Cultura Transversal

El diablo en la historia

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 26 enero, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Susan Sontag definió el comunismo como “el fascismo con rostro humano”, apreciación a mi entender correcta siempre y cuando se complemente con la observación en paralelo de que el nazismo es, a su vez, no otra cosa que el comunismo dulcificado por una faz adámica. Porque la preferencia por el recurso a la primera o la segunda frase dependerá solamente de sobre qué valores concretos -la clase social, la raza, la nación, el ateísmo…- se escoja cimentar principalmente lo “humano” del experimento. De hecho, columbro muy pocos distingos entre la educación recibida por los niños en las Juventudes Hitlerianas o las escuelas alemanas de la época nazi y la impartida en la URSS a los pioneros del Komsomol. En la Rusia soviética se enseñaba a los niños a jurar por Lenin, a delatar a sus padres por contrarrevolucionarios, a amar a Stalin sobre todas las cosas… Su familia era el Partido. Su verdadero padre, el Líder. La primera carta que cada niño escribía en su vida debía estar dirigida a Stalin, y su autor era aleccionado desde la más tierna infancia para competir con sus conciudadanos en el número de años que estaba dispuesto a sacrificar para que el grandioso campeón del proletariado viviera un día más. Tal era el “temario” incluso en los orfanatos, es decir, en las granjas disciplinarias donde se criaba a los hijos de los deportados y asesinados por el Estado.

En Rumanía, como recuerda Vladimir Tismaneanu en El diablo en la historia, su concienzudo e implacable ensayo recientemente publicado por Stella Maris, llegó a realizarse el experimento “científico” de emplear temporalmente a los torturados como interrogadores y carceleros con licencia para zurrar, a fin de comprobar si se había conseguido implantar en sus conciencias al “hombre nuevo” socialista… Lo que tales coincidencias permiten, en fin, percibir es, ante todo, el alma común inspiradora de todos los totalitarismos y el estrecho parentesco hermanador de todas las utopías. Si los confinados en Auschwitz leían al entrar en el campo que el “trabajo” –eufemismo de “esclavitud”- les haría libres, los deportados al gulag eran homenajeados a su llegada con una frase de Lenin de similar contenido: “Con puño de hierro conduciremos a la humanidad a la felicidad”.

El hombre es un error de Dios. Es menester, por tanto, hacer a un lado al Padre Eterno y enmendar Su yerro fabricando hombres “perfectos” a gusto de una camarilla de frustrados ególatras a quienes no ha tocado la parte que desearían en el “injusto” reparto de la posición social, el éxito, la belleza física o, simplemente, la suerte. Y, cada vez que el barco fabricado desde tan chapuceras premisas esté a punto de naufragar, buscar un chivo expiatorio -por lo general, una minoría étnica- sobre el que cargar las culpas y al que acosar y exterminar. Tal es el soporte moral que, en el fondo, sostiene las atmósferas artificiales de todos los regímenes utopistas, invariablemente fundados por resentidos.

Todo esto, que a mi juicio no debería pasar desapercibido a nadie a estas alturas, es descrito con rara precisión y claridad en el magnífico libro de Tismaneanu, quien aduce que, si el comunismo ha disfrutado de mejor prensa que el nazismo entre la intelectualidad europea, ha sido por haberse atribuido el título de vástago más o menos espurio de la Revolución Francesa. Sin embargo, uno es hijo en igual medida que el otro de la toma de la Bastilla. Fue la cesura entre el mundo Antiguo y el Actual provocada por la Revolución Francesa la que dio nacimiento a valores antes desconocidos y de los que ambos socialismos se nutrieron: nacionalismo, biologismo, darwinismo, igualitarismo, laicismo y ateísmo militantes, servicio militar obligatorio, fascinación por la ciencia positiva desconectada de toda raíz espiritual y, en suma y a grandes rasgos, todo ese confuso y abundante puré de detritus que conocemos bajo el nombre de ideologías, un producto exclusivamente occidental que hasta la catástrofe de París no escapa de la caja de Pandora. Incluso el islamismo, como bien indica el sufijo, no es un fenómeno religioso, sino ideológico, incomprensible sin la mezcolanza contra natura de los libros sagrados con bazofia reivindicativa y pseudo mitos occidentales de carácter político, y no sacro (pues no se trata, ha escrito recientemente Olivier Roy sobre el yihadismo, de la “radicalización del Islam, sino de la islamización del radicalismo”).

Tismaneanu inicia su libro con una cita de Hannah Arendt: “Resulta bastante obvio pensar que los hombres que han perdido la fe en el Paraíso no sean capaces de erigirlo en la tierra; lo que no resulta tan claro es que aquellos que han dejado de creer en el Infierno como un lugar en el más allá puedan no estar dispuestos a, ni ser capaces de, establecer en la tierra imitaciones exactas de lo que la gente solía identificar con el Infierno”… Seguidores fanáticos de idearios en los que la vida individual no revestía valor alguno, nazis y comunistas consideraban el terror aplicado a todos los niveles como una herramienta política rutinaria cuyo uso regular se imponía como lógico y necesario. La periódica eliminación de “sobrante humano” tenía para ellos la consideración de una tarea profiláctica desempeñada con la ridícula pomposidad de quien se cree protagonista de una misión histórica. Por ello Bujarin, poco antes de ser ejecutado por Stalin, escribe a éste una carta de amor entre pseudo mística y cuasi homosexual en la que aplaude con lágrimas en los ojos su política de purgas periódicas de personas “bajo sospecha potencial” (¡!) y de la que él mismo va a ser víctima. Al fin y al cabo, Bujarin había sido uno de los creadores y mejores servidores de la maquinaria de terror estatal, y se sentía orgulloso de su criatura… En la misma línea, un dirigente rumano, antes de suicidarse, escribe a sus hijas que lo hace por no poder soportar haber perdido la confianza del Partido. Su vida ya no tiene sentido y les pide que amen siempre a Stalin y al dichoso Partido. Es decir: a sus hijas, que les den morcilla. Resulta difícil pensar en mejores ejemplos de porculización intelectual y maldad sacralizada.

Sin embargo, los hay. Otro buen exponente de la clase de “élites” promovidas por las revoluciones es Molotov. Cuando Stalin decide acosar a los judíos, se celebra una reunión en el Kremlin para resolver si la mujer de Molotov es enviada o no al gulag por “cosmopolita” y “sionista”. Y Molotov se abstiene. A ella la deportan al Infierno por el bien de los trabajadores y su marido, pese a saberla inocente de cualquier delito, se divorcia de ella y sigue luchando con inquebrantable entusiasmo por la causa del comunismo. Hace falta ser hijo de su madre… Pero como él, hubo miles. Es por eso que desconfío por instinto y norma de los “idealistas”, pues a la primera que degüellan por amor a la Humanidad, a la Raza y al Partido es a su propia familia. Ante biografías matrimoniales como las del camarada Molotov, resulta muy difícil dudar de que sí, de que el diablo, por emplear la expresión de Tismaneanu, ha jugado un papel de primer orden en el desarrollo del mundo moderno. Creo que a Maya Plisétskaya le asistía toda la razón del mundo cuando dijo:

-He pensado casi desde niña que el comunista o es tonto, o vil. No hay una tercera posibilidad.

…Y lo mismo, claro, en lo que a su réplica parda se refiere.

Amén, Maya.

Foto: José Luis Chaín

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