas reflexiones precisemos claramente nuestro punto de partida: todas las consecuencias materiales -ya sean ecológicas, económicas, políticas o del tipo que sean- que una tras otra vienen apareciendo como siniestros y amenazadores efectos secundarios, imprevistos e indeseables, pero que son inseparables del funcionamiento y desarrollo habitual de esta civilización, todas ellas son tan solo la cara más exterior del verdadero mal, el cual permanece oculto en los planos más interiores del ser humano. Su valor es por ello el de un signo, y su importancia, relativa.

Por tanto todos los fenómenos y sucesos críticos que tienen y previsiblemente tendrán lugar, poseen en definitiva la naturaleza de un síntoma que -como en el caso de una enfermedad que empieza a afectar a diversos sistemas- apuntan si se saben leer hacia el origen del mal, que no es otro que la desviación moderna.

Mientras dure la desviación y la ilusión colectiva que implica la modernidad y su visión profana del mundo las consecuencias de este desorden irán desgraciadamente mucho más allá de la previsible serie de catástrofes derivadas de la sobre utilización del petróleo que habitualmente se nos describe. En tanto síntomas, cualquiera de los muy probables desastres hacia los que esta sociedad se encamina son solo la imagen más visible de un desastre mucho mayor, de índole espiritual y de dimensiones cósmicas, que está teniendo lugar en el interior mismo del hombre.

Parte Primera: El ‘oro negro’

Para comenzar nuestro análisis debemos recordar la curiosa denominación que el petróleo ha recibido desde el siglo XIX, cuando se convirtió en una pieza clave para el desarrollo de la civilización tecno-industrial, nos referimos a la denominación de oro negro. Esta expresión es particularmente significativa pues pone de manifiesto el significado simbólico del petróleo, significado que, pese a su obviedad, parece pasar inadvertido para la mayoría, debido como hemos dicho a la ceguera simbólica que padece el hombre occidental.

Por esta razón creemos que es un buen punto de partida y vamos a intentar ir desgranando y poniendo de manifiesto el contenido simbólico que el petróleo posee a partir de esta conocida expresión de ‘oro negro’ .

Simbolismo solar del oro

Comenzaremos diciendo que el oro es el metal solar por excelencia [1], y como tal lo tratan las mitologías de todos los pueblos. En base a este simbolismo solar el oro se ha asociado siempre a la deidad, al orden social perfecto, a virtudes como la Justicia -la Edad de Oro- y a la realeza.

Los ejemplos son numerosos. Citaremos como caso ejemplar el papel que jugaba el oro en el Antiguo Egipto. Allí el oro estaba fuertemente unido a la función regia. El faraón era considerado en su función social una personificación de lo que el sol era en el orden cósmico. El faraón debía cumplir en el mundo de los hombres la función propia de la deidad solar: Horus.

Esta asociación entre el oro, las deidades solares y la función regia se pone de manifiesto mejor que en ninguna otra parte en la titulatura real egipcia del ‘Horus de Oro’ o Nombre de Hor-Nub. En ella quedan asociados todos los términos que hemos citado.

El jeroglífico del Hor-Nub está compuesto por el divino halcón Horus posado sobre un collar dorado que simbolizaba el sol, cuyos rayos son representados como gotas.

 

Asimismo en el conocido simbolismo alquímico el oro es el metal más puro y perfecto, que representa la perfección alcanzada por la naturaleza, imagen de lo eterno e incorruptible y al cual debe tender toda la creación. Su opuesto alquímico es el plomo, el metal de Saturno, el dios caído y expulsado por los dioses olímpicos al mundo subterráneo.

El oro por tanto, ha sido siempre y en todas partes un indiscutible símbolo solar. La misma palabra oro, que proviene del latín aurum, está relacionada con la palabra aurora y con la salida del sol, concretamente la aurora se refiere al brillo del amanecer que precede y anuncia la salida del astro rey.

