Cultura Transversal

Secuestrar a un general

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 25 febrero, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Patrick Leigh-Fermor -viajero, militar, escritor y espía en la mejor tradición del señorito británico- contaba dieciocho años cuando decidió cubrir a pie la distancia que separa Hoek von Holland de Constantinopla, caminata en el curso de la cual dejó en Moldavia una novia, la Princesa Balasha Cantacuzène, de la que le separaron la II Guerra Mundial y el Telón de Acero y a la que no volvió a ver hasta veinticinco años después, en un encuentro clandestino en el Bucarest rojo. Aunque entonces él sin duda lo ignoraría, aquella panzada a andar no fue sino una suerte de entremés o campaña novilleril de cara a las estancias que, ya en su madurez, pasaría en abadías trapenses y benedictinas con el propósito de rendir culto al Silencio, como el gnóstico Valentinus de Alejandría de cuya iglesia en la sombra es cabeza invisible Romen Haldar en El cromosoma Calcuta, la fascinante novela de Amitav Ghosh. El propio Leigh-Fermor lo contó en Un tiempo para callar, que hace poco editó Elba y comentamos en las páginas de El Estado Mental.

Nunca han sido muchos los que han optado como lugar de retiro por medio tan áspero y curtido en bizarrías bizantinas como la Trapa, pero creo que ahora menos que nunca. El único que me suena que hizo no tanto como una machada de esa índole, pero al menos se ordenó monje y se recluyó en un convento dominico es Mondeño, que vivía su momento de máxima nombradía como torero cuando Antonio Ordóñez le acompañó en su coche hasta el umbral del monasterio de Caleruega, en Burgos, que abandonaría, al tiempo que los hábitos, cinco años después.

Y es que el mundo está cambiando mucho y a peor. Hoy, las guerras se hacen por ordenador y desde muy lejos de la trinchera. Las han convertido en una orgía de sangre para cobardes e, incluso en las maquilladas con afeites vagamente “espirituales”, las hazañas son en ellas de muy otra catadura que las antiguas. Fíjense si la cosa habrá cambiado que, con la que hay liada en Oriente Medio, vemos a “empresas de seguridad”, “guerrillas” y “califatos” de toda calaña secuestrar a, por ejemplo, una ciudad entera, al alumnado completo de un colegio o a todas las mujeres de una aldea. Pero, ¿cómo es que a nadie se le ocurre raptar y someter a esclavitud sexual o pedir rescate por él a un general americano, ruso, iraní, israelí, sirio o del Daesh, es decir, a alguien que de verdad se lo pasa bien con estas matanzas y es un profesional como la copa de un pino de las mismas? Aquí sólo se secuestra ya a figurantes sin frase. ¿Me lo explican ustedes?

Mismamente, el otro día, el Ministro de Defensa de Israel hizo unas declaraciones tan monstruosas y tan reveladoras de la vileza intrínseca al oficio de político que los medios de comunicación de todo el mundo desviaron la vista como no dándose por enterados: “Preferimos al Daesh antes que a Irán”, soltó el buen señor. Salida de labios de un ministro de la llamada única democracia de Oriente Medio, eso de que decapitar, violar y quemar viva a la gente constituye un “mal menor” resulta una opinión de lo más original, la verdad. Significativamente, más o menos al tiempo, y esta es otra noticia que tampoco casi ha trascendido, guardacostas iraníes apresaban en sus aguas territoriales una embarcación repleta de marines entre los que se encontraba un comandante del Daesh al que éstos daban escolta desde Arabia Saudí hasta Siria, donde debía reemplazar a otro comandante recientemente muerto… Ante salpicaduras de sangre como estas, resulta imposible no entender por qué, cuando Putin pide a Obama que, para no “errar” el tiro, le comunique las coordenadas de las posiciones del Daesh, Washington responda que “no está en posición de facilitar tal información”.

Tiene uno la impresión de que, por aquello de que en boca cerrada no entran moscas, todos los gobiernos del mundo se sienten mucho más cómodos haciendo como que ignoran qué es en realidad el Daesh y a las órdenes de quién actúa. Claro. ¿Quién va a ser el guapo que denuncie que los buenos, los humanistas, los del sufragio universal y las políticas de género utilizan un servicio personal de degolladores para extender sus tentáculos y consolidar sus intereses económicos? Además, quién sabe si el potencial denunciante no necesitará un día recurrir a tan exitosa fórmula y contratar su propia milicia de carniceros. Mejor callarse y que, delante del toro, se ponga Mondeño si es que quiere. Cada uno en su casa, y el diablo en la de todos. Ese es el lema.

Y me hago cargo. Pero no deja de resultarme incomprensible que no haya un buen puñado de ministros y militares de alto rango de medio mundo recluidos contra su voluntad en zulos del desierto por algunos de los Mad Max por ellos promocionados y a los que algún desaire o alguna discrepancia sobre la soldada hayan hecho cobrar vida propia. Otra cosa -¿ven?- que, quizá por vivir en tiempos más sanos, Leigh-Fermor sí que hizo: secuestrar a quien correspondía. Estaba a la cabeza del comando británico que en 1944, con ayuda de los partisanos locales, raptó al general Kreipe, comandante de las tropas nazis en Creta, la isla taurina por antonomasia, cuna del Minotauro a cuya descendencia, siglos después, tantas veces y con tanto ajuste pasó por alto con la muleta Mondeño por esos ruedos de Dios.

La editorial Berenice ha publicado la memoria de aquella aventura –Secuestrar a un general– escrita por su protagonista, que incluye como anexos algunos de los informes dirigidos en la época, al cuartel general del Servicio de Operaciones Especiales, por el propio Leigh-Fermor. Pequeña joya de la literatura de memorias ambientadas en la II Guerra Mundial, no nos aclara por qué ya no asistimos a secuestros revestidos de sentido, pero, como casi todo lo salido de la pluma de aquel viajero a cuya recuperación editorial asistimos de un tiempo a esta parte, leerla supone un placer. A ello les invito, sin dejar de echar un vistazo de cuando en cuando a la sección de Internacional de los diarios.

Foto: José Luis Chaín

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