Cultura Transversal

Un vampiro en Claudio Coello

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Teatro y Artes Escénicas by paginatransversal on 16 febrero, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – No sé si la calle Claudio Coello sigue llamándose así, pero por el momento la de San Bernardo sí, pese a haber escrito el monje, sin pelos en la lengua, su famosa loa a una organización tan franquista como la Orden del Temple, de infausto recuerdo para los mártires de las políticas de género, así que todavía me es dado localizar sin problemas el Teatro Arlequín, donde –formando un triángulo irregular con El Rey León y el Ballet de San Petersburgo- se reestrena, repone o lo que sea El vampiro de la calle Claudio Coello, de Luis Escobar y Juan Ignacio Luca de Tena. Ya se ha puesto el sol, con lo que es seguro que el hijo de la noche comparezca ante los espectadores. Huelga decir que llevo liada al cuello una espesísima bufanda que no me quito en toda la función, pues nunca se sabe quién pueda tocar a uno de vecino de butaca en esta clase de obras, y el de esta noche, de cuya existencia supo ya Madrid en 1949 y en el Teatro Alcázar, es un vampiro a la antigua, no como los amariconados de Crepúsculo, que comen ajo, se reflejan en los espejos, salen de día y visten casual.

A propósito de la epidemia de casos de vampirismo que en el Siglo de las Luces asoló Europa Central y Oriental, escribió Voltaire que los únicos vampiros conocidos en París y Londres eran los usureros y recaudadores de impuestos que chupaban la sangre al pueblo. Lo recuerda Jacobo Siruela en su ensayo dedicado al vampirismo en Libros secretos (Atalanta), del que pronto nos ocuparemos. Se refería Voltaire con guasa, por tanto, a una modalidad de vampiro muy en boga aún en el siglo XXI en nuestra España, en la que cabe, empero, hacer mención de otra especie de upiro o vurdalak parece ser que bastante activa y que veríamos muy bien ejemplificada en la figura de ese Don Juan gallego al que todas las damas por él agraviadas tienen dedicado en internet un blog para advertir contra sus colmillos a eventuales incautas. Se trata, por lo visto, de un caballero de modales anticuados que enamora a las féminas con no otro fin que chuparles con avidez los fondos –mayormente, los bancarios- con una succión intermitente que puede durar años y de la que las hechizadas, pese a las frecuentes y poco justificadas ausencias del seductor, tardan en sospechar.

A Paco, el vampiro de la obra del Arlequín dirigida y adaptada por Nacho Marraco, quien se deja también ver en el papel de don Obdulio, lo que le impele a morder cuellos es más la luna llena que razones crematísticas, pero se encuentra más cerca de esta variante entre sablista y salaz que de la del vampiro usurero. Presentaría también puntos de contacto con el vampiro político, pues Paco arrastra ya cuarenta y cuatro años en su carné y aún no ha acabado la carrera y, últimamente, como saben, se ha puesto muy de moda lo de dedicarse a la política sin haber dado palo al agua en la vida. Pero el parecido es mucho más superficial.

Y bueno, aquí no da tiempo de ausentarse a nadie, porque su historia, la de Paco, que hace de las suyas durante los plenilunios y se cobra su primera víctima en una castañera que tiene el puesto en la esquina de Claudio Coello con Jorge Juan, la despachan autores y actores en hora y media que se pasa en un mordisco. Miren si será entretenida la obra, que las actrices (Maya Reyes, Carmen Morey, Pilar Gil, Pilar Gómez y Olalla Rodríguez) se sienten tan encantadas con el vampiro que se olvidan del consultorio de Elena Francis y, enceladas entre sí en la pugna por sus favores, rezan por que la policía no lo atrape, no sé si por influencia de los literatos románticos –esta sería la tesis de Jacobo Siruela- o, como mientras suena el piano de Nacho de Lucas dice doña Petra, dueña de la casa de huéspedes donde la trama transcurre, por la nefasta influencia ejercida sobre la moral y las buenas costumbres por el cine americano.

Muy buen trabajo, en fin, el de un reparto al que a los citados se suman Oskar Redondo y, en la persona del entrañable vampiro, un Luis Callejo que me ha recordado en registros y aire al Luis Varela a quien vi de niño en Tres sombreros de copa de Mihura. Me deja un poco mosca eso de que a Paco le pongan para dormir la almohada de un obispo, trance que para un vampiro auténtico supondría asumir demasiados riesgos, pero aparte de esto, muy bien, señores, muy bien.

Foto: José Luis Chaín

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