*

Ahora bien, la denominación de ‘oro negro’ implica una inversión simbólica en tanto que opone a la cualidad esencial del oro mineral, su color dorado que es la imagen natural privilegiada del sol y su luz, el color negro, cuyo significado simbólico es exactamente opuesto.

En efecto, el negro es tradicionalmente el color de la oscuridad, las tinieblas, la ignorancia y la muerte. Por ello es el color que el hinduismo asigna al Tamas, el Guna descendente que rige la manifestación de los seres inferiores -infernales- y denota la involución espiritual. Así, si el color del oro se asocia inevitablemente con la luz solar y por tanto con el calor, el día, la vida y el desarrollo de la manifestación, el color negro solo puede asociarse con sus naturales opuestos: la noche, el frío, la muerte y la involución.

Desde otro punto de vista, siguiendo el simbolismo hermético, el color negro se opone a los colores blanco -que designa la pureza- y dorado -que designa la realeza, la maestría y el más alto nivel en cualquier jerarquía dada-. El blanco es el color del estado del ser previo a la manifestación, y puede por extensión referirse al comienzo mismo de ésta en tanto expresión de la ‘posibilidad pura’. Por su parte el dorado -el color del sol- simboliza el punto más elevado de la manifestación misma y su estado más perfecto. El color negro por su parte simbolizaría según esta secuencia ternaria el fin de la manifestación, su extinción, y con ello la muerte [2].

La conclusión tras este breve análisis es que la expresión de ‘oro negro’ que se da al petróleo dice mucho más de lo que parece a simple vista. Hay aquí algo más que una metáfora más o menos simple y original, algo que supone una auténtica declaración de principios. Veamos en detalle las implicaciones simbólicas de esta denominación.

El ‘sol negro’

Ilustración del tratado Philosophia reformata (1622) en que se ilustra la fase alquímica de la Putrefactio. Sus símbolos clásicos son el cuervo, la osamenta -o en su defecto la calavera- y el ‘sol negro’.

 

El empleo de este oxímoron que es la expresión ‘oro negro’ nos recuerda el conocido sol negro (Sol Niger) de los alquimistas, un símbolo de extraordinaria complejidad que requeriría un estudio específico aparte pero que habitualmente se relaciona con la fase de la Putrefactio o Nigredo, fase, dicho sea de paso, regida por el dios Saturno, que ya hemos citado anteriormente. Por otra parte esta denominación de ‘oro negro’ pone de manifiesto de qué forma el petróleo ha sustituido al oro como marcador social de riqueza. El oro siempre fue el valor que medía la riqueza de las civilizaciones tradicionales. Su primacía como valor material más elevado fue completamente anulada tras la segunda guerra mundial. Pero no menos significativo resulta cómo el gasto de petróleo es un gran indicador -el mejor en realidad- de eso que se denomina ‘nivel de desarrollo’ de una sociedad: por ejemplo al tenerse en cuenta el gasto de ‘energía extra-somática’ de una población indirectamente se está evaluando el consumo de petróleo. En resumen puede decirse que cuanto mayor es este consumo energético más ‘avanzada’ y ‘desarrollada’ se considera dicha sociedad. Hay además un detalle relevante: el valor del oro y las piedras preciosas no se medía por su utilidad práctica pues carecía de tal, todo su valor residía en su significado simbólico y ritual. Sin embargo el petróleo es considerado valioso precisamente en función exclusivamente de sus aplicaciones prácticas, tal y como corresponde a una civilización materialista y rotundamente pragmática como la actual. Por esto, además de ser la fuente de energía central de la civilización moderna el petróleo puede considerarse su símbolo más acabado, pues simboliza todos los deseos y obsesiones de la misma: la obsesión por el crecimiento, la fiebre del consumo, etc.

