Cultura Transversal

Los años de Cuba

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Literatura by paginatransversal on 7 abril, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Me cae bien el Ché que, tras la fallida invasión de Bahía de Cochinos, durante una cumbre de Estados americanos en Montevideo, hace por coincidir en un sarao con Dick Goodman, asesor de Kennedy, para fumar con él unos habanos y, echando mano de su mefistofélico encanto, buscar el modo de abrir canales diplomáticos no oficiales. Relata aquel encuentro David Talbot en La conspiración (Crítica). Tampoco me cae mal el guerrillero asmático y chapucero, pero con dos pares, que trata de alzar en armas una región casi despoblada antes de ser capturado y eliminado por un sargento boliviano allá donde Nicanor perdió el tambor. Es el Ché retratado por Gustavo Rodríguez Ostria en Tamara, Laura, Tania (RBA), excelente ensayo sobre el mundo del espionaje al que hace no mucho dedicamos algunas líneas. De los Chés cinematográficos sólo he visto uno, y me cae bien por la única y exclusiva razón de ser interpretado por Omar Sharif.

Luego está el Ché personaje de cómic, un género que contribuyó no poco a la mitificación de individuos tanto reales como ficticios en épocas en que se imponía familiarizar a la infancia con ciertos conceptos de heroísmo y ejemplaridad. Claro que el cómic de hoy es otra cosa: es novela gráfica, vehículo para mover a la reflexión a los adultos, a los que nos interesamos por los viajes de Obama y los achaques de Fidel. De este cómic de nuevo cuño, que poco tiene que ver con los salidos del rotulador del Ibáñez padre de Mortadelo y Filemón que, el otro día, firmaba sus obras en el Museo de Cera de Madrid bajo la atenta mirada de Gonzalo Presa, es buen exponente el primer título de la trilogía dedicada a Guevara por John Lee Anderson (guionista) y José Hernández (dibujante): Ché. Los años de Cuba. En esta obra publicada por Sexto Piso, la fuerza visual de unos dibujos que casi, casi se mueven y lo certero de unos bocadillos rellenados con claro talento casi convierten su lectura en el visionado de una película subtitulada y prácticamente nos sumergen en calidad de figurantes en los baños de masas de Fidel y los parajes donde reinan el verde oliva de los uniformes y el esmeralda de la jungla.

El Ché de esta historieta -muy bien retratados tanto él como Castro- es un Ché de gatillo fácil, un tanto ególatra, que no se baja del burro caiga quien caiga y con los escrúpulos olvidados sobre uno de los más bajos peldaños de la escala de valores. Es ya otro Ché, en efecto, pues el que se sentaba con el asesor de Kennedy a beber sobre la alfombra era el Ché de los pósteres sesenteros, el Ché-Marilyn, el Ché-James Dean, el Ché-Elvis al que la Historia no permitió envejecer y echar barriga en Las Vegas. Este es ya el Ché que firmaba los billetes del Banco de Cuba que aún encontramos baratos los domingos en las mesas del mercadillo de la Plaza Mayor, tan poco cauto y realista como para afear a Nikita Khruschev la vajilla de porcelana con que le agasajaba, que aguardaba noticias de la entrevista de Fidel con Nixon y que, en la entonces ya asolerada tradición socialista, ejercía como Ministro de Agricultura sin saber ni zorra del asunto. El Ché, pues, cuya falsa muerte en Santo Domingo difundiría años después la prensa de todo el mundo y a cuyo hermano entrevistó Tico Medina, para Pueblo, en el aeropuerto de Barajas,

Antes de lo de Sierra Maestra, Guevara pasó un tiempo en la capital de México, donde Raúl Castro presenció las hazañas toreras de Joselillo de Colombia, de quien se hizo partidario, así que la novela empieza en 1956, con una carta dirigida por Guevara a su madre antes de embarcar en un puerto veracruzano en la cáscara de nuez que les llevará a él y su partida hasta la isla de sus sueños, y acaba con otra de 1965, a la misma destinataria, escrita antes de tomar el avión que ha de conducirle a la primera de las escalas previas a su aventura congoleña.

De ahí arrancará, suponemos, el segundo volumen de esta sabrosa trilogía, que pensamos seguir, del que ya les comentaremos apenas aterrice el avión. De momento, ¡abróchense los cinturones!

Foto: José Luis Chaín

 

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