Cultura Transversal

Ángeles y demonios

Posted in Autores, Beatriz Calvo Villora, Sabiduría Universal by paginatransversal on 23 febrero, 2016

BEATRIZ CALVO VILLORA

por Beatriz Calvo Villora – En entradas anteriores en las que he intentado reflexionar sobre el estado de guerra en el que se encuentra el mundo: “Combatir o no combatir”, “Dónde están los místicos en medio de la guerra”, “En medio de la barbarie el recuerdo de lo esencial” siempre termino aludiendo a que el estado de caos y corrosión del mundo proviene de esa naturaleza demoníaca que posee al hombre que no la combate dentro de sí mismo y que puebla este ciclo cósmico -que los hindúes llaman Kali Yuga- en forma desequilibrada, pues ya no hay muchos hombres capaces de contrarrestar su influencia nefasta con el camino de la virtud y la verdadera espiritualidad.

Se que este lenguaje puede espantar a muchos lectores, pero el simbolismo profundo que encierra merece que me arriesgue una vez más. Hace unos días se formó un debate en la redes alrededor de la ocurrencia de un colegio laico, y recuerdo que uno de los significados de laico es el de ignorancia porque viene muy al caso de esta reflexión, en la que, con permiso de los contertulios, iré citando sus aportaciones al debate, las de personas que sí conocen porque se esfuerzan en discernir sobre este misterio que nos rodea, donde el mal y el bien, juegan en el plano de la manifestación, dual por su propia naturaleza, y en el que vivimos los no iluminados o santificados por la Verdad, una partida crucial, que como veremos se libra en cada hombre.

Mi querido amigo Ángel Pascual, un pintor excelente por cierto, abre el debate contando como este colegio, en un ejercicio de modernidad y progresía, decide convertir el rito que supone la fiesta de los demonis en un asunto de juego. Un día explican a sus niños la vida de Sant Antoni, desde una perspectiva no religiosa y otro día, para ser justos, pues ya han dado espacio a los buenos se disfrazan con máscaras horrendas y como verdaderos demonios a los ojos de la inocencia de los niños se dedican a explicarles que todo es un juego, que nada es real.

Ello provoca intenso temor, y en algunos llantos ante, en definitiva, el mal que simbolizan. Ángel plantea la siguiente pregunta: Los demonios siempre han sido manifestaciones y símbolos del mal, mientras los santos lo son del bien. ¿Entonces la laicidad consiste en igualitarismo perverso y falta de discernimiento entre el mal y el bien?

La respuesta que se va hilvanando en el debate es que sí, que los laicos por desentenderse de las realidades que no pueden medir con sus ciencia de los fenómenos niegan campos de realidad intangibles en los que operan los ángeles y los demonios, el combate cósmico entre el bien y el mal. Y al negar la realidad de que los santos sostienen y salvan el mundo, no les explican a esos pobres niños aterrados que el mal siempre es vencido por la superabundacia del bien y profanar con sus explicaciones racionales y su divertimiento una fiesta que no es otra cosa que un ritual religioso, en el que se escenifica esa batalla esencial.

Para una de las contertulias las consecuencias son muy graves: “Las mascaras conectan con nuestra parte primigenia inconsciente, por ello son usadas en toda la historia por la gran mayoría de culturas antiguas, y por eso al presentarles a los niños las máscaras/dimonis como algo gracioso y festivo les alejamos de una metáfora psicológica que ha ayudado durante siglos a los humanos a entender sus estados interiores. Hemos perdido la conexión con nuestro interior, estamos perdiendo las tradiciones, ritos y sabiduría de nuestros ancestros a cambio de ciencia, objetos y yo que se que más y estamos perdiendo nuestra humanidad en el proceso, por eso hay tantas enfermedades mentales/anímicas ¡mas que nunca en la historia! y eso que jamás habíamos estado “tan bien”.

Estamos tan enfermos que no distinguimos y jugamos profanando realidades que se nos escapan, y cuyas consecuencias podrían explicar el terrible estado de cosas en las que la mayoría no se aterroriza por la violencia diaria en los telediarios, por la vejación sistemática del otro como espectáculo en los programas de entretenimiento más vistos por la población, por el aumento de la pornografía y prácticas cada vez más aberrantes que los sexólogos modernos quieren normalizar, por el alienamiento atroz de nuestros hijos encadenados a una pantalla dañina que les aísla y atomiza.

De dónde sale tanta violencia tanta bajeza si no es del hecho de que los demonios campan a sus anchas ante nuestras vidas y ya no nos inmutamos, somos tan laicos, ignorantes, soberbios y presuntuosos que hemos poblado el mundo de máscaras infernales, dad una vuelta por la cartelera de cine y todos son monstruos, asesinos, zombis, vampiros, que nos normalizan  las pasiones  más bajas y destructivas del espectro sentimental humano. Hasta llegar a normalizar incluso como dice otro contertulio, la destrucción del hábitat para que se parezca “lo mas posible a ese infierno, tóxico, caliente e inhabitable donde el sufrimiento sin fin esté, por fin, aceptado y alcance el statu que siempre anhelo ese tipejo que llamaron los místicos con el nombre de Satán.”

Hemos normalizado el mal, la fealdad de un mundo que agoniza por falta de belleza y de Verdad. La actual crisis mundial se asemeja ya para muchos a un verdadero infierno y el mal está extendido pues no hay barreras que lo contengan, pues las fuerzas del Bien están como retiradas, pues ser bueno en este mundo se considera de fracasados y tontos y las legiones de demonios matan, pervierten, corroen todas las estructuras en las que pensábamos podíamos refugiarnos.

