Cultura Transversal

Historias del Oeste

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 19 febrero, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Cada atardecer, al salir de su consulta, José Chamorro, quien además de mi odontólogo de cabecera es mi principal referente espiritual en el ciberespacio, se persigna ante la portada de la Basílica del Pilar, inspirada -según te demuestra sobre el papel- en los principios arquitectónicos del taoísmo chino, y, en busca de refugio del mundanal ruido, cabalga hacia la finca que posee cerca de Zaragoza. Allí, en el jardín, se eleva hacia los cielos un tipi, una tienda sioux donde a menudo prefiere pernoctar antes que en su casa de piedra y en cuyo interior, al calor de la fogata, fabrica abalorios rituales, pipas de la paz y magníficos tomahawks. A menudo, sale a galopar por las colinas próximas para, desde la manta de su apaloosa, practicar el tiro con arco y, así, estar seguro de dar la talla en la próxima batida contra una caravana o un rancho.

Quisiera, sin duda, que Aragón se llamara Oregón. Un día, a la sombra de su amado Templo de la Pilarica, le pregunté:

-Pero aquí, en Zaragoza, no hay mucho piel roja, ¿no?

-No -meneó la cabeza con tristeza-. Aquí, sólo vaqueros.

Quienes leímos Indian Country, el gran libro de relatos de Dorothy M. Johnson, hemos notado que en el siguiente suyo también publicado por Valdemar –El árbol del ahorcado y otros relatos de la frontera– salen muchos menos indios. Que es más aragonés que oregonés, pues, al revés que en Indian Country, en él casi todos los personajes son vaqueros. Que ello no nos haga, sin embargo, lamentarnos antes de tiempo, porque la firmeza narrativa de la escritora no ha sufrido en el trance mella alguna. Y los indios -mejor dicho: las indias- que en el nuevo libro aparecen son todos buenos: ejemplos –como debe ser- de coherencia cultural, de fidelidad y de cabal y flemática sensatez frente a la chifladura característica de los blancos.

Tampoco en Shane, de Jack Schaefer, considerada por muchos una de las mejores novelas estadounidenses del siglo XX y que inspirara aquella Raíces profundas con Alan Ladd y Jack Palance al frente del reparto, salen pieles rojas, pero Valdemar ha resuelto el problema de la cuota étnica adosando a la novela algunos relatos -de ahí el título, Shane y otras historias– entre las que se cuenta uno magnífico sobre la caza del bisonte por Lanza Larga, que nos deja agradablemente sahumados cuando llegamos al momento en que en su tipi, como el doctor Chamorro en el suyo, el guerrero enciende el calumet y lo ofrece a las cuatro direcciones del espacio. Además, otro –Jacob– donde nos es brindada la clara e inteligente mirada sobre la última y heroica resistencia de los nez percé, pueblo aún sin domesticar por los rostros pálidos, de un adolescente cuyo padre es guardagujas en una estación perdida de Montana.

Por lo demás, la sombra de Palance se cierne un poco sobre casi todos los relatos -y no sólo sobre Shane– si reparamos en que varios de ellos son miradas retrospectivas, recuentos de vivencias desgranados con sosiego por sus protagonistas ya en la antesala de la chochez y que se deleitan en rememorar con nostalgia el Oeste de su juventud, los hálitos y voces de una Frontera desvanecida. Y ese, el de la nostalgia, es precisamente el rasgo principal de los vaqueros encarnados por Palance y Lee Marvin en Monte Walsh, de William A. Fraker. No es de esperar que en La Mancha se tope hoy uno con nadie guiando un carro con una jaula en la que vaya un león, regalo del gobernador de Orán para el Rey, encuentros que sí se producían aún en los días de Cervantes. Pues lo mismo pasaba en aquel Oeste moribundo de los relatos de Johnson y Schaefer, que ya no se veía un indio ni por casualidad y, de verse, el indio estaba siempre hecho polvo. Eso sí: sin perder jamás la majestuosa altivez.

…La misma sí, que, en estos tiempos de liquidez zygmuntiana, sin gigantes ni Dulcineas, sin pipas de la paz y sin cacerías de bisontes, se impone sostener más que nunca si se quiere estar a la altura hasta en batallas antes tan de trámite como afrontar una endodoncia. Aunque vivamos en Aragón, hay que desenvolverse como si fuera Oregón. ¡No nos queda otra! Pero algún día volverán los bisontes y nos darán la razón. O eso espero…

Foto: José Luis Chaín

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