Cultura Transversal

El oro de Cajamarca

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 13 febrero, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – En algún momento de nuestra investigación de muchos años en torno al enigma de la Gran Duquesa Anastasia, fuimos un buen día a dar con un libro publicado algo atrás por Alba Editorial –Los muertos también hablan- en el que el especialista en genética W. R. Maples evocaba no sólo la experiencia vivida cuando le fue encargada la comparación de la cadena de ADN de la supuesta Anastasia con la de los huesos no menos en entredicho de los Romanov, pretendidamente hallados en un bosque siberiano, sino también otros casos de autopsias confiadas a su pericia en el curso de su dilatada carrera: entre otras, la de Francisco Pizarro, cuyos auténticos restos mortales pudo identificar al tiempo que probaba la falsedad de los hasta entonces enterrados como si lo fueran.

Es curioso que estuviéramos releyendo este libro cuando, como viniendo a complementar la autopsia científica, llegó a nuestras manos lo que pudiéramos llamar la autopsia literaria del conquistador del Perú, practicada en este caso también a siglos de distancia de su violenta muerte y de la mano de Jakob Wassermann, un narrador de encendida pluma sobre cuya novela corta Golowin escribimos algunas líneas hace no mucho. Esta narración suya, El oro de Cajamarca, publicada también por Navona, es más eso, una autopsia de Pizarro -la de su alma tenebrosa- que una novela inspirada en su peripecia. Porque, con tal de apoderarse de todas las riquezas del Emperador de Cuzco, Pizarro -codicioso, sediento de poder y con un completo desprecio por los principios del honor- pisoteó en su trato con él los más elementales usos diplomáticos y guerreros. La guinda del pastel de su bajeza consistió en exigir a Atahualpa su conversión al cristianismo a cambio de concederle la gracia de morir por el garrote vil, en vez de abrasado vivo en la hoguera.

Es imposible conocer la verdad completa de los hechos y reconstruir al dedillo el clima vivido por aquellos hombres pertenecientes no ya a dos culturas, sino casi a dos planetas diferentes, pero la tradicional costumbre de romper la palabra dada que distinguió y distingue a los colonizadores y misioneros occidentales hace harto plausible la narración de los hechos por que se inclina Wassermann.

Considerado por Thomas Mann el relato más hermoso escrito en lengua alemana en el siglo XX, en él todo transcurre como en un sueño. Las musas cargaron, en efecto, la pluma -bisturí del autor- con iluminación, son y tonos notoriamente implacables y oníricos. Parecemos estar paseando por un sueño, si, cuando Wassermann pone en boca de Atahualpa, la víspera de su ejecución -o, hablando en propiedad, de su asesinato- y antes de cenar con las momias de sus antepasados sentadas a la mesa, estas palabras dirigidas a Pizarro:

-¿Acaso en vuestra tierra brilla el mismo sol? Debéis de estar confundidos, tiene que ser otro. ¿O es que no se disgusta cuando destruís joyas hechas con la laboriosidad de vuestros artesanos? ¿No se ensombrece cuando mancilláis a las mujeres sagradas? ¿Qué tipo de leyes tenéis vosotros, qué tipo de costumbres? ¿de dónde venís, existen figuras que sean intocables? ¿Acaso conocéis lo intocable, vosotros, cuya mano no se asusta ante nada y lo toca todo?

Tras espetarles que el oro es su único dios y que, en cuanto posee un poco de oro, cualquiera de ellos se siente inmune y “cree poseer el sol porque no conoce ningún otro sol”, concluye su alocución a aquellos ángeles caídos:

-Ahora lo entiendo perfectamente, y vosotros, seres sin luz, me dais lástima,.

Y es que, si bien con el respaldo de sólo ciento diez hombres, de los que apenas veinte iban armados, Pizarro “derrotó” a un ejército de unos cincuenta mil, no lo hizo en buena lid, sino mediante el recurso a las más demoníacas artes de la astucia y la traición. No en vano, con el “descubrimiento” de América, había llegado la hora del malhadado parto del mundo moderno, padre de la globalización, un mundo sin honor y de cimas sólo impostadas. En él, en su crepúsculo, analistas geopolíticos como Ahron Bergman claman hoy: “¡Prepárense para el horror de una guerra global sin fin!” desde sus despachos del King´s College y los más diversos think-tanks mientras la Princesa Estefania de Mónaco afirma haber encontrado la dicha a perpetuidad como cuidadora de una pareja elefantes. Esta de Estefanía nos parece una excelente opción y una envidiable localidad de cara a asistir a la debacle de un espectáculo de tantas penas y nulas glorias.

En un mundo regido por la ley de la jungla, ¡mejor estar del lado de los civilizados! ¡Dos barreras de sombra, por favor!

Foto: José Luis Chaín

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