Cultura Transversal

El dolor que nos une

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 7 febrero, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Lo bonito viene cuando los seres humanos nos encontramos unidos a otros semejantes por cosas como -no necesariamente en el mismo orden- el gordo de la lotería, el amor apasionado o la afición a los toros. A menudo, sin embargo, es un castañazo lo que nos coloca achicando agua junto a otros congéneres en el mismo indeseado barco. De ahí el título –El dolor que nos une– de la nueva novela de David Mark, perteneciente a la serie de Siruela protagonizada por el inspector Aector McAvoy, a quien en un artículo anterior ya dije que, mientras leo sus aventuras, pongo la cara y el cuerpo de Liam Neeson, pues el detective de la Unidad de Delitos Graves y Crimen Organizado de la localidad inglesa de Hull también es escocés y se ajusta como un guante a la talla armario ropero del actor. Además, Neeson da vida en el cine a hombres como McAvoy: honrados, de orígenes rurales y ante quienes el brote del mal siempre cobra cuerpo como un fenómeno de difícil digestión intelectual.

En su novela previa –La otra piel– contaba Mark la historia de un asesino dedicado a mandar al otro barrio a individuos que, por lo que fuera, hubiesen tenido la suerte de ser los únicos supervivientes de una catástrofe. Al protagonista de esta, un matarife en serie de la peor calaña que, contra todo pronóstico, logra sobreponerse a las graves quemaduras y la paliza que le endosa una de sus víctimas, le sale un competidor. Mark, en efecto, retoma esa figura arquetípica del justiciero desatinado encarnándolo en otro pirado resuelto a cargarse a todos los responsables de que el primero no muriera y pudiera seguir amargando vidas impunemente: los transeúntes que le atendieron en la calle, los camilleros que le llevaron al hospital… La toma –estoy, sí, con ustedes- con personas con una culpa bastante relativa. Y vuelve a aparecer, como telón de fondo, esa venerable institución -esta vez, en su variante de clínica mental- que se ha convertido en imprescindible para la novela negra de los últimos tiempos: el asilo.

La colección de descerebrados y libidos enguachinadas acreditados en los repartos de El dolor que nos une y las otras dos novelas de Mark constituye la más eficaz vacuna para tornarnos a nosotros, lectores, en seres inmunes a cualquier tentación de pensar que la mayoría de la gente es buena. Las conclusiones más lógicas y fáciles de sacar son dos: casi todos cuantos circulan por ahí son unos pervertidos con las entrañas podridas por la frustración y la envidia y, de no ser por una ínfima cantidad de individuos fabricados, como McAvoy, con la rara pasta de la bonhomía, la fidelidad al deber y el amor a la familia, deberíamos todos vivir poco menos que atrincherados, como Will Smith en Soy leyenda.

El desenlace de la novela -donde al revolcón en la más absoluta inmundicia se une una deflagración de granada de mano- es buenísimo y te deja enganchado para la próxima entrega, aunque por razones harto más oscuras que los finales de Betty la fea, aquella genial telenovela de nuestros amores. Es curioso. En tanto McAvoy, que apecha en carne propia con un auténtico vía crucis de crueldades y cabronadas, se duele constantemente por dentro ante la perspectiva de haber de emplear la violencia, los lectores acabamos la novela de un humor de perros y consumidos por unas ganas locas de liarnos a mamporros con cuanto asesino salido podamos echarnos a la cara.

Y es que… ¿Qué quieren? A propósito del comportamiento de los viejos y nuevos políticos durante y después de las últimas elecciones generales, concluía el otro día en El Mundo Pedro G. Cuartango que estábamos “viendo lo peor del alma humana”. Yo creo que no estábamos ni estamos vislumbrando nada en comparación con lo que podríamos. Por desdicha, al alma humana le atrae y gusta mayormente eso, lo tenebroso, así que lo peor está siempre por venir. Lo hemos constatado hace bien poco, cuando el hecho de que Francisco Rivera pegara un muletazo a una becerrita con su hija sentada sobre su hombro desató una indignación mediática luego, por fortuna, desautorizada por la Fiscalía… en elocuente contraste con la indiferencia con que las redes sociales recibieron la noticia de que un señor acababa de violar, moler a golpes y arrojar por la ventana a su hija de ternísima edad.

¿Qué decir de Dinamarca, tierra tan prolífica en autores de novela negra? Cuando el país fue ocupado por los nazis y éstos dictaron orden de captura contra la totalidad de la población judía -tanto autóctona como refugiada- el Rey declaró que le disculparan, pero que tenía que ir a ponerse el brazalete con la estrella de David. La negativa a entregar a un solo hebreo fue tan firme que incluso los oficiales de la SS allí destinados, influidos por la noble actitud de los daneses, se negaron sistemáticamente a cumplir las órdenes de Berlín. Hoy, en cambio, Dinamarca se apresura a confiscar el dinero y bienes de cada refugiado llegado al país. No sé si cuando estas líneas vean la luz se habrá rectificado, pero la infame intención ha quedado meridianamente clara. Si hubo un tiempo en que, a veces, el dolor -como a las víctimas del psicópata de la novela de Mark- unía, ahora parece que -si es el ajeno, claro- invita a sacar tajada y convierte en siderales las distancias entre las almas.

Menos mal que, a veces, surge un Aector McAvoy que ayuda a equilibrar la balanza…

Foto: José Luis Chaín

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