El petróleo, como el oro y las piedras preciosas, es extraído del interior de la tierra lo cual lo emparenta con el mito de Plutón, dios de las riquezas que custodiaba el inframundo, pero por su naturaleza el petróleo no puede ser equiparado a los minerales y joyas de naturaleza olímpica, es decir luminosa y celeste. El petróleo al fin y al cabo procede de la destilación durante millones de años de una ‘naturaleza muerta’, dicho de otro modo, tiene su origen en los cadáveres de otro mundo, anterior a la era humana. Es por tanto de naturaleza ctónica e infernal. Más adelante veremos las implicaciones que este detalle posee.

Por todo lo dicho el petróleo se constituye en el contra-símbolo exacto del oro y vemos hasta qué punto la denominación de ‘oro negro’ describe a la perfección su siniestra naturaleza espiritual.

La técnica asociada al petróleo pone este producto en relación directa con uno de los temas que antes apuntamos y que trataremos en profundidad en la segunda parte: el maquinismo que se sirve del petróleo como su fuerza bruta apunta directamente a los viejos Titanes vencidos por los dioses olímpicos y encerrados, precisamente, en el interior de la tierra.

*

Parte Segunda: La liberación de los Titanes

“La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo.”
Frase pronunciada por el Dr. Tyrell en el film futurista y distópico Blade runner (1982).

Dejemos a un lado el análisis simbólico de la denominación de ‘oro negro’ que hemos abordado hasta aquí y dirijamos ahora nuestra atención al producto en sí.

Sabemos que el petróleo es un ‘combustible fósil’, producido a lo largo de millones de años de maceración intraterrestre, pero, y esto es muy significativo, pese a este largo proceso sufrido durante millones de años su origen último sigue siendo solar.

Es decir, estamos ante subproducto ‘solar’ que ha sido trasformado –transmutado– en el interior mismo de la tierra, lo cual encaja asombrosamente con el análisis simbólico que hemos desarrollado hasta aquí: una suerte de símbolo solar invertido, negativo y de origen inferior.

Para mostrar con mayor claridad lo que decimos y sus implicaciones simbólicas proponemos la siguiente imagen gráfica.

Sobre este esquemático corte vertical de la tierra podemos representar los ‘tres mundos’ mediante los cuales el pensamiento tradicional divide y simplifica los diferentes grados o planos de la manifestación universal [3]. La analogía se establece de forma evidente. La superficie terrestre, que es el nivel en que se desarrolla la existencia física del hombre corresponde al nivel de manifestación humano. Pero no debemos olvidar que desde el punto de vista tradicional el hombre es análogo al árbol, con sus ramas extendidas hacia el cielo y sus raíces penetrando en la tierra [4], pues el hombre no está inevitablemente inclinado hacia el suelo como el resto de mamíferos sino que está erguido y elevado sobre el mismo: su columna vertebral apunta al cielo y su vista mira de modo natural al horizonte. Por esto el hombre es un ser dual: un puente natural entre el cielo y la tierra. Habitando entre dos mundos, puede decirse que es a la vez de los dos y de ninguno: su parte mortal es de la tierra y ha de regresar inevitablemente a ella; su alma inmortal debe liberarse y ascender al cielo. Es en base a esta imagen del hombre como nexo de unión entre el cielo -mundos superiores- y la tierra -mundos inferiores- que se genera el esquema ternario que acabamos de presentar. Siguiendo dicho esquema el ámbito en que el hombre desarrolla su actividad no es solo la superficie de la tierra sino también la atmósfera, entendida como mundo intermedio y asociada con el elemento Aire. Según este esquema el cielo representa los planos de manifestación supra-humanos, los estados superiores del ser o celestes-. Por último las oscuras regiones del interior de la tierra representan los planos de existencia infra-humanos, identificados con los mundos inferiores o infiernos de las diferentes tradiciones.

Resulta entonces evidente que el petróleo, por ser un producto eminentemente subterráneo, procedente de la descomposición masiva de materia orgánica y macerado en el interior de la tierra durante millones de años, puede ser calificado perfectamente de ‘energía infernal’ -o ‘infra-humana’-.

