Cultura Transversal

La literatura como “reality”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 2 marzo, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Existe un jalón en los anales de las letras que siempre me ha resultado de difícil comprensión. Me refiero al hecho de que, según Nina Berberova, en Rusia, parece ser que cuando Blok recitaba un poema suyo compuesto de un solo verso (“¡Oh, cubre sus pálidos pies!”) la multitud, galvanizada por la intensidad artística de aquello, rompía a llorar de emoción. Leyendo Seré duda (Pre-Textos) de Andrés Trapiello me ha tranquilizado averiguar que también él se queda perplejo ante esos arrebatos literarios rusos, empapados siempre de maximalismo, sólo que en su caso se trata de la afirmación de Brodsky de que lo más grande jamás escrito en la historia de la poesía son los versos de Mandelstam que dicen: “Mezcla arábiga, picadillo/ luz pulverizada por la velocidad del rayo./ Con las suelas oblicuas/ permanece el rayo en mi retina”. Tampoco yo lo cazo, la verdad.

Acaso radique mi cordial estupefacción en el hecho de no ser de Vladivostok u Odessa o, sencillamente, sea la época en que he nacido la que me ponga la zancadilla. Me cuento entre esas personas que siguen escribiendo metódicamente un diario, lo que viene a ser una forma de ir escribiendo tus memorias un poco por anticipado, en previsión de que cuando quieras de verdad hacerlo no te lo impidan los fallos de retentiva o un patatús, así que comprenderán que Seré duda -no otra cosa que los diarios que Trapiello viene agrupando bajo el título de Salón de pasos perdidos y que con este volumen van ya por el décimo noveno- me haya enganchado desde la primera página.

Y eso que la velocidad y espesor propios de los actuales tiempos -es a lo que iba- no favorecen precisamente la concentración requerida por una actividad como la de leer o escribir dietarios. Me refiero a que, hace no mucho, te sucedía lo que te sucedía y… punto. Sabías qué contar o sobre qué reflexionar. Hoy la selección se ha tornado mucho más ardua, pues te “suceden” un montón de cosas sin salir de casa. A las dos de la mañana enciendes el ordenador para enviar un correo electrónico y, a lo tonto, te dan las claras. Te encuentras desayunando tras haber visto a Antonio Bienvenida y Curro Girón toreando una tarde de los 50 en Caracas, el nuevo vídeo de la BBC sobre los terribles últimos momentos de Gadaffi, un debate más antiguo que el hilo negro entre Antonio Ribera y Jiménez del Oso sobre si los extraterrestres de UMMO están ya o no entre nosotros o, de postre, haber tal vez escuchado el audio de un especialista en lenguas muertas aleccionándote sobre cómo -a su entender- sonaba el “protoindoeuropeo”… Como para verter lágrimas porque salga uno declamando: “¡Oh, cubre sus pálidos pies!”

Me han gustado muchos estos diarios de Trapiello, y no sólo por enterarme merced a su lectura de que su autor, cuando va al Retiro, firma tan pocos ejemplares como yo o casi, lo cual quizá establezca una críptica corriente de simpatía, o por compartir su perplejidad -otra vez la palabra- ante el hecho de que la Iglesia, a la hora de valorar si uno de sus hijos merece ser canonizado, siempre se aferre a que un enfermo pidió su intercesión para ser curado y se curó, pero nunca a que un pobre le pidió que le tocara el gordo y le tocó… Sino, sobre todo, por su displicente ironía y sus puntos colocados sobre las íes en un tono que no me inclino a interpretar en absoluto como de ajuste de cuentas a toro pasado con quienes tal día de tal año tal vez nos pisaron un callo a posta, sino como un elegante método de sedación después de, por discreción, haber evitado una trifulca.

Trapiello cultiva un sentido del humor que siento cercano y ante el que, como lector, no puedo experimentar más que complacencia. Por otra parte, los personajes públicos escogidos como blancos de su guasa son sólo identificados por iniciales o -como el jefe supremo de los GAL- por una simple X. A veces, resulta fácil ponerles nombre y cara. Otras, no tanto. Pero la narración y el ritmo de la misma lo tornan innecesario desde el momento en que, salvo que sea uno muy cotilla, lo bien contado siempre se impone a la particularización del Fulano de Tal envuelto en el lance (por lo general, perfectamente intercambiable por cualquier homólogo suyo del mundo artístico, editorial o político). Y ello vale lo mismo para cuando nos cuenta la muerte de Ramón Gaya o su visita al Bucarest donde acaban de cargarse a los Ceausescu, como para cuando nos lleva de paseo por el Rastro en busca de una vieja redoma.

El autor, cuya función natural es convertir bien a conocidos coetáneos suyos, bien a individuos nacidos de su imaginación en materia de novela, al cultivar el género diarístico resulta él mismo novelizado por su daimon literario, se coloca al otro lado del espejo de su arte, oficia como demiurgo y también como mesías sacrificial y, como un cronista taurino que hiciera el paseíllo en Sevilla o Bilbao, acepta no sólo dar, sino también recibir cartas en la partida como cualquiera de sus personajes y participar de la experiencia creadora desde todos los flancos. No me atrevo a decir tanto como que el escritor que no dé la cara zambulléndose en su novela en tiempo real, es decir, en su propio reality, y no presente la muleta en el género diarístico o no empuñe la pluma para narrar sus visiones oníricas tendrá siempre algo de corredor cojo o de rubia de bote, no… Pero algo de eso hay.

De Andrés Trapiello sólo había leído artículos y declaraciones, nunca un libro, pero nunca es tarde si la dicha es buena. Claro que tampoco puedo plantearme hacerme fan suyo sin dejar antes de considerar dato tan de peso como que, para ponerme al día sólo en lo que a su diario se refiere, hay dieciocho tomos -de unas 700 páginas cada uno- que me he perdido. Pero bueno… ¡Todo es ponerse!

Foto: José Luis Chaín

 

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