Cultura Transversal

Libros secretos

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 27 marzo, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Jacobo Siruela es un editor que también escribe y, cuando lo hace, se destapa siempre como cabra que tira al monte, pues sus obras son testimonio patente de los íntimos y perdurables vínculos que a lo largo de los años ha establecido con los autores por él puestos en circulación… y, además de con “sus” autores, con los personajes creados por éstos. Así, en su más reciente colección de ensayos –Libros secretos (Atalanta)- nos topamos tanto con la poetisa surrealista Valentine Penrose como con Elisabeth Báthory, la aristócrata balcánica a la que la primera dedicara un ensayo (La Condesa Sangrienta) en su día publicado por él en la colección El Ojo Sin Párpado de Siruela. Y nos cruzamos de nuevo y en buena lógica con Gilgamesh, entrañable amigo ya desde el Libro de sueños de Borges, y con el ensayo sobre el vampirismo que sirvió un día como prólogo a una antología de relatos sobre la materia.

Se trata de ahondar, pues, en el autor, mas también en su criatura: en quién fue la Condesa, pero también en por qué la escritora se dejó cautivar por su historia. No es raro, pues, que los textos de Jacobo Siruela -que en la contraportada de este aparece sentado junto a un cocodrilo, no sé si de verdad- a menudo nos despierten el interés por saber más acerca de personajes reales, pero que parecen de ficción y de los que tal vez él sólo nos da noticia en un párrafo o una nota a pie. A mí, por ejemplo, me encanta la foto incluida en este del Conde de Galarza, ese retrato con kurta y turbante y en pose de hipnotizador que nos lo insinúa como el más firme candidato a Bela Lugosi español o a versión castiza de la momia de Gautier (de hecho, podría dar el pego en la piel del doctor Cherbonneau de Avatar, la novela corta de éste). Si además fue el descubridor en 1908, cuando aún no había sido liberada la maldición de Tutankhamon, de la tumba de la Reina Khamerernebty II, hija el faraón Khefren, pues para qué quieres más.

Quien en realidad era Conde, todo sea dicho, era su hermano, pero Vicente Galarza ostentó el no menos interesante título de Maestro en Estudios Arcanos, lo que movió a Valentine Penrose a adoptarlo como gurú hindú (si bien, por lo que sabemos, Galarza se había convertido al Islam en los días en que impartía clases de filosofía griega y árabe en la Universidad de El Cairo). Separada de su marido y metida ya para entonces en amoríos más bien draculescos, Valentine fue algo antes de su muerte a visitarlo a India -pues el Maestro también ejerció la docencia en Calcuta durante un tiempo- y regresó allí por una temporada cuando él ya no estaba.

En tan sólo un párrafo, Galarza se convierte -más por lo que de él se sugiere que por lo que realmente se cuenta- en el gran personaje misterioso del libro, tan interesante al menos como el distinguido onironauta Marqués d´Hervey de Saint-Denys, perseverante explorador del País de los Sueños, donde casi vivió más que en el de los despiertos y a quien Jacobo Siruela nos presentara en El mundo bajo los párpados (Atalanta). Galarza es, desde su modesta aparición en poco más que un cameo, el rostro enigmático por excelencia de esta obra que trata también sobre libros desconcertantes, como el Mutus Liber o Libro Mudo, obra hermética del XVII consistente sólo en imágenes, o el célebre y aún sin descifrar Manuscrito Voynich, comprado en 1912 a unos jesuitas con pocos posibles por un judío polaco emigrado que montó en Londres un negocio de compraventa de volúmenes raros junto a su mujer, señorita adscrita a las ideas revolucionarias y que vestía permanentemente de negro para dejar patente que vivía de luto “por el lamentable estado del mundo”. Antes de ser presentados, ya la conocía en cierto modo, pues unos años antes de su primer encuentro se había fijado en ella un día al verla pasar andando por el muelle de Varsovia desde un ojo de buey del barco prisión en que viajaba cautivo. ¿Cómo cuestionar, al verla de nuevo, que fuese su media naranja?

El Manuscrito Voynich -se especula que del siglo XIV y con el que se ha querido relacionar a Athanasius Kircher, Francis Bacon y John Dee- no ha podido aún ser leído por nadie, pues se desconoce en qué idioma auténtico o inventado fue escrito. Yo, mientras leía las líneas que le son dedicadas en este libro, he pergeñado una incipiente teoría al respecto que no voy, claro, a desvelar aquí, no vaya a ser que algún día la desarrolle, la exponga en serio y me haga rico. ¡Hay que ser un poco ahorrativo!

Y bueno, cierran el libro… De un lado, una reflexión sobre los autores y tradiciones que de tres mil años -o antes- acá han expresado como mínimo sus dudas acerca de que pueda trazarse una línea separatoria clara entre las experiencias oníricas y las de vigilia y, de otro, un elogio a las fotos de Masao Yamamoto, que a mí, en una mirada rápida, me recuerdan a veces a cuadros de Jorge Fin, ese pintor que anda siempre en las nubes. Y es que en los sueños sale mucho cirro…

Foto: José Luis Chaín

 

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