Se aprecia mejor ahora hasta qué punto el petróleo implica en sí mismo una inversión de las cualidades solares que estuvieron en su origen: mientras el sol, fuente de luz y calor, procede de lo alto y hace que la vida se desarrolle en la tierra, el petróleo procede del interior de la tierra -los mundos plutónicos e inferiores, el ‘mundo de los muertos’ simbólicamente- y, aunque proporciona un falso reflejo de la luz y el calor del astro solar, al cual trata de suplantar, amenaza con destruir la vida y cubrirlo todo con la espesa tiniebla que trae del infra-mundo.

Este es el oscuro simbolismo del Sol Niger -o ‘Sol Negro’-: un falso sol que, suplantando al verdadero astro rey, produce una ilusión de vitalidad que es en realidad inercia (Tamas), oscuridad y muerte.

*

Como ya indicamos en la primera parte todo lo dicho debe ser puesto en relación con los mitos ctónicos que se refieren al dios Plutón y a los Titanes, así como con los mitos referidos a Saturno y la Edad de Oro.

En cuanto al carácter saturnal y tamásico de esta energía cabe señalar que, por ser el petróleo los restos de un ‘mundo’ antiguo y desaparecido, simbólicamente puede interpretarse como un destilado del pasado, no ya de la humanidad sino del planeta mismo. Por ello su extracción y utilización tiene algo de exhumación y de inmolación masiva del pasado y la historia de la tierra [5], con todas las connotaciones simbólicas que ello posee. Una de las posibles lecturas nos acerca a la interpretación -que ya hemos comentado en otras ocasiones- de la modernidad como una ‘cultura del palimpsesto’ que trata de borrar y destruir todo aquello que sea anterior a ella misma.

En cuanto a los Titanes es innegable que el desarrollo de la tecno-ciencia y la mega-máquina tiene mucho de titanismo, titanismo que se expresa tanto en los materiales empleados -hierro, acero- como en el ritmo de funcionamiento de este ‘nuevo mundo’ cada vez más alejado de algo que pudiera calificarse de humano. Pero, ¿puede decirse que estemos realmente ante un ‘despertar’ de los viejos Titanes que fueron ‘encadenados’ en las profundidades del abismo antes de que llegara el tiempo de los hombres? Parece una conclusión exagerada pero el análisis simbólico apunta a que en efecto así es.

Para hacernos una idea del carácter titánico que posee el petróleo no hay más que reparar en su desmesurada capacidad energética que le otorga un potencial transformador a todas luces ‘no-humano’.

“Se estima que un barril de petroleo (159 litros) contiene una energía equivalente a 25.000 horas de trabajo humano” [6].

Según otras estimaciones el consumo energético medio de un habitante de un país desarrollado equivale al trabajo que desarrollarían 50 esclavos.

Aunque este tipo de cálculos siempre es difícil y a menudo los datos son matizados o discutidos, no nos interesa la exactitud cuantitativa de la estimación tanto como la realidad cualitativa que dibuja: la de una sociedad tan opulenta e hipertrofiada como desviada y carente de control. Ante esta asimetría tan enorme entre la capacidad de trabajo humana y la del omnipresente combustible fósil es innegable que, con el empleo generalizado del petróleo como energía fácil y ‘para todo’, el hombre está poniendo en marcha fuerzas que le superan ampliamente [7].

Debe recordarse que los Titanes, tras ser vencidos por los dioses olímpicos, fueron encerrados en el infra-mundo al igual que el dios de la Edad de Oro, Saturno. En cuanto al mito de Saturno debemos tener en consideración que, para el pensamiento tradicional, los dioses ‘caídos’ se convierten en ‘demonios’ para los ‘mundos’ futuros.

