Cultura Transversal

La Victoria de “Salomé”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Teatro y Artes Escénicas by paginatransversal on 8 marzo, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Si en el Barrio de Salamanca el encanto de la Rusia zarista revive los fines de semana de la mano de Chejov, María Pastor y José Maya, que recrean Crimea en el Teatro Guindalera, en la Plaza de Colón se conmueve el subsuelo y se estremece Madrid en las butacas cuando, cada anochecer, es decapitado Jokanán El Bautista por orden de Herodes y obra y gracia de Oscar Wilde, Victoria Vera y Jaime Chávarri. ¡Cosas que pasan en el feudo de Cibeles!

No nos quisimos perder ese estreno de la Salomé de Wilde, que suponía además el retorno a las tablas de Victoria Vera flanqueada por tan sólidos valores de la escena como Manuel de Blas en el papel del Tetrarca e Inés Morales en el de Herodías, y para el Teatro Fernán Gómez que nos fuimos… Tragedia en un solo acto escrita en 1891, cargó desde el principio con un cierto estigma de malditismo cercado de rumorología salaz y, de hecho, tardó cuarenta años en poder ser estrenada en Londres, y con digamos que tibia acogida. En 1923 fue llevada al cine con Alla Nazimova como protagonista, bajo la dirección de su marido Charles Bryant y con guión de Natacha Rambova, mujer de Rodolfo Valentino, en una película calificada de sueño erótico y arropada por una estética y un ritmo más teatrales que cinematográficos en los que palpitaba la influencia de Stanislavsky y su Teatro del Arte de Moscú -con quien Nazimova se formó- y que no hizo sino incrementar la aureola de obra problemática y de dudosa moralidad ya arrastrada por el libreto.

Mi visión o percepción de la Salomé de Wilde pasa, lo reconozco, por el filtro de aquella película de Nazimova y Bryant y, por tanto, me cuesta un poco pasar del blanco y negro al color y de la Salomé muda y con subtítulos en castellano a la Salomé hablada y con sonido ambiente. Pero ese es, claro, un problema mío, como el de que mi mujer se llame así y, pues con tanto Salomé por acá, Salomé por allá, que si dónde vas Salomé, que si quiero que bailes Salomé, de modo reflejo me pase toda la obra girando el cuello como el muñeco de un ventrílocuo.

El caso es que el personaje requería -y la ha encontrado- una actriz que ya con su solo nombre transmitiera el mensaje de que su historia es no tanto la de una frustración como la de una victoria, pues, con su muerte, Salomé se redime y, de algún modo, restituye su cabeza a Jokanán El Bautista, quien junto con Santiago El Menor es el único personaje del Nuevo Testamento víctima de una ejecución por decapitación, final que fue también el de Alí, yerno de Muhammad asesinado de un golpe de espada en la cabeza, y que suele ser identificado como metáfora de una alta realización de orden espiritual.

Quizá era eso lo que apuntara Wilde al explicar que su Salomé era “una mística, una Santa Teresa que rinde culto a la luna”, artífice de una danza “más metafísica que sensual”… En efecto, el mito bíblico de la princesa despechada ha suscitado diversas lecturas, empezando por la moralista denostadora de la mujer fatal, mas la verdad es que la vampiresa o arpía es la fémina provocadora de la perdición del varón por sucumbir éste a la tentación de sus encantos, y no es aquí el caso. Así que, en mi opinión, el sentido que prevalece es el de la catarsis propiciadora de una suerte de palingenesia que hermana a víctima y verdugo en un plano espiritual superior al que se accede mediante un lanzamiento al vacío, de modo que el velo de la danza de Salomé se convierte en el manto de Elías. Y es que, como clama la protagonista al besar como si de su viático sagrado se tratara la cabeza del profeta depositada sobre la bandeja: “El misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte”… Porque se trata del misterio oculto tras de ese velo, causa de la aparente perdición de la voz que clamaba en el desierto, encarnada con la exigible solemnidad por José Carlos Illanes.

Victoria Vera era, decíamos, una actriz ideal para el papel por distintos respectos, empezando por el de que su nombre significa “verdadera victoria” y ahí queda, a nuestro entender, resumida la esencia de la historia. Ricardo Cué, que con Jaime Chávarri -director del montaje- fue sacado por ella a recibir la ovación final junto a todo el personal del palacio de Herodes, ha diseñado con delicadeza y elegancia una coreografía a su medida basada en la Danza de los Siete Velos de Strauss, y así, envueltos por el vuelo de las vaporosas y bíblicas gasas grácilmente agitadas por esta gran dama de la escena, salimos a la noche estrellada cuyas luminarias acaba de predecirnos que se desprenderán del firmamento el profeta que se alimentaba de leche y miel… ¡Esperemos que tarde en cumplirse su vaticinio!

Foto: José Luis Chaín

 

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