Cultura Transversal

Evelyn Waugh contra Aleister Crowley. La victoria sobre el maligno

Posted in Autores, Historia, Literatura, Manuel Fernández Espinosa by paginatransversal on 3 abril, 2016

EVELYN_WAUGHpor Manuel Fernández Espinosa – Hay lectores gregarios que leen -cuando lo hacen- a escritores de su rebaño. Los comunistas leen a los comunistas, los liberales leen a los liberales. La afinidad con un escritor y su obra bien podría ser la secta política, deportiva o gremial. Podría gustarme leer a Evelyn Waugh por ser el inglés un escritor católico. Pero para leerlo no es, para mí, la confesión religiosa de un escritor la razón suficiente. Católicos hay que aburren a las ovejas, empalagosos, amorosos, dulzarrones… cándidos como palomas.

Lo que le pido a un libro es que, además de estar bien escrito, esté basado en la experiencia vital del autor. Y ningún escritor ha vivido en serio -y, por lo tanto, nada tiene que contarme que me interese- sin haberse enfrentado, como hombre, con el mal: el “misterio de iniquidad”… “Nam mysterium iam operatur iniquitatis” [Porque el misterio de iniquidad ya está en acción”] (2 Tesalonicenses 2, 7).

Evelyn Waugh se enfrentó con la malignidad. Cuando llegó a la Universidad de Oxford en 1922 formó parte de uno de esos clubes a los que tan proclives son los universitarios anglosajones. Su club se llamaba “El Club de los Hipócritas”, estudiantes que pasaban su tiempo libre empinando la botella, convirtiéndose en precoces alcohólicos (como los de ahora): “Fue en la universidad cuando empecé a beber, descubriendo crudamente los opuestos placeres del alcohol y el buen gusto. Durante muchos años preferí el primero al segundo”. El tiempo, dilapidado en francachelas; el dinero -que no sobraba- gastado en cerveza. Pudiéramos decir que la juerga y el camino de los excesos, bien dijera William Blake, conducen al palacio de la sabiduría. Pero, para algunos, el camino no termina en dicho palacio, sino en un trágico destino. Waugh tuvo suerte y sorteó esos derroteros, poniéndose a salvo de los estragos del vicio. Pero, no por ser católico, dejó de probar el amargo sabor de los placeres más groseros.

En esa época, un compañero del club oxoniano de Waugh marchó a Sicilia, para “estudiar” en la sospechosa “Abadía de Thelema”* la magia negra que profesaba, practicaba y enseñaba el siniestro Aleister Crowley (12 de octubre de 1875-1 de diciembre de 1947). Crowley había estudiado en Cambridge y, a la vez que se había iniciado en la masonería y otras sociedades secretas, había realizado una particular interpretación de la obra de Nietzsche. Deportista en su juventud, culto y viajero, la vida crapulosa -en combinación con el inusitado interés por el ocultismo- hizo de Crowley uno de los ingleses más infames del siglo XX, dándose a sí mismo nombres escandalosos como “Maestro Therion”, “The Great Beast 666” o “El Vagabundo de la Desolación”. Tuvo su celebridad en determinados círculos de la sociedad británica y europea. Y puede decirse que la revolución cultural de Mayo del 68 debe más a Crowley que a Marcuse. Los ingenuos -o sus secuaces- nos presentan a Crowley como un hombre-espectáculo, pero las experiencias de magia sexual (aberraciones con voluntad de invocar demonios) que realizó con sus discípulos en Cefalú (Sicilia), desde 1920 a 1923, con el resultado de la muerte en extrañas circunstancias de Frederick Loveday, corroboran que lo que hacía Crowley era algo más que escandalizar a la puritana sociedad británica. Las autoridades italianas lo expulsaron del territorio italiano a consecuencia de estas actividades delictivas.

Evelyn Waugh no permaneció al margen de las noticias que se daban de Crowley. En “Retorno a Brideshead”, su novela más famosa, el personaje Anthony Blanche, un apátrida y homosexual decadente “…había practicado la magia negra en Cefalú”. La alusión no puede ser más elocuente para quien sabe de los episodios de la Abadía de Thelema del satanista Crowley. Pero el relato de Waugh que mejor refleja lo que Waugh sentía por Crowley y por el ocultismo es “Extraviado”. En esta pequeña obra maestra, Waugh nos presenta a Crowley bajo un personaje que se exhibe en sociedad como mago y bajo el nombre de “Doctor Kakophilos” (el amigo de lo malo). Sin que desvelemos la trama del relato (que merece la pena leer), digamos que Kakophilos inspira repugnancia a los dos personajes que, en cierta velada, achispados por el champán, caen bajo la sugestión que ejerce el satanista por el que no ocultan su desprecio y que, pese a las reticencias, a la postre los conduce a su habitáculo donde los somete a una experiencia de magia. La frase del Doctor Kakophilos es: “Hacer lo que quieras será toda la ley” es una de las máximas del mismo Crowley.

En la trama de este relato se pone de manifiesto que Waugh no cuestiona la existencia y los efectos de la magia negra (digamos, de paso, que la “magia blanca” no existe). Pero lo más importante del mismo es el desenlace, en el que asistimos al Triunfo de Cristo sobre los poderes ocultistas, pues es la Santa Misa la que derrota los efectos mágicos de las invocaciones del ocultista satánico.

No leo a Waugh por tener la etiqueta de “católico”, leo a Waugh por tener suficientes razones para saber que fue un hombre que se enfrentó al mal y sabía que, pese a las pompas de Satanás, Cristo le ha vencido y le vencerá siempre. No me gustan los escritores católicos cándidos como palomas, pues a las palomas se las zampa la serpiente. Y no, definitivamente, no me gustan los tontos: y me da igual que quieran aprender magia negra o se presenten como escritores católicos.

Nota: “Abadía de Thelema” fue el nombre que le puso Crowley a la casa que alquiló en Cefalú para sus experimentos satanistas. El nombre procede de la obra de François Rabelais. “Thelema” en griego significa “Voluntad”.

Fuente: Artemia.

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