Simbólicamente por tanto, allí, en el infra-mundo, se encuentran encerradas unas poderosas fuerzas de carácter no-humano, fuerzas que se oponen por su misma naturaleza a las energías celestes y que están siendo sistemáticamente liberadas por la civilización occidental. Unas fuerzas que por su misma naturaleza darán lugar -ya lo están haciendo- de manera inevitable a un nuevo orden, un orden enemigo del orden celeste pues le son opuestas por naturaleza. Se trata del eterno combate entre las fuerzas coagulantes de la luz y el orden frente a las fuerzas disolventes del caos y la oscuridad.

En esta segunda imagen podemos ver el doble efecto causado por el empleo masivo de los combustibles fósiles y que interpretamos una vez más en clave simbólica. Por una parte mediante su extracción y uso se ‘liberan’ las peligrosas fuerzas titánicas, de carácter no-humano, que según el mito clásico se encontraban sepultadas y ‘encadenadas’ en el interior de la tierra. Debido a su carácter ‘no-humano’ tales fuerzas trascienden las capacidades humanas de previsión y control, razón por la cual una vez liberadas ponen en marcha procesos imposibles de controlar en su totalidad por parte de la humanidad. Por todo ello dichas fuerzas apuntan irremediablemente a algún tipo de trans-humanismo. Por otra parte estas influencias liberadas suponen por su naturaleza pesada, oscura y tamásica una ‘barrera’ para las influencias celestes, cerrando su paso y con ello aislando la realidad humana de la comunicación con los mundos superiores. La realidad humana corre el riesgo entonces de quedar enteramente bajo la influencia de estas fuerzas infernales.

Estas reflexiones conducen a una inquietante cuestión: ¿Es el hombre el que hace uso de estas fuentes de energía o son más bien estas fuentes de energía -por completo innecesarias para el desarrollo de una vida humana normal– las que están empleando al hombre para lograr sus fines? Y ¿cuáles podrían ser estos fines sino algún modo de trans-humanismo tecnológico? Frente a este horizonte que se dibuja de forma cada vez más descarada, la distopía de James Cameron y su Terminator aparece como un juego de niños.

*

Pero sería un grave error -propio de la mentalidad moderna- pensar que establecemos aquí una relación causal de algún tipo. No se trata de eso. Como en todo simbolismo verdadero de lo que se trata es de una relación de analogía, no causal pero tampoco en absoluto casual.

Esta relación de analogía se basa en la simetría existente entre la realidad exterior al hombre -de orden físico- y su realidad interior -de naturaleza psíquica-. Y es en base a esta relación -profunda y real, que descansa en último término en la profunda interconexión de todo cuanto existe- que puede establecerse una analogía -que se designa en términos simbólicos- entre dos realidades o fenómenos dispares.

Tal relación de analogía no debe sorprender pues ambas realidades -física y mental, exterior e interior- no son más que dos caras de una misma moneda y se encuentran mucho más entrelazadas de lo que la superstición del mecanicismo reduccionista que ha impuesto la modernidad es capaz de suponer.

Volviendo al caso que nos ocupa no estamos diciendo que al extraerse y consumirse los combustibles fósiles del interior de la tierra se liberen literalmente las entidades sutiles que entran en la categoría de Titanes o Demonios. De hecho, teniendo en cuenta que en términos metafísicos la realidad del plano sutil antecede a la realidad del plano físico, el proceso debería describirse más bien en sentido inverso.

Lo que sostenemos mediante este análisis simbólico, y lo enunciamos explícitamente a fin de que no haya lugar a confusión, es lo siguiente:

De modo análogo a como la modernidad extrae y consume los combustibles fósiles del interior de la tierra -en términos míticos, el infierno-, liberando con ello poderosas ‘energías’ de difícil -por no decir imposible- control y poniendo en peligro la continuidad la vida del hombre sobre la tierra tal y como ha sido hasta ahora, de un modo análogo decimos, la desviación espiritual que es la modernidad ‘libera’ o desencadena en el plano psíquico y sutil fuerzas titánicas equivalentes a aquellas, pre-humanas y profundamente enterradas en el inconsciente en un proceso paralelo al de la exhumación e inmolación de los hidrocarburos y que tiene consecuencias no menos preocupantes ni decisivas en el nivel psíquico que en el nivel físico.

Dicho de otro modo, el proceso por el que se extraen y queman los combustibles fósiles -que se muestra en la ilustración anterior- es la imagen exterior, perceptible por los sentidos y teniendo lugar en la realidad física, de un proceso que está aconteciendo paralelamente en el interior del hombre mismo desde el triunfo de la modernidad y el punto de vista profano sobre todos los ámbitos de la existencia.

Al igual que en la atmósfera, y siguiendo la ley de analogía, en el alma humana se está creando una ‘barrera’ que aísla al hombre de las influencias superiores y espirituales a la vez que paralelamente se van abriendo profundas grietas en dirección al psiquismo más inferior y disolvente.

Es este orden de relaciones simbólicas -basadas en la analogía- el que tanto cuesta comprender a la mentalidad moderna.

Desde el punto de vista tradicional estamos ante dos realidades paralelas e inseparables, pues no pueden darse cambios como estos en una de ellas sin influir de alguna forma -negativa- en la otra. Y, teniendo en cuenta que el ‘plano sutil’ antecede en el orden metafísico al ‘plano físico’ o manifestación formal grosera, puede decirse que el uso de los combustibles fósiles así como el maquinismo tecnológico que este ha propiciado solo ha sido posible como consecuencia de la previa ‘liberación’ de fuerzas análogas -titánicas e infra-humanas- en el nivel psíquico. Fue primero el cambio mental -plano sutil-.

Por último, y esta es la conclusión -no por simbólica menos real– que creemos se desprende de todo lo dicho:

A medida que el hombre hace un uso masivo de las energías fósiles -que representan las fuerzas y potencias infernales a la vez que el pasado más remoto y pre-humano de la tierra, no lo olvidemos- la humanidad anula su porvenir mismo, contrae su horizonte y precipita sobre sí su propio final.

*

Notas:

[1] Hemos tratado el simbolismo del oro en profundidad aquí.

[2] Para un análisis en profundidad sobre el simbolismo del color negro véase Hani, J. La Virgen negra y el misterio de María, ed. Olañeta (2010).

[3] Como hemos dicho en otras ocasiones, en el simbolismo tradicional toda representación jerárquica-vertical puede siempre ser reducida al ternario -simbolizada por el número 3-, mientras que los esquemas y representaciones horizontales, referidos generalmente a los órdenes temporal y espacial, pueden ser reducidos al cuaternario y figurados mediante el número 4.

[4] Por esta razón algunas tradiciones, como la medicina extremo-oriental, representan esquemáticamente al hombre de pie y con los brazos alzados hacia el cielo.

[5] Siguiendo la ley de analogía los niveles subterráneos representan siempre lo pasado mientras los niveles superiores -o celestes- representan el futuro y lo porvenir. Por esta razón la ‘tierra de los muertos’ estaba a menudo situada en el mundo subterráneo: el Hades griegos, el Seol hebreo, etc… Y también por esta razón las ‘puertas del infierno’ coinciden frecuentemente con grutas, simas y otros accidentes geográficos similares. Los ejemplos mejor documentados son sin duda los centros oraculares de Delfos y Cumas, pero también podrían incluirse en esta categoría los pozos de Airón de los celtas.

[6] Roberto Bermejo, Un futuro sin petróleo. Colapsos y transformaciones socioeconómicas, cap. 2. Ed. Catarata.

[7] Pensemos por ejemplo en el desarrollo de la energía atómica, cuya huella ecológica superará con creces la duración de la propia especie humana.

Fuente: Agnosis I y II.

 

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