Cultura Transversal

Slippery Rock

Posted in Autores, Joaquín Albaicín by paginatransversal on 20 enero, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Hay en Pennsylvania un pueblo muy pequeñito llamado Slippery Rock. Su nombre significa “roca resbaladiza”, y el motivo de bautizar así a la localidad fue que, según me contaron, cuando estaba siendo perseguido por un indio hurón, mohicano o de la tribu que por entonces habitara esos parajes, un colono pudo salvarse porque, al cruzar un arroyo y ya a punto de darle alcance, el indio resbaló sobre una piedra húmeda. Otros cuentan al revés la película: que quien resbaló fue el rostro pálido, y no el piel roja. En cualquier caso, la historia es la misma. Fundado en torno a aquella providencial masa pétrea, Slippery Rock cae un poco a trasmano de todas partes y, desde el episodio del traspié, el siguiente hecho importante que -me dijeron- sucedió en el lugar fue que un día Martin Sheen, al tomar con su coche un desvío erróneo, fue a parar allí e, intrigado por el origen del topónimo, se hizo una foto con una camiseta estampada con publicidad del pueblo.

Pennsylvania es tierra donde se asegura viven bastantes sasquatch, la variante americana del yeti, por lo que no es de extrañar que sirva como escenario propicio a encuentros extraños. Yo tuve uno, porque, pese a sus minúsculas dimensiones, Slippery Rock cuenta con una universidad y, por tanto, con una población de varios miles de estudiantes y, hace unos años, fui invitado por el profesor Thomas Daddesio a dar en ella una conferencia –Los gitanos. ¿Un pueblo misterioso?– que venía de pronunciar también en el Muhlenberg College de un Allentown tan cubierto de nieve como aquel segundo destino mío como orador.

Durante mi charla, hice referencia a las especulaciones vertidas sobre si algunos de nuestros antepasados no pudieron llegar a Europa acompañando a los ejércitos mongoles y, al término de la misma, una chica se me acercó muy emocionada a darme las gracias. Era mongola y, al parecer, allí nadie había jamás oído hablar de su país, lo cual le indignaba. Sus compañeros se burlaban de ella a cuento de que había nacido en una nación inexistente, y cosas así. Por supuesto, nadie que ella conociera en Pennsylvania sabía quién había sido Gengis Khan. Resultaba patente que, a sus ojos, el hecho de que yo no sólo hubiera mencionado a Mongolia, sino que además la hubiera visitado, me convertía en una especie de arcángel budista enviado por la Providencia para probar a los americanos que no sólo su país, sino también ella, existían realmente… Me dijo en fin, que estudiaba psicoanálisis y, al regresar a Mongolia, abriría una consulta en Ulan Baatar.

Me permití expresarle mi perplejidad, porque, como le dije, se carece de noticias en el sentido de que, en Mongolia, la gente padezca nada parecido a problemas psicológicos. Los únicos que en el mundo los tienen son los occidentales. Así que no me parecía que su proyecto fuera a ser un buen negocio allí, en su tierra natal.

Se quedó boquiabierta y temblorosa, como si yo acabara de poner el dedo en la llaga y pronunciado las palabras que más en el mundo temía escuchar. Pero se repuso pronto:

-Bueno, sí -admitió, tragando saliva-… En Mongolia la gente es normal, no tiene problemas psicológicos. Sólo los tienen los occidentales. Pero por suerte, poco a poco, Mongolia progresará, se modernizará y, entonces, la gente empezará a sufrirlos. Y yo estaré allí. ¡Seré la primera!

Su respuesta dejaba claro como el agua que había comprendido y asimilado a la perfección la esencia de Occidente y sus pseudociencias. Le deseé muchísima suerte y nos despedimos. A mi cabeza vino un níveo pensamiento que, en el futuro, formularía Richard Gere: “Por nuestras cabezas pasan cosas aterradoras. Rezo para tener valor y mirar lo que hay dentro de mi mente”. Y es que allá, en las tierras del sasquatch y a través del filo rasgado de unos ojos mongoles, acababa de asomarme a los abismos tenebrosos del alma de Occidente.

“¡Viva Gengis Khan!”, me dije: “¡Viva la Horda Dorada!”

Y salí a fumar.

Foto: José Luis Chaín

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