Cultura Transversal

“Homo Sovieticus”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 20 marzo, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Dice Vladimir Tismaneanu en su ensayo El diablo en la historia (Stella Maris) que el leninismo como referente obsesivo dista de haber desaparecido de la Rusia actual y, por extensión, de los países que durante más de cuatro décadas vivieron sumergidos en la pesadilla comunista. Lo cierto es que hace sólo unas semanas, al reabrirse el debate sobre si debería la momia de Lenin ser retirada de la Plaza Roja, el jefe del Partido Comunista ruso replicó que tal cosa sería una “blasfemia” (¡!) y un atentado contra “nuestra historia y nuestra espiritualidad” (¡!). Persiste, pues, la tara mental de cuya sintomatología forma parte el seguir hablando del socialismo en términos no ya religiosos, sino idolátricos. De hecho, todavía en 2001 el propio Putin aseveraba que no podía decirse a la gente que había vivido adorando (sic) durante cuarenta años valores erróneos y gastado su existencia en vano.

Y no sé muy bien por qué no se le debería informar, la verdad… ¿A qué esa pervivencia casposa del respeto formal al terror de Estado? Supongo que no sólo porque, como la verdad hace daño, mejor perpetuar la mentira (y no precisamente piadosa, en este caso). También existen otras razones: las mismas por las que Mein Kampf ha vuelto a convertirse en un best-seller –para empezar, en Alemania- al poco de ser reeditado. Porque en Alemania o Rusia muchos echan de menos los tiempos en que, para ellos o sus padres, asesinar, denunciar, rapiñar y destrozar vidas constituía una fórmula de ascenso social moralmente aceptada y fomentada por el poder. Tal es el quid de la cuestión: la nostalgia de ese tan gratificante sentimiento llamado impunidad.

Esto queda de lo más patente en El fin del “Homo Sovieticus” (Acantilado), de la Premio Nobel Svetlana Alexiévich. Cae la URSS y -en los meses y años subsiguientes, marcados por la incertidumbre ante la velocidad de vértigo a que acontecen los cambios en una sociedad de natural anquilosada por la rutina, la burocracia, el miedo y la cutrez- empiezan también a caer como moscas militares, funcionarios del Partido, veteranos chekistas… que se vuelan los sesos de un balazo, se ahorcan o se arrojan a la vía del tren. ¿Causa oficial? Eran tan extraordinariamente leales al ideal socialista, al Imperio Soviético y a la dignidad de los trabajadores que… ¡sus delicados corazones no resistieron la aparatosa quiebra de los valores a cuyo servicio habían entregado toda una vida!

En realidad, no sacrificaron sus vidas. Más bien, arruinaron las de muchos otros miles para poder ellos vivir mejor. Bastantes de los testimonios recogidos entre soviéticos de a pie e hilados en tono y con estructura de gran reportaje por Alexiévich son de lo más diáfano. Si todos aquellos “Héroes del Trabajo Socialista” se suicidaron no fue ni por fidelidad ni por añoranza senil, sino por darse cuenta de que los archivos ya no eran tan secretos y sus nombres estaban a punto de salir en los papeles y sus hijos, por tanto, de enterarse de cuántas uñas habían arrancado de cuajo, cuántos tiros en la nuca habían descerrajado y cuántos cubos de agua helada habían vertido sobre prisioneros desnudos sobre la nieve y a cuarenta grados bajo cero para que ellos, los retoños del Héroe del Trabajo Socialista y del Defensor de la Sociedad, tuvieran un televisor y disfrutaran cada mes de un lote de alimentos especiales. No se mataron por “lealtad socialista”. Se mataron porque se acojonaron.

Y metieron la pata, porque no estaba previsto que les sucediera nada. No se pensaba pedirles cuentas, porque rara era la familia entre cuyos miembros no se contara un delator, un confidente o un asesino. Se trataba de una limpieza demasiado turbadora como para que nadie quisiera de verdad empuñar la escoba. No repararon en que, si los jefes nazis habían sido procesados, fue por decisión de las potencias extranjeras ocupantes de su país ni en que de los juicios posteriores, instruidos ya por magistrados alemanes y, mayormente, nazis, casi todos los asesinos se fueron de rositas. Pero Rusia no había sido invadida. Se había derrumbado sola. Nadie iba a juzgar a los camaradas en un país donde seguían y siguen en el poder los antiguos comunistas.

Eso sí: sus nietos sí se iban a enterar de lo que el abuelito entendía por servicio al pueblo. Y quienes tan eficaces probaron ser a la hora de torturar y matar bajo la protección del Partido, no reunieron valor para dar la cara ante los nietos. Me abstengo de juzgar si se podrá considerar a eso un último rapto de “dignidad”.

Por supuesto que en el libro de Alexiévich, que despliega un variado y veracísimo mosaico de lo que fue la sociedad soviética desde sus comienzos hasta su final, desfilan infinidad de personajes de otra índole. Si resaltamos a los capos del marxismo no es sólo porque sus trayectorias son las más tétricas, sino porque los héroes “socialpatriotas” de su calaña marcaron con su sombra y su infame impunidad omnipresentes las vidas de todos los soviéticos, desde la fregatriz hasta el químico.

Hoy, en la Rusia cuyo patrimonio público fue saqueado por los camaradas reconvertidos en gángsteres y magnates aún hay a quienes desagrada la existencia de varios periódicos en vez de uno solo que facilite las cosas explicando con claridad a todo el mundo qué hay que pensar y saber. La explotación comercial de la añoranza por lo soviético es un negocio tan rentable que hasta los campos de concentración se han reciclado en un destino vacacional en el que la empresa organizadora “promete que a cada turista se le proporcionará un uniforme de preso y un pico para garantizarle así una experiencia llena de sensaciones genuinas”. Esta banalización de la atrocidad sería relativamente inofensiva de no ser porque, en la Europa del Este, en la actitud mantenida por países como Hungría ante la crisis de los refugiados, seguimos percibiendo la nefasta herencia legada a los pueblos que, tras su largo cobijo y aislamiento bajo el paraguas ejemplarizante del leninismo, siguen razonando de acuerdo a esos mismos postulados socialpatriotas de hace medio siglo, por más que los disfracen de cristianismo, identitarismo, independencia económica, preocupación por el funcionamiento de la sanidad pública o… nostalgia. Se diga o no, todos cuantos tenemos ya cierta edad sabemos de qué se habla en realidad.

Foto: José Luis Chaín

 

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Una respuesta

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  1. Eduardo Rodríguez said, on 21 marzo, 2016 at 7:33 pm

    Hace más de 30 años que te sigo y sigue encantadome como te acerca a la verdad de los valores de la persona y como el leguje en tu pluma sirva para legar al significado real de la palabra. Y como comentarista político no tienes precio!!!!


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