El mundo moderno niega el mal, y por supuesto piensa que tiene superado esta dicotomía entre seres invisibles que la religión ha representado de forma tan sencilla y poderosa, ángeles y demonios peleando por el alma del hombre, pero más que haber vencido quizá ha sido engañados por el ardid más ingenioso del diablo persuadirnos de que su existencia es una mera “superstición”. Pues como explica brillantemente Fritjof Schuon hay dos lecturas acerca del mal que vehicularían esos diablos, y ambas lecturas tienen su razón de ser: la religiosa educa en una moral necesaria para no sucumbir a las pasiones más bajas del hombre, la metafísica libera de la ignorancia para los que estén capacitados para ella, no todos los hombres pueden liberarse con la Verdad, pero muchos pueden ser salvados desde la enseñanza sencilla que las tradiciones religiosas de todas las épocas han simbolizado con el combate entre el bien y el mal.

«La perspectiva de las doctrinas esotéricas aparece de una manera particularmente neta en su forma de afrontar lo que se llama ordinariamente el mal; a menudo se les ha atribuido la negación pura y simple del mal, pero esta interpretación es muy rudimentaria y no ofrece, sino muy imperfectamente, la perspectiva de las doctrinas de que se trata. La diferencia entre las concepciones religiosa y metafísica del mal no significa, por otra parte, que la una sea falsa y la otra verdadera, sino simplemente que la primera es parcial al mismo tiempo que individual, mientras que la segunda es integral al mismo tiempo que universal.

Lo que, según la perspectiva religiosa, es el mal o el diablo no corresponde por consiguiente más que a una visión parcial y no es el equivalente de la tendencia cósmica negativa que encaran las doctrinas metafísicas y que la doctrina hindú designa con el término de tamas: si tamas no es el diablo, sino que corresponde más bien al demiurgo en tanto que tendencia cósmica que solidifica la manifestación y tira de ella hacia abajo, alejándola del Principio-Origen, no es menos cierto que el diablo es una forma de tamas, que en este caso es considerado únicamente en sus relaciones con el alma humana.

Siendo el hombre un ser individual consciente, la tendencia cósmica en cuestión toma necesariamente, en contacto suyo, un aspecto individual y consciente, personal según la expresión corriente; fuera del mundo humano, esta misma tendencia podrá tomar aspectos perfectamente impersonales y neutros, por ejemplo, cuando se manifiesta como pesantez física o como densidad material o bajo la apariencia de un animal horrendo o inclusive bajo la de un metal vulgar y pesado como el plomo; pero la perspectiva religiosa no se ocupa por definición más que del hombre y no encara la cosmología más que en relación con él, de manera que no ha lugar a reprochar a esta perspectiva que considere tamas bajo un aspecto que toca precisamente el mundo del hombre.

Si pues el esoterismo parece negar el mal, no es que lo ignore o que rehúse reconocer la naturaleza de las cosas tal como es en realidad; por el contrario, la penetra enteramente y es por esto por lo que es imposible aislar de la realidad cósmica uno u otro de los aspectos de éste, y encarar uno de ellos únicamente desde el punto de vista del interés individual humano. Es demasiado evidente que la tendencia cósmica de la que el diablo es la personificación casi humana no es un «mal», puesto que es esta tendencia que, por ejemplo, condensa los cuerpos materiales y que, si llegara a desaparecer —suposición que es absurda en sí misma—, todos los cuerpos o compuestos físico y psíquicos se volatilizarían instantáneamente.

El objeto más sagrado tiene, pues, necesidad de dicha tendencia para poder existir materialmente, y nadie osaría pretender que la ley física que condensa la masa material de una hostia, por ejemplo, es una fuerza diabólica o un mal desde un punto de vista cualquiera; ahora bien, es en razón de este carácter «neutro» (es decir, independiente de la distinción de un «bien» y de un «mal») de la tendencia demiúrgica como las doctrinas esotéricas, que reducen toda cosa a su realidad esencial, parecen negar lo que se llama humanamente el mal.»

No neguemos pues, que en el plano de la dualidad en el que viven los hombres no iluminados por la Verdad habitan el cielo y el infierno en franca oposición; el demonio está dentro de nosotros y se llama “yo”, “mi”, “mío”. Como decía Jung al que cita Comaraswamy en un ensayo sobre el tema: “cuando el destino de Europa la arrastró a una guerra de cuatro años de prodigioso horror —una guerra que nadie quería— apenas alguien preguntó quién había causado la guerra y su continuación”. La respuesta no habría sido bien acogida: fue «yo» —vuestro «yo» y mío. Pues, en las palabras de otro psicólogo moderno, E. E. Hadley, “la tragedia de este engaño de la individualidad es que conduce al aislamiento, al temor, a la sospecha paranoide y a odios completamente innecesarios”.

En el comienzo, como todas las tradiciones testifican, el cielo y la tierra eran un uno; esencia y naturaleza son uno en Dios, e incumbe a cada hombre juntarlas de nuevo dentro de sí mismo. Nosotros no deberíamos atrevernos a negar a Satán hasta que nos hayamos negado a nosotros mismos.”

Así que si los colegios laicos quieren jugar a deformar lo que no conocen con consecuencias desconocidas para el alma de sus niños, más les valdría ser fieles a su ignorancia de las cosas del espíritu, y por supuesto de las religiosas que denostan y dedicarse a dar matemáticas, lengua y asignaturas propias de la ciencia que veneran y dejar de infectar la mente de nuestro futuro posible, permitiendo a las otras ciencias, a las tradicionales que se ocupen de la alquimia que convierte el plomo en oro.

Fuente: Ecología del